LOS AMANTES: CAP. 56: LA DESPEDIDA

telefono-movil-con-pantalla-grande_17-827081244A las diez y media de la mañana habían quedado en un pequeño Hostal de dos estrellas en medio de la carretera que lleva de un hogar al otro.
Él llega antes, y aún sigue dando vueltas a la idea de marcharse de allí sin verla. Ha sido ella quien ha elegido el lugar, y aún no está muy seguro de haber dado con él. Tan solo las dos estrellas gigantes y amarillas le sitúan… pero no está seguro. Toda la noche ha estado  sin dormir, recordándola, deseándola, pero también temiéndole porque solían ser esas veces – esas que llamaban las últimas – las que solían ser las más peligrosas. 
Cuando Marga recibió el mensaje diciéndole que necesitaba verla se sintió morir. Se habían prometido no volver a hacerlo más, pero sabía que tenía que haber una última vez, esa que recordarían por siempre. Además, le apetecía  como nunca. Ese día anterior, en esa terraza, había conseguido volver a su juventud, cuando sus orgasmos llegaban acompañados de sus sueños… ¡Había sido algo increíble! Le deseaba más que nunca, y no sabía si era porque el irremediable final ya estaba cerca o por esos cambios en su cuerpo que hacían que todo fuera especial. Su cuerpo estaba muy raro con el embarazo, y sus ganas de sexo habían crecido considerablemente. Gracias a ello Carlos se sintió en una segunda juventud, pero la mente de Marga siempre estaba en otro cuerpo que no era el de su marido. Javier no salía de su mente, ni de su piel. 
Ella había estado pensando muy seriamente si acudir o no a su cita. Ella misma había creído tomar la decisión de dejar todo y volver a su vida, dedicarse a ese niños que tenía en su vientre, y alejarse de esa vida apasionada y alocada que no le llevaría sino a la más grande de las ruinas. Frente al hotel miraba nerviosa. Había ido hasta allí para despedirse, para olvidarle, pero sabía mejor que nadie también era lo último que quería  hacer. Tampoco sabía si podría. Además, cuando salía de casa se encontró de bruces con Carlos, que volvía cuando apenas si llevaba un par de horas en el trabajo. Sorprendida, y asustada, le preguntó qué hacía allí, y Carlos le dijo que se había tomado el día libre para ir con ella a comprar las cosas del bebé. En ese momento, al ver la sonrisa de su marido, se sintió la peor persona del mundo… ¡La peor! Marga tuvo que luchar lo indecible para mentir a su marido y que no la acompañara, como pretendía. Finalmente, diciéndole que tenía que ir a la oficina, le dijo que lo mejor sería quedar un poco más tarde en el centro.
– Querido – le dijo mirando el reloj – voy a la oficina un par de horas y a las once nos vemos en el centro
– vale, y te invito a un aperitivo. Hacía mucho que no hacíamos esto ¿verdad? – le dijo besándola y abrazándola
– sí, demasiado… 
Javier salió de su casa cuando casi era de noche. Tan nervioso como excitado fumó más cigarros de los que hubiera querido, hasta que creyó ver el coche de Marga girar por la calle trasera del motel. Un minuto después recibía su llamada. Ese era el lugar convenido, uno nuevo, para evitar que les descubrieran. Él entró primero. Ella estaba muy nerviosa. Lo notaba a través del teléfono, mientras le pedía que fuera él quien pidiera la habitación. La habitación era pequeña, bonita, fría, oscura, y él se emocionó y excitó al ver el baño… No había nada como hacer el amor con Marga bajo el agua de la ducha… Ella misma le había prometido que, por fin, pasarían la mañana juntos, sin nadie que les molestara, con tiempo para hablar, hacer el amor una y mil veces, y decirse adiós como merecían. Ella golpeó en la puerta. Él le abrió. Extraña, distinta y distante entra tan rápido como sale. A nada dio tiempo… bueno sí. Dio tiempo a descubrir que habían sido engañados por  el destino, por la excitación, o por una juventud que se alejaba… o que ya se había alejado.
– Estoy atacada – le dijo, entrando en la habitación sin besarle, sin abrazarle
– pues tranquilízate… tenemos toda la mañana para nosotros
– lo siento, no me puedo quedar – dijo ella, sentándose en la cama, muy seria
– ¿cómo dices?
