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EN EL COCHE (relato eros)

imageEl coche era pequeño, pero parecía una lujosa habitación de hotel. Eso es lo que había conseguido esa preciosa mujer que apenas conocía: magnificarlo, exagerarlo, endulzarlo e iluminarlo. Acabábamos de salir del pequeño pueblo y su mano ya se había dirigido disimuladamente hasta mi pantalón vaquero. La miré. Ella miraba a la carretera, y sonreía, mientras su mano empezaba a acariciar la tela rugosa, que no tardó en rellenarse. Sus dedos pasearon suavemente, pellizcando en ocasiones, siguiendo la línea que se marcaba a lo largo de todo mi muslo. Ella conducía, y yo intenté abrir la cremallera, pero me detuvo el movimiento, haciéndome ver que ella haría todo. Eso me gustó, y disfruté de la carretera y de esa mano tan ávida de sexo, una mano que apretaba con más fuerza cuanto más tiempo pasaba. Intenté acercar mi mano a sus piernas, y acaricié su rodilla, pero cuando notó que me acercaba a sus muslos, cerró las piernas violentamente. Ella, al aparcar el coche en ese descampado situado cerca de la ciudad, bajó del coche y subió por la puerta trasera, sin decir nada.
– Ven – me dijo, cuando ya estaba en el asiento, mientras la miraba por el retrovisor, haciendo que yo hiciera lo mismo y subiera en la parte de atrás. Cuando me senté se acercó muy segura, vestida con esas gasas verdes que la hacían parecer desnuda, y posó los labios en los míos, convirtiéndose toda en un gigante algodón de azúcar. Ella se sentó sobre mí, sacando las piernas del vestido, y rodeándome, apretándome y enjaulándome contra la suave piel del asiento. Me miró muy seria, cogiendo mis manos, y posándolas sobre su espalda, haciéndome notar que no llevaba ropa interior bajo ese vestido hecho de mar.
– ¿Sales de casa sin ropa interior? – le pregunté excitado, intentando encontrar la tela de la braga a través del vestido
– me la he quitado en el baño de la cafetería – dijo ella sonriendo – no me gusta perder tiempo.
– Voy a besarte ¿te molesta? – dijo ella, meciendo su pelo sobre mi pecho, y acercando su cara lentamente. Primero llegó su nariz, después su barbila, y finalmente posó sus aterciopelados labios sobre los míos. Mientras acercaba su boca, su cuerpo se pegaba al mío, intentando amoldarse a lo que se escondía bajo el pantalón vaquero. Abrí la boca y penetró en ella con fuerza y deseo. La dos lenguas se unieron, se entrelazaron, y nuestras salivas alcalinas deambularon por la noche de nuestras bocas. Después de ese primer beso ella esperó que la tocara, que adentrara sus dedos por el vestido, pero yo permanecí inmóvil, con la boca como único órgano con vida. Mis manos estaban aún sobre su espalda, sobre el vestido, y ella hizo un movimiento de sus piernas y me atrapó más contra sí. El pulso le latía entre las piernas – casi podía notarlo – y al no llevar nada bajo esa fina tela del vestido verde, hacía que cada movimientdo me frotara contra su sexo y me clavara en ella como si fuera arena del desierto.
Entonces mis manos comenzaron a moverse. Primero apretaron su culo, pellizcándolo, y, rápidamente, como si fueran niños correteando por la playa. Mis dedos comenzaron a escalar por el vestido intentando hacerlo desparecer, como así sucedió. Sentir mis manos en su piel fue algo que le alertó todos los sentidos. Mis dedos paseaban por sus caderas, por su espalda desnuda, mientras nuestras bocas seguían besándose, y seguí avanzando por la espalda, por dentro del vestido, luego por su costado, y finalmente terminando en sus senos, cuyos pezones no tardé en explorar para mayor goce de ella. Fue en el momento en el que los dedos pellizcaban con virulencia cuando ella mordió mi lengua. Ella entreabrió los labios y dejó escapar un suspiro mientras la otra mano viajaba por entre sus muslos hasta llegar al principio del vello de su pubis. Besé y mordí el cuello de esa mujer mientras adentraba uno de mis dedos en toda ella, y su cuerpo vibró por dentro como muy pocas veces sucedía.
– Quiero que lo hagamos ya – me dijo, mientras una de mis manos acercaba mi vieja mochila a mis pies
