SUEÑOS: EL MUNDO AL REVÉS

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Lo bueno de soñar es que en sueños todo es posible… Hasta lo imposible. En los sueños todo puede ser al revés… Allí, hasta él podía ser el cuadro pintado, y ella, como pasó esa noche, la que le dibujara a él, la que pintara los besos dados, la que dibujara las caricias abandonadas y la que cantara esas canciones que tanto le gustaba oír. Lo dicho… ¡El mundo al revés!

 

EL AMOR EN TİEMPOS DE CRİSİS (LA HISTORIA INVENTADA DE SANTI Y PEPI)

2012-11-19 22.17.00Esta que aquí vamos a contar es una historia, pero no es una historia más, aunque así pueda parecerlo. Esta es la historia de Santi y Pepi, dos personas felices, a las que la vida les sonríe, pero a las que no siempre la vida trató de igual forma… Como todas las historias esta tuvo un principio, con dolores, con sufrimientos, con esfuerzos, y con muy malos ratos que superaron juntos.

Ahora Santi dirige un buen negocio familiar, y le va bien, pero ese día – hoy – antes de entrar a casa recuerda aquellos trágicos días en los que el dinero no abundaba.
Mirando hacia su bonita casa marrón, de dos plantas, con gran jardín, observa a su hijo mayor que está estudiando en la terraza y a su hija, que juega con su móvil mientras Pepi, su Pepi, recorta las flores del jardín, y recuerda uno de esos días tristes en los que también tuvieron que vivir.
Su mente vuelve a uno de esos días, precisamente a uno de los más trágicos que podía recordar. Ese día, antes de entrar en la casa Santi prefiere fumarse el resto de ese último cigarro que ya lleva encendiendo y apagando tres días. Por fin ha decidido dejar de fumar, y va a conseguirlo. Y si lo va a hacer es porque no le queda más remedio, aunque se convierta en otra preocupación más para una mente ya demasiado atormentada en estos tiempos de crisis. Inhalando del cilindro consumido mira a través del portal, y dirige su mirada a la puerta donde espera Pepi, el mejor regalo que le ha hecho la vida, y sus pequeño Santi.
 Los dos seguían en casa donde le habían despedido, como siempre, con mucho cariño, siete horas antes.  No se atreve a entrar. Santi sigue siendo aquel pobre cobarde de siempre. Apurando hasta la boquilla, apaga la colilla mientras recuerda esa misma mañana, cuando salió de casa.
– Espera papi – le gritó su mujer, impidiéndole marcharse sin despedirse, que era precisamente lo que él intentaba hacer. Santi, entristecido como nunca, esperó bajo el marco de la puerta, se volvió, y miró al suelo del pasillo, observando el descalzo caminar de su esposa. No se atrevía a mirarla a los ojos.
– Suerte papi – le dijo, apretándose contra él violentamente, intentando trasmitirle todo el amor que sabía que necesitaba. Santi lo sintió, y se emocionó de nuevo – hoy vas a tener suerte, ya lo verás – le dijo, guiñándole uno de sus ojos de ébano, cogiéndole del mentón para elevar su mirada hasta ella, y besándole en los labios con poca fuerza, que no con desgana.
– ¡Suerte papi! – dijo también el niño pequeño, mientras su mamá la cogía en brazos para que pudiera besarle
– gracias – dijo Santi, cabizbajo, incapaz de volver su mirada, y saliendo del portal con ganas de llorar, y dejando escapar la primera lágrima cuando ya se sabía fuera del portal, y por tanto, del campo de visión de sus dos compañeras en esto de la vida.
– ¡Sé que hoy vas a tener suerte!  – le gritó de nuevo su mujer, desde el otro lado del portal, donde, por suerte, estaban resguardadas de la lluvia que él empezaba a sufrir.