– que me tengo que ir en media hora. He quedado con Carlos para ver unas cosas para la casa
– ¿no habías quedado conmigo?
– ya, pero me ha llamado antes de salir de casa diciéndome que tenía que ir con él a ver unas cosas para el cuarto del bebé
– ¿Y no puede ser otro día? – preguntó algo enfadado porque, una vez más, no volvía a contar con él y solo pensaba en los demás
– pues no. Lo siento – dijo muy seria – además, no me regañes. No quiero que tú me regañes.
Allí en esa cama él se abrió a ella. Le dijo que la amaba,  y que, al fin, era consciente de que todo tenía que terminar. Así se lo había estado diciendo ella durante mucho tiempo. Al principio lo hizo con miedo porque no quería renunciar a ella… porque no se creía capaz de hacerlo.
Dejarla podría ser como la tumba abierta para su alma. Una vez más se había equivocado.
Ella entró en la habitación y no era la que tantas veces había imaginado y disfrutado. Era otra mujer, otro ser distinto… una vez más.
Su plan había sido perfectamente organizado. Estarían toda la mañana juntos en ese Hostal, y se disfrutarían, y se amarían. Una vez más – y ya iban muchas – ella no fue capaz de amar y sentirse amada. El aura que le rodeaba le hacía parecer otra mujer diferente a la que él amaba en silencio y en cautividad. No sabía qué había de nuevo en ella, pero rápidamente supo que no le iba a gustar lo que se iba a encontrar.  ¿Serían los nervios?… no lo supo bien, pero a él no le gustó verla en ese estado de ansiedad.
Casi sin mediar palabra – solo hablaba de lo nerviosa que estaba y de la locura que estaban cometiendo una vez más – se desnudó dejando a su amante desarmado. ¿Dónde estaban los abrazos que él necesitaba?… ¿y esos besos que le había robado durante tantos meses?… ¿Y ese Te amo que tanto se leía tras la pantalla del móvil y que tanto quería escuchar saliendo de sus labios?
-Me tengo que ir rápidamente – era lo único que decía, quitándose la ropa y dejándola sobre el respaldo de una brillante silla de madera – tenemos media hora
– ¿media hora? – preguntó desorientado e incrédulo – ¿no dijiste que pasaríamos la mañana juntos?
– pues no puede ser. Tengo que irme… No me lo pongas más difícil, por favor – dijo de malas maneras, casi sin mirarle, mientras seguía quitándose la ropa.
Él la miraba absorto. No podía creer que algo tan mágico, tan deseado, tantas veces soñado, estuviera sucediendo así… Si en esa habitación había amor sólo era él quien lo estaba apostando a riesgo de perderlo. Ahí comprendió todo. La guerra había comenzado y él ya se sentía perdedor  antes de la primera batalla. El final del verano ya estaba aquí, y ese día, además, había amanecido frío y nublado, incluso con alguna lluvia. Marga iba vestida con una falda larga, una camisa larga también, y unas botas. Ella, mientras tanto, se sentó en la cama y se empezó a quitar las botas, sin mirarle siquiera. Él permanecía de pie, casi en el baño, observando cómo se descalzaba, como aparecían ante él unos calcetines verdes, viejos y rotos, haciendo de salvavidas entre el cuero de la bota y el nylon de su piel, y como ella se los quitaba sonriéndole casi estúpidamente. Ni siquiera se había vestido ceremonialmente para tan digna ocasión…  como siempre había hecho.
No parecía importarle tanto como él mismo creía. Y eso ya le puso en alerta. Después se levantó, se quitó la falda,  y se quitó también la camisa negra. Se quedó casi desnuda, con su conjunto de ropa interior negra, que empezó a quitarse también. Primero aparecieron sus preciosos senos, redondos y algo más duros parecían. Mirando a la braga negra que llevaba pudo ver un salvaslip que escapaba a ambos lados, haciéndola menos deseable que en otras ocasiones, en las que había acudido a sus citas con sus mejores galas.
Lejos de llevar esas bragas tanga que sabia que tanto le gustaban, ese día llevaba unas a las que él llamaba de “cuello vuelto”, por su tamaño.
Se quitó las bragas y se tumbó sobre las mantas. Ni siquiera tenía tiempo para adentrarse entre las sábanas y acurrucarse contra él. Él no podía creerlo. ¡Y deseó marcharse!. Dejándose llevar por la excitación de verla desnuda se desnudó también y se acercó a ella. La besó, la acarició, y ella se dejó caer sobre el colchón a la espera de su amante.