– y yo – respondí yo mientras mi mano seguía ejerciendo una suave presión sobre su sexo. Ella pronunció entonces mi nombre, en forma de gemido interminable, y yo volví a besarla, deteniéndolo. Ella me rodeó el cuello con sus brazos, y desabroché mi pantalón para que ella dispusiera. Fue entonces cuando ella se quitó el vestido por completo, quedándose completamente desnuda, dejándolo caer sobre los asientos delanteros. Estaba tan desnuda como hermosa, y la recordé en el momento en que la conocí, saliendo de su casa, apenas unos minutos antes, con ese bolso tan caro colgado de su hombro. Era una mujer elegante, de unos cuarenta y pocos, y parecía más hermosa que el sol que bañaba la calle. La miré, como cualquier hombre la hubiera mirado, pero fue al recibir su mirada acompañada con una sensual sonrisa lo que hizo que la siguiera por la calle, mientras ella iba girándose para comprobar que la seguía. Seguramente no tenía pensado para en esa cafetería, pero ahí empezó el juego.
Fue allí donde ella se sentó, sola, al fondo, mirándome descaradamente. Se acercó el camarero y le pidió un café. Yo, al otro lado del bar, hice lo mismo. Después de echar el azúcar – me gusta removerlo muchas veces, haciendo que el café y el azúcar se hagan uno solo – miré y ya no estaba. Me alarmé, pero me tranquilicé al verla aparecer de nuevo, sentándose en la silla.
Se tomó su café, mirándome en todo momento. Yo intenté acercarme, pero sabía que no era buena idea. No era bueno que me vieran con ella… Tenía que evitar eso, que nos vieran juntos.
Ella tomaba el café y me miraba, y me sonreía, y jugaba con su boca. VEstía un precioso vestido verde y amarillo, amplio, de elegante y fina tela, y con un generoso escote que me hacía enloquecer. De pronto, casi sin esperarlo, separó sus rodillas y el vestido se levantó. No se veía bien desde la distancia pero pude comprobar que no llevaba ropa interior. Al ver cómo la miraba, y mi nerviosismo, sonrió mientras se levantaba. Salió de la cafetería sin separar su mirada de la mía. Después la seguí hasta su coche. No supe reaccionar. Ella arrancó, y esperó un momento, sin marcharse… Esa fue la señal.
Recordando el momento en el que me subí al coche volví a donde estaba y nos besamos con un ardor y una pasión sin límites, mientras nos acariciábamos nuestros cuerpos con salvaje y contradictoria delicadeza. Nos despojamos de las ropas que no necesitábamos. Primero ella bajó el vestido, dejando desnudo su cuerpo, después desabrochó su sujetador blanco y con graciosos encajes con formas de flor, que no tardó en caer sobre su desnudo vientre mientras yo, hipnotizado, observaba sus perfectas turgencias rosadas que invitaban al más sabroso de los festines. Sus senos eran grandes, casi desproporcionados, pero mantenían una forma suave y elegante que nada tenía que ver con la edad que escondía en su D.N.I. Después, casi inconscientemente aunque con lentitud, alejamos los restos de ropas que tanto deseábamos ver desaparecer, para dejarnos caer al pozo de los deseos más salvajes. Casi sin darnos cuenta, debido sin duda a la pasión despertada por los días de abstinencia, estábamos desnudos, el uno sobre el otro, recogiendo todos los gritos y gemidos que ya habíamos proferido al encontrar la cumbre de nuestro propio placer. Estaba ansioso, nervioso, incluso colérico en mis movimientos y en la forma de besarla. Mis manos habían empezado a acariciarla suavemente, con una delicadeza sin igual, pero con el paso de los segundos, y de los besos, se fueron apretando contra sus pechos, pellizcándolos y retorciéndolos mientras mi boca mordía su cuello al punto de hacerle daño. Aun así le gustaba.
Sin despegar las bocas en ningún momento seguí pellizcando y masajeando, y ella se apretaba más a mí. De pronto, la tumbé en el asiento, me incorporé como pude, y separé sus piernas mientras me desnudaba del todo, dejando caer el vaquero al suelo del coche. Mientras lo hacía observaba ese cuerpo maduro y elegante, de grandes senos, de vientre plano y de muslos tan dulces como calientes. Posé mi boca en su cuerpo, y bajé lentamente mientras ella gemía y gemía, incluso gritaba. Mientras mi boca jugaba con su cuerpo ella cogía mi pelo y tiraba fuertemente de él. El sabor de su cuerpo era ameno, dulce, y no tardé en sentir su terrible excitación al apretar sus piernas sobre mi cabeza, mientras me demostraba sonoramente los lentos y ondulantes estallidos de placer que le estaba regalando.
Esa mujer era un auténtico festín, y así quise disfrutarla, aunque el miedo de siempre volviera a aparecer otra vez.
– Ven aquí – me dijo, tirándome del pelo, y arrastrándome hacia ella – quiero que me hagas el amor.
