LOS AMANTES: CAP 59: ECHAR CUENTAS (YA SOLO QUEDAN TRES CAPÍTULOS)

telefono-movil-con-pantalla-grande_17-827081244El color ceniciento de ese cielo que había frente a ella le mostraba el final de otro verano que se alejaba. Ya eran muchos, pero ese sería el que siempre recordaría, y el que siempre echaría de menos… Ese verano sería el inicio de una nueva vida, de una nueva Marga,  y no las tenía todas consigo.  Ese cielo, manchado de tonos oscuros, a veces negruzcos, a veces rojizos, parecía salir del pincel guardado en su propio cuerpo y donde respiraba su estado de ánimo. Así, arrojado adrede sobre la playa, ese color rojizo  se mezclaba con las piedras que intentaban acercarse a los besos que escapan del mar. Allí ese mar ya no parecía provenir de la lluvia de esas nubes perladas que nacían en las verdes montañas, sino de los millones de lágrimas de una niña que luchaba para no hacerse mujer, y que se negaba a dejar marchar al verano…
Sobre las oscuras piedras de la playa una bandada de gaviotas buscaba comida que los pescadores habrán olvidado la noche anterior. Mientras tanto, Marga, acariciando esa barriga, que es lo único que le hace sentir segura,  observa el precioso y triste paisaje, notando en su cuerpo esa electricidad que sólo su recuerdo es capaz de  provocar. Y su mente volvió a ceder, desobedeciéndole a ella misma, y se dejó vencer sin apenas luchar, casi con hastío ante lo que creyó invencible, observando la respetuosa y traicionera manera en la que ella misma volvía a engañarse. Siempre le había gustado nadar en esa época en la que el mar le parecía pertenecer, y no tenía la necesidad de compartirlo con nadie que perturbara la paz en la que le envolvía.
Era entonces, en esos últimos días del extraño septiembre, cuando llegaba el viento y barría y mecía la arena, dejando atrás los miles y miles de huellas del verano risueño. Con el agua ya por encima de su, cada vez más estrecho bikini miró atrás. Ya solo quedaban los leves restos de sus  pisadas, y era el propio mar, como si fuera un aliado del otoño y traicionara al verano, el encargado de ir borrándolas a cada paso que daba.
Tras el barrido de la ola ya solo quedaba el suave rastro de sus primeras pisadas, esas que fue dejando junto a sus zapatillas de deporte, allá junto a su pantalón bien doblado y esa camiseta estirada sobre las piedras. La playa estaba rara. Lejos quedaba ya esa feria diaria donde jugaban los niños unas semanas atrás, y donde cuerpos hermosos se derretían al sol. Siempre le había gustado estar rodeado de gente, pero no en esa época en la que la tristeza y la melancolía siempre emigraban hasta ella, trayendo consigo deseos de soledad. La playa estaba vacía, el olor era otro también, como el color del cielo, y el del agua… Sin duda, lo mejor era el sonido. Y es que le encantaba oír el rugir del mar, y nada más. Si acaso… algunas gaviotas.
Y finalmente saltó sobre el agua, venciendo al frío, y se adentró por completo en ese mar salado, estirando manos y piernas, y nadando con los ojos abiertos, como buscando una puerta que le haga salir de ese mundo, o mejor le lleve al otro, a ese que tanto añoraba, y que creía haber olvidado. Flotando en esas mansas aguas del Mediterráneo, a la altura donde antes había bancos de arena, hizo “el muerto” sobre el agua, y volvió a cerrar los ojos. Casi un centenar de gaviotas revoloteaban sobre ella. No las podía ver, pero las presentía planeando bajo ese cielo nublado que le acogía como a una de ellas. Abriendo los ojos de nuevo pudo ver esas nubes perladas que ocultaban un sol que ya había perdido parte de su fuerza del verano. Volvió a hundir su cabeza bajo el agua y el silencio inundó su ser. Y fue allí cuando sintió que Javier se acercaba a ella, y acariciaba su piel bajo el agua, terminando por cerrar su boca, sellándo con un apasionado beso, de esos que tanto echaba de menos. Su cuerpo volvió a apoderarse del calor que le faltaba, y el frío del agua desapareció.