Caminando por la calle, volvió a sentirse con fuerzas de nuevo. Una nueva ilusión le hizo ver todo de otro color, pero prefirió detenerse a sí mismo y abortar su ímpetu emotivo que no haría más que devolverle a la cruda realidad. Si no fuera por ella, por Pepi, por su Pepi, por esa mujer a la que los demás llamaban su esposa, y él llamaba refugio, nada tendría sentido – pensó emocionado mientras se alejaba calle abajo, escuchando cómo le hablaba a la pequeña, a la que no habían comprado aún los zapatos nuevos que tanto necesitaba para ir al colegio.
Así se fue la salida – recordaba frente a su casa – pero no era así como regresaba ahora, siete horas después.  Ese día había tocado dejar currículum en los supermercados de toda la ciudad. Ya había dejado en oficinas, en todo tipo de empresas, en  talleres… En realidad no había dejado de buscar trabajo desde  que perdió el suyo hacía ya más de un año. Por suerte aún le quedaba un último flotador, antes de hundirse del todo. Servicios Sociales del ayuntamiento de su ciudad le pagaba el alquiler del piso, y poco más, pero así, al menos, no tendría que derrumbarse del todo al ver a su mujer y a su hija en la calle.
Otro día más se sentía perdedor, sin salida alguna a su caótica situación… Por suerte siempre le quedaba su Pepi. Pero… ¿por cuánto tiempo estaría dispuesto su ángel de la guarda a permanecer a su lado? En realidad – ahora se daba cuenta – era ella quien llevaba la casa. Siempre había sido así. Era ella quien se encargaba de cuidar de su hija, era ella quien cuidaba de él, era ella quien ingresaba el poco dinero que entraba en casa, y, además, era ella quien se había encargado, durante esos años, de hacer que su matrimonio fuera lo que se juraron en el altar.
– Venga Santi – se dice a sí mismo, mirando esa puerta que teme volver a atravesar otra vez – tienes que levantarte y andar. Tienes que alimentarte del miedo y de la zozobra, del trueno y de la lluvia, de la tierra que pisas, y del propio dolor y sus orgasmos primigenios. No puedes dejarte vencer a estas alturas del vacío. ¿Para qué mirar hacia el futuro si no depende de ti? Piensa en ellas. Ellas nada te reprochan. Son sus besos los que te siguen alzando hasta la cima de la vida, son sus caricias en esas noches de frío las que te siguen haciendo sentir hombre, y son sus ánimos, y, sobre todo, su mirada la que te sigue diciendo lo mucho que te necesita.
Enfundándose de todo el valor que la imagen de su Pepi le proporciona se decide al fin. Al girar la llave en el interior de la cerradura un cálido aroma le da la bienvenida. La casa está en silencio. El pequeño ya duerme, y eso le hace sentir mejor. Con miedo aún, atraviesa el oscuro pasillo hasta llegar a la puerta del salón. Apoyando su cabeza en el marco observa a Pepi, que está tan guapa como dormida, acurrucada en el viejo sofá, tapada con esa manta de cuadros multicolor, hecha de restos de ropas viejas. Tímido, se acerca a ella y la observa. La poca luz que entra por las ventanas la hace más bella aún. Sus ojos están cerrados, pero su boca abierta, y sonríe… Seguramente está soñando algo bonito. Ella siempre lo hace. Finalmente, tras no menos de diez minutos observándola, la despierta para irse juntos a la cama.
– Hola mi amor, llegas muy tarde – dice ella con voz soñolienta, mirándole e intentando abrazarle y besarle.  Es él quien detiene su intento, pero ella no le deja, y le abraza.
– Te quiero, mi vida
– ¿me quieres? – pregunta él, recibiendo su abrazo, rompiendo a llorar – ¿cómo puedes quererme si no soy capaz de encontrar un trabajo para sacaros de esta miseria?
– ya lo conseguirás. Lo sé. Además, tenemos mi pequeño sueldo para ir tirando. No es gran cosa, pero por lo menos podemos ir comprando comida y algo de ropa. Y yo sé que pronto encontrarás algo… Tú vales mucho