Subiéndome sobre ella conseguí penetrar violentemente mientras ella me apretaba a ella con sus piernas sobre mi espalda. Esa mujer gritaba como una loca. Su placer era mayor que el mío, y no dejaba de gritar y de moverse violentamente, lo que hacía que hasta yo mismo me asustara y mirara por las ventas del coche por si alguien nos descubría. Por suerte no había ningún coche en ese bosque, ni nadie caminando, lo que hizo que me relajara y siguiera penetrándola con más violencia.
– Dios, me encanta – gritaba ella – quiero más… Más fuerte…
Fue entonces cuando, con violencia salvaje, la agarré de la cabeza, enredando mis dedos entre su pelo, y tiré de ella hacia atrás. MIentras hacíamos el amor ladeé su cabeza y su boca se abrió a la mía, penetrando con su lengua en mí de manera dulce y salvaje al mismo tiempo. Los dos disfrutamos de ese beso y de ese sexo, y recogí toda la saliva alcalina que escapaba de sus labios, tragándola sin parar a la espera de más. Ese beso dejó de ser eso para convertirse en cuerpo entero, y empezamos a hacer el amor también con nuestras bocas… Nos mordíamos violentamente, nos besábamos, nos chupábamos, nos lamíamos… En cada uno de los besos de esa mujer iba parte de su vida, y yo los recibía encantado, y cada vez más excitado.
Por fin, tras un largo rato haciendo el amor sobres ese asiento – tanto que el sudor apenas nos dejaba ver con claridad – ella llegó al orgasmo gritando violentamente, provocando unos espamos en su cuerpo que hacían que mi penetración fuera más placentera aún. Ella gemía y gritaba, y se apretaba a mí, pellizcando con fuerza mi espalda, y mordiendo mi hombro hasta quedar exhausta, como muerta.
– Espera cariño, ahora me toca a mí – me dijo, separándome de ella, haciendo que me pusiera de rodillas sobre el asiento, mientras ella se acercaba a mi cuerpo.
Esa mujer sabía lo que quería que me hiciera, y así lo hizo. Acercó su boca a mi cuerpo, mirándome en todo momento, y comenzó su juego. Ella empezó a jugar suavemente con mi cuerpo, pero yo no estaba en ese momento para jueguecitos sin más. Ese no era momento para la parsimonia.
Esa mujer me hizo el amor con sus labios y su boca entera. Mi cuerpo vibraba de placer, como el fórmula uno que espera en la parrilla de salida ocn el motor en marcha, y, de pronto, se encendió la luz verde del semáforo… Fue entonces cuando el mundo desapareció de mi vista, cuando todo se hizo oscuridad, y cuando no existía otra cosa que no fuera esa boca sobre mi cuerpo…
No quise abrir los ojos. Quise quedarme allí. Nunca me gustaron los finales con esas mujeres desconocidas, y más sabiendo el final que siempre tenían esos encuentros. Quise llorar, quise gritar, antes de abrir los ojos, pero no me quedaba más remedio que hacerlo.
En mi mano sentía la empuñadura caliente, apretada sobre mi mano cerrada, y en la otra mano sentía el líquido viscoso que tanto me aturdía cuando lo tocaba.
¡Noooooo! otra vez no.
Por suerte estaba desnudo y mis ropas no se habían manchado mucho. Mi cuerpo sí, mi cuerpo estaba completamente manchado con la sangre provocada por las no menos de diez cuchilladas que le había asestado por todo su cuerpo.
Cuando arranqué el coche todo seguía manchado de sangre. Al mirarme en el espejo observé parte de mi rostro manchado de rojo, y mi pelo… Al menos mi ropa estaba limpia. Pero lo peor de todo – como siempre pasaba – fue ver la cara siniestra de esa oscura mujer mirándome en el espejo, sonriéndome y diciéndome: “tú eres mío… De nadie más”.
Cuando dejé caer el coche en el pantano pude ver la cara de esa mujer que podría haber llegado a amar… Ese gesto de pánico ya no me afectaba como al principio… Era un gesto ya conocido.

(si quieres leer más sobre “El último romántico” hay mucho por el blog ¡¡¡Ha vuelto!!!)

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Autor:

mi blog solo de relatos: http://josaliteraria.wordpress.com

18 comentarios sobre “EN EL COCHE (relato eros)

  1. me gusta como empieza la historia y como en medio me tes la manera en que se conocen unas horas antes. Me gusta el sexo que describes, y me gusta la manera de terminar el relato

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  2. Mi chica, que está enganchada a ti (a tu blog, se entiende) me ha dado este relato sin contarme nada. Al empezar a leerlo me resultó tedioso. La típica historia que a ella le gusta tanto leer, y que a mí me gusta que lea jejejejejee. Iba a dejarlo, y me dijo, llega al final, te va a gustar
    Tío, es buenísimo. Te veo escribir en la plaza. Un día te digo algo.
    ¿y hay más de este tipo? quiero leerlos

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