Se besaron – en realidad era él quien besaba a ella – se tocaron… él la tocó y acarició. Ella se dejaba hacer, y sus manos se suspendían sobre la cama, como evitando el contacto.  Y él, de nuevo excitado y capacitado para olvidar su propia rabia, le decía lo mucho que la había echado de menos y lo muchísimo que la extrañaría a partir de entonces.
– Te deseo tanto… te deseo tanto… volvía a repetirlo una vez más mientras mordisqueaba el cuello frío de su amante, y ella cerraba los ojos y no decía nada.  Ni siquiera un frío e impersonal “yo también”. ¡Nada!.
Él besó su cuerpo. Ella buscó su boca tímidamente en un par de ocasiones, y después mordió sus pechos intentando buscar esa pasión desconocida y desaparecida. Después recorrió el atlas de su anatomía, disfrutó del zumo de su piel y la hizo gozar una y otra vez. Hicieron el amor. Él volvió a entrar en ella, y buscó su mirada. Pero ésta no quería abrir el telón y encontrarle. Para ella – al menos eso creía él – no había ni placer. Hasta eso estaba disimulando… Ella quiso volver a decirle lo mucho que le amaba. Necesitaba hacérselo saber porque sabía que seguiría amándole después de eso, después de otro año sin él, de otro verano a su lado… pero ella ya no estaba allí. Deseaba llorar. Realmente estaba sintiendo que lo que allí estaba pasando era su despedida, y ese terrible dolor le incapacitó para disfrutar de tan bello momento.
Lejos de eso, su cansina y aburrida actitud, hizo que Javier estuviera a punto de levantarse y marcharse de allí. Era la primera vez que no disfrutaba con ella en la cama, y eso le hizo sentir bien porque pondría todo más fácil. Cuando terminaron su ritual de apareamiento – eso había sido – él se levantó y se adentró en el baño. Abrió el grifo de la ducha.
-¿Qué haces? – preguntó ella acercándose, desnuda también, sentándose en la taza del wáter
-voy a darme una pequeña ducha. ¿No te apetece? – le preguntó mirando su cuerpo menudo, falto de fuerza, y hasta con los senos caídos
– te he dicho que me tengo que ir – dijo mirando su desnudez con una mezcla de deseo y animadversión.
Salió del baño y se fumó un cigarro, pero en realidad quería irse. Y él lo comprendió. Ambos se levantaron, volvieron a entrar en el baño, pero ya eran dos desconocidos… Ninguno miraba al otro, evitaban sus miradas. Ni siquiera miraron sus cuerpos desnudos, esos con los que tanto fantaseaban en sus camas compartidas con otros, y ella se vistió sin decir más.
– Tengo que irme ya.
Se vistió.
Él hizo lo mismo.
– No te vayas… quédate un ratito más tú solo aquí – dijo ella, sonriendo nerviosa
– ¿para qué?
– no sé… Ya que has pagado la habitación
– vete a la mierda – pensó él, pero no quiso decirlo
Ella se vistió casi tan rápidamente como se hubo desnudado. Y se fue. Él buscó un último beso. Ella no se lo regaló. Se puso su chaquetita, se la abrochó, y abrió la puerta.
– Lo siento mucho, Javier, pero tengo que irme ¿me entiendes?
– supongo que sí, aunque la verdad es que me da igual
– ¿te da igual que me vaya?
El silencio fue la mejor respuesta. Ella se sintió fatal al verle andar hasta el baño, haciendo caso omiso a su despedida.
– ¿Quieres que te pague la mitad de la habitación? – dijo ella, haciéndole sonreír – ¿de qué te ríes? – preguntó nerviosa, observando su desnudez y luchando con ella misma para no acercarse a él, abrazarse a su cuerpo y atarse para siempre, que era lo que empezaba a desear
– a veces eres patética, en serio. La habitación ya está pagada
– vale – dijo, estática, mirándole desde la puerta
– ¿te vas o no? – dijo él con algo de chulería – me está dando frío
-Tenemos que olvidar todo… tienes que olvidarme – le dijo antes de salir.
¿Olvidar qué…? ¿olvidar algo como esto? – pensó terminándose de vestir y mirando esa ducha que no habían compartido…
Sobre la cama vio un “salvaslip” que había dejado sin poner con las prisas. Lo cogió – casi con asco – y lo dejó caer sobre la papelera situada junto al váter. El sonido del móvil le alertó. Supo que era ella.
 