Marga no quería abrir los ojos, y seguía allí, con medio cuerpo bajo el agua y el otro medio en la superficie. No quería abrirlos porque hacerlo significaría acabar con ese sueño que volvía a apoderarse de ella, de esa boca de ardiente saliva alcalina, y de esas manos que eran las únicas capaces de hacerla sentir tan cerca del cielo. Todo era tan real como doloroso. Javier, después de casi un mes sin verse, estaba de nuevo allí, acariciándola, acercándola a las puertas del cielo, y Marga no pudo hacer otra cosa que llorar de emoción. Ella misma sabía que había renunciado para siempre a lo mejor que le hubo pasado en la vida, pero la decisión se había tomado para no dar marcha atrás. Aunque deseaba correr hacia él, aunque muriera por volver a sentirle entre sus piernas, por acariciar su cuerpo sedoso, y volver a escuchar el sonido de sus jadeos, sabía ya que no podría volver a pasar. Al menos por ahora. Esa era a la idea a la que se había aferrado… podría ser que en el futuro… ¿quién sabe lo que puede pasar en el futuro incierto?. Con frío salió del agua, se cubrió con la toalla, y miró al mar. Después miró hacia el paseo y vio algo que la sobrecogió.
Era Javier el que la observaba desde allá arriba. O no. No estaba segura porque estaba lejos, pero ese hombre la miraba a ella. Quiso decirle que se acercara, gritarle para que volviera a su lado una vez más, pero no pudo. Volvió a mirar al mar, sintiendo la brisa sobre su cara, alborotando su pelo mojado, y se sintió mejor al acariciar su barriga, que empezaba a perder su forma. De nuevo giró su cabeza, pero Javier, o quien quiera que fuera, ya no estaba allí. Y volvió a sentirse ahogada, enamorada… destruida. Pero había algo en su interior que le uniría a él para siempre.
Mirando al móvil, como hacía todos los días, y a todas horas, observó que, una vez más, no había señal alguna de llamada o de mensaje.  ¡Y lo echaba de menos!
Allí, de pie, sintiendo el frío del agua y el aire sobre sus piernas desnudas, comprendió que su pasión había sido su vida, la que le había devuelto su juventud, las ganas de vivir, de volver a sentirse mujer, pero no podía hacer más. De nuevo volvió a ella aquella vieja y milenaria Santa Sofía, la única capaz de hacerle abrir los ojos antes de despertar. ¿Cómo podrían dejar algo así, algo tan fuerte y sincero? – volvió a preguntarse, mientras acariciaba de nuevo su barriga
 – mejor sufrir dos – se dijo de nuevo, pensando en ella y en Javier – que sufrir cuatro, o seis, o más. Si lo dejaban en ese momento los únicos que sufrirían de por vida serían ellos dos.  Si seguían, tarde o temprano, todos lo sabrían, y sufrirían más. Sufriría Carlos, Esther, el hijo que llevaba en su vientre, el que llevaba Esther en el suyo… y ellos dos, al ver todo roto, sufrirían también.
Y eso fue precisamente lo que le dijo Santa Sofía, bajo su enorme cúpula:
– Mejor sufrir dos, que seis.
No consiguió entenderlo en ese momento, pero ahora, que ya eran seis, comprendió todo. Por eso dejarlo – ahora lo veía todo con mayor claridad – era tan fácil como echar cuentas.
 
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Autor: josamotril

mi blog solo de relatos: http://josaliteraria.wordpress.com

9 comentarios en “LOS AMANTES: CAP 59: ECHAR CUENTAS (YA SOLO QUEDAN TRES CAPÍTULOS)”

  1. CUÁNTA TRISTEZA Y HERMOSURA EN CADA UNA DE LAS PALABRAS QUE DESCRIBES AMIGO. LEERLO HA SIDO COMO RECIBIR TODO ESE DOLOR DE MARGA POBRE… ESTÁ TAN ENAMORADA DE ÉL

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  2. lo que me sorprende es lo bien estructurada que está toda la novela, qué bien unes estos capítulos con los primeros. Muy bien Josa, todo un profesional pareces

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  3. hay capítulos que me parecen tan reales que incluso dan miedo y tengo una pregunta ¿porque siempre tiene que ser la mujer la que acabe perdiendo? ¿Porque los hombres no pierden nunca?

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