EL PIANISTA QUE TOCABA AGUA

image

Sonaban los violines en la sala de cámara… Retumbaba la música por las paredes y, de pronto, sonó el piano al mismo tiempo que los dedos de ese gigante – así lo veía yo en el escenario – se posaban en las teclas. Fue entonces cuando, de repente, todos los ancianos que había a mi alrededor desaparecieron, y me encontré con rostros imberbes, aliñados con aromas de vainilla y fresa que añoro, devolviéndome  a ese territorio sagrado donde todos los peligros eran juegos, y donde los problemas desaparecían con la almohada…
La música del maestro me llevó a mi infancia, a la playa del “pelaillo”, y las notas fueron volando como burbujas lanzadas por un niño a lo largo de la sala hasta llegar a las paredes acolchadas donde rebotaban. Entonces, como gotas de agua, las notas se rompieron y salpicaron todo, mojándonos, como si fuera lluvia…
Esas notas eran como las piedras que lanzaba de niño para ver cuántos “botes” daban sobre la superficie… Y eso lo posibilitó la música de ese piano, tocada por ese hombre que llenó el escenario de esa tierra pasada que, en el fondo, nos unía a tantos años de distancia. Ese gigante, con cuerpo de hombre normal, tocaba las teclas y no salían notas… Salía agua cristalina.
Esa es la magia de la música. Si no fuera por ella ¿cómo podríamos volver a la infancia? ¡Imposible!

¡Gracias Juan Carlos Garvayo! Ayer me sentí niño otra vez, y eso lo consiguen pocas cosas: Quizás sentarme frente al mar, mirar a esa chica, o escuchar una buena melodía.

LA MUJER

wpid-img_272244630898053.jpegFue con ella con quien empezó todo…
En realidad no hubo nada más…
Ni dios, ni paraíso, ni nada…
Érase una vez la mujer.

Sala de cámara del Auditorio Nacional

image

Piano preparado para Don Juan Carlos Garvayo, premio Nacional de Música

image

El órgano es espectacular

image

HACE VERANO

image

Me imagino tu cuerpo, de día y de noche, como esa catedral construida sólo para glorificar todos los pecados que se me ocurren al imaginarme atravesando su oscura puerta. Entraría despacio, y haría penitencia, y después, junto al altar de tu honra, oraría y suplicaría para que el pecado de la carne – tu carne – no me abandonara nunca…