– pues yo no estoy tan seguro. Hay mucha gente buscando trabajo… demasiada
– no te preocupes
– ¿que no me preocupe? No tenemos dinero casi para pagar la dichosa hipoteca
– no necesitamos dinero. Con mi pequeño sueldo podremos ir tirando hasta que encuentres algo
– ¿y si no?
– no digas eso, tonto
– Pepi, mi amor – le dice, abrazándose a ella, sintiendo que la vida se aleja de él, o casi pidiéndolo a gritos – no puedo más. Siento que te estoy haciendo daño, que estoy destrozando tu vida
– no seas tonto – le dice ella, acariciando su cabeza suavemente, entrelazando los dedos en su pelo alborotado
– cariño, no te doy todo lo que necesitas. Lo sé, y eso es lo que más me duele
– ¿ah, no? Creo que sigues sin saber qué es lo que necesito – le dice ella, enroscando sus dedos en el cabello de Santi, como tanto le gusta, y haciéndole sentir mejor -¿diez años casados y aún no sabes lo que yo necesito?
– ¿qué…? – pregunta extrañado, incapacitado para entender el significado de sus palabras
– Santi, es a ti a quien necesito, mi amor – le dice ella noche tras noche, y mañana tras mañana
– pero yo no puedo darte nada – le contesta él, cansado, aburrido y derrotado
– ¿nada? Tú me das todo – le dice ella sonriendo, levantando su cara y acercándola hasta la suya para besarle en los labios mientras le mira con ternura
– ¿todo? – recuerda emocionado sus palabras, y sus besos
– a tu lado la nada se convierte en el todo, ¿sabes? y todas las mentiras se hacen realidad…
– sí, pero somos pobres… muy pobres
– sin ti sí que sería pobre. La mujer más pobre del mundo
Y esa noche vuelven a alimentar su cuerpo y su alma, y él se siente mucho mejor… aunque solo sea por un momento que no piensa desaprovechar. En esa vieja cama donde tantas veces han hecho el amor vuelven a hacerlo, pero por primera vez. Esa era la magia de la que Pepi le hablaba, de la magia del amor. Al final va a ser verdad lo que siempre le dice Pepi, en su empeño por romper proverbios.  Ella siempre dice – recuerda con una sonrisa, mientras percibe el aroma del cuerpo desnudo y sudoroso de su esposa – que cuando el amor entra por la puerta es la pobreza la que  puede llegar a salir por la ventana. Y tiene que reconocerlo. Su Pepi, una vez más, tiene razón. Así, consigue conciliar el sueño, imaginándose a sí mismo enseñándoles esa ropa nueva que ambas necesitan, y esa comida variada y lujosa que hace mucho que no prueban, como pasaba cuando la maldita crisis no era mas que un recuerdo de algunos ancianos… casi un invento. Santi consigue dormirse por fin. Pepi se levanta, sale al salón y saca las facturas del viejo cajón de la cómoda. Como todas las noches empieza a hacer números porque al día siguiente vence un pago al que podrán hacer frente porque ha estado guardando algo de dinero. Metiendo el dinero en el sobre lo sella con su lengua y sonríe, sabiendo que pronto saldrán de esa crisis y no tendrán que volver a hacer tantas peripecias monetarias… Al menos con esas urgencias. Guardando de nuevo el sobre, vuelve a sonreír. Todavía les sobra algo para poder comprar los zapatos a su pequeño.
-Venga Pepi – se dice a sí misma, emocionada – que mañana tienes que madrugar y comprar esa prueba de embarazo antes de ir al trabajo
 
Santi, doce años después de aquel triste día que aún recuerda, entra en casa y su mujer, su Pepi, le recibe como siempre
-Hola papi – le besa, y él se siente bien porque, por suerte, los tiempos han cambiado, aunque ahora también haya crisis… Lo único que echa de menos de aquella época es algo que ahora le falta: su padre, pero, a cambio, tiene algo que entonces no tenía: su hija Marina.