SMS. ACEPTAR
“lo siento mucho. Olvida todo, por favor”
¿BORRAR?. ACEPTAR
-¿Olvidar algo como esto? – quiso responderle. Prefirió ahorrar un sms. Si lo que había que olvidar era un día como ese, ella  no sabía lo fácil que se lo estaba poniendo.

SOMBRAS CON SABOR A LUZ

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Escondidos de la luz que proyectaban las miradas de afuera se ocultaron en ese viejo y oscuro portal que encontraron al final de la calle. Allí, a oscuras, lo lograron… Allí pudieron al fin ser sombras con sabor a luz.

la canción del capítulo 56: BUDDY GUY (the things I used to do)

esta es la canción que sonó cuando Marga salió del hotel y se subió en el coche. Lloró, lloró y lloró

Qué pasada de tema

 

LOS AMANTES: CAPÍTULO 56: LA DESPEDIDA

telefono-movil-con-pantalla-grande_17-827081244llegó la hora de despedirse… Los amantes se verán ¿por última vez?

UN CAPÍTULO DIFERENTE.¿SE ACABA EL VERANO PARA ELLOS?

ESTA TARDE

EL BESO MULTICOLOR

fantasias-585No hay un beso más beso que el multicolor. Es ese beso  que no existe, y que sabes que nadie podrá escribir en un verso, que nadie podría pintar en un óleo, y que nadie podría dejar grabado en una canción. Ese beso no existe, pero tiene color. En realidad tiene todos los colores de tu estado de ánimo… Uno a uno, como un arco iris.  Piensas que ese beso no se dará – lo sabes – pero nunca se deja de soñar. Ese es un beso que alguien te ha robado, que te pertenece, aunque no te lo devuelvan, y por eso es tan especial, y por eso nunca – ¡nunca! –  deja de darse. El otro, el que hace que exista, lo recibe en sus labios húmedos… Tú, en cambio, lo das siempre con los ojos abiertos, precisamente como no te gusta besar.  Aparece a cualquier hora, en cualquier momento, pero siempre a su lado, siempre entre conversaciones, y siempre oculto entre los demás, que no son sino parte del decorado de la obra que quieres representar.   Los hay que consiguen dar ese beso. Se lo roban a su dueño legítimo, sin que él lo espere, y es entonces cuando se sabe que no hay sabor parecido a un beso robado. En él se encuentra la metamorfosis de la otra persona, y consigues desarmarla, desnudarla, y, por fin, verla por dentro… ¡Ver los olores y los sabores! Y es, en ese beso, donde la otra persona se hace agua y espuma, y sus olas te arrastran dulcemente al fondo. Entonces, cerrando por fin los ojos, sabes que ese beso supera todos los besos que has leído en las novelas, todos los que has escuchado en las canciones, y todos los que has soñado viendo cuadros… Incluso supera a ese con el que tanto has soñado, y el multicolor se hace rojo intenso. Es entonces cuando comprendes el sentido del Big-Bang, cuando crees realmente que una explosión sea capaz de crear la vida… Es, al dar ese beso, cuando por fin dices ¡POR FIN! Y es curiosamente en ese FIN donde todo COMIENZA.