CANCIONES… (JUEGO)

cropped-hablando_al_oido-300x217.jpg1. TU CANCIÓN FAVORITA

2. LA ÚLTIMA CANCIÓN QUE HAS ESCUCHADO

3. LA PRIMERA CANCIÓN QUE RECUERDAS HABER OÍDO

4. UNA CANCIÓN QUE TE GUSTARÍA QUE TE CANTARA ALGUIEN ESPECIAL

5. UNA CANCIÓN QUE LE CANTARÍAS A ALGUIEN ESPECIAL

LA PRENSA AL SERVICIO DE… ¿QUÉ?¿QUIÉN? ¿DEL PUEBLO?

wpid-kvytyyyy.jpgPalabras de Federico Quevedo, periodista de El Mundo, por aquel entonces y que ¡AHORA! cuenta todo lo que muchos ya imaginábamos pero nos costaba creer. Leélo. Merece la pena. Al menos, su discurso nuevo, lo empezó pidiendo perdón a las víctimas del atentado.

“Todavía recuerdo cómo desde el diario El Mundo se nos dictaban las preguntas, a veces en número considerable, que a continuación acudíamos como corderitos a registrar en el Congreso de los Diputados. Había que escuchar todas las mañanas la tertulia que dirigía Jiménez Losantos y en la que participaba Pedrojota y, a partir de ahí, construir un argumentario a sabiendas de que todo aquello era una locura y de que, por mucho que algunos se empeñaran, nunca se iba a poder demostrar que el 11-M fuera el resultado de una conjura entre ETA y el PSOE para echar a Aznar del poder”

 

SACAR LA FIERA (relato eros)

wpid-IMG_29019070873911.jpegCuando se ofreció a llevarme ese día hasta mi trabajo jamás pensé que me pudiera pasar algo así. Mi coche estaba en el taller – otra vez – y él, amable como siempre, se ofreció a llevarme sin darme opción a negarme. Estaba molesta, enfadada… Esa mañana todo había salido mal. La casa, los niños, el perro… Ahora el maldito coche…
Él y yo llevábamos mucho tiempo conociéndonos, y aunque nunca había pasado nada siempre habíamos temido el estar a solas. No me preguntes porqué, porque nunca pasó nada entre nosotros, pero siempre hubo algo… Él, como yo, sabía que no era buena idea que nos vieran juntos, y menos en el coche, pero ¿cómo decirle que no si se había ofrecido a llevarme?
En el coche me sentí incómoda. Sabía que no tenía que estar allí, pero, poco a poco, la incomodidad fue alejándose de nosotros. Ese hombre era mi amigo. Nada más. A pesar de ver cosas raras en sus miradas, en su forma de ser conmigo – siempre amable y atento – y en nuestra nueva relación vía móvil, donde hablábamos y bromeábamos casi a todas horas, nunca pensé que fuera capaz de hacer nada de lo que después tuviera que arrepentirse.
Los dos íbamos en silencio, como con miedo a decir algo, y él puso esa música extraña que le gustaba, y que a mí no me gustaba nada. De pronto, señalando a la pantalla del vehículo, me dijo que mirara mientras sonaba esa preciosa canción que tanto me gustaba. En la pantalla aparecieron varias carpetas: En una ponía pop, en otra clásica, en otra rock, y en la que me señalaba ponía mi nombre. En ese momento sentí algo en mi corazón, en mi estómago, y – ¿por qué no? – también en mi entrepierna.
Dentro del coche no olía a nada especial, pero, de pronto, al acercarse a mí para coger una llave de la guantera, recibí su olor corporal… ¡Me encantó! No olía a nada especial, ni a ningún tipo de perfume varonil, pero el aire se llenó de repente de eso que ahora sí puedo llamar él.
No sé qué me pasó pero hasta tuve que cerrar mis piernas para que no notara la terrible excitación que, de repente, sentí. Miraba a la carretera mientras esa música se metía en mí, pero lo que realmente deseaba mirar era a él. De reojo – lo reconozco – miraba sus manos en el volante. Fue cuando me atreví a lanzarle una rápida mirada cuando le descubrí mirando mis piernas. ¡Dios, cómo me excité en ese momento! Pero ambos callamos, y ambos – creo yo – fantaseamos.
Hacía mucho tiempo que los dos sabíamos que sentíamos algo, pero sin acertar el qué. Era amistad, era pasión, era deseo, era… ¡Ni nosotros sabíamos qué era! Pero, por eso, siempre evitábamos estar a solas.
– ¿Estás bien, preciosa? – me preguntó, posando su mano en mi rodilla suavemente. Tanto que casi ni la noté… ¡Me encantó!
– Sí, ¿por qué no iba a estarlo? – pregunté visiblemente nerviosa
– No sé, te veo nerviosa – dijo apartando la mano de mi rodilla despacito, haciendo que pudiera sentir el deslizar de sus dedos a través del leotardo marrón
– No sé… Ya sabes…
– Sí, ya sé – dijo sonriendo, mirándome, y clavando sus ojos en los míos – perdona si soy tan pesado…
– No lo eres.
No sé qué me pasó en ese momento pero deseé besarle allí mismo, y casi se lo digo con mi mirada. Mis labios empezaron a aguarse, mi lengua jugaba por entre mis dientes, y miré su mano, intentando hacerle ver que quería que no la apartara… Pero la apartó. Cuando llegamos detuvo el coche en el parking que hay detrás de mi negocio, me miró, y me sonrió. No era guapo, pero tenía algo que me gustaba muchísimo.
Él abrió la puerta del coche, diciéndome que esperara, y que no bajara. Dio la vuelta y yo esperé hasta que me abrió la puerta. Después, me ofreció su mano y yo bajé, y en ese momento sucedió todo. De repente, sin esperarlo, me empujó contra el coche. Su cuerpo me impedía hacer el más mínimo movimiento, que, por otra parte, tampoco quería hacer. Con el brazo izquierdo me abrazaba y con el derecho tiraba de mi cabeza hacia atrás. Sus ojos me miraban penetrantemente, pero yo le sostenía la mirada. Su boca descendió sobre la mía con una pasión increíble. Yo, sin oponer ninguna resistencia, entreabrí los labios para que nuestras lenguas se encontraran, con una fogosidad que jamás había conocido. Ya no controlaba nada, ni mi cuerpo ni mi mente, y respondía a sus besos con un desenfreno inédito. No eran besos tiernos, eran besos sensuales, qué digo: ¡Sexuales! Todos los indicadores del deseo se habían encendido en mí. Pensé que había llegado a la cúspide de la excitación cuando sentí que su mano me desabotonaba la blusa. Me agarró el pecho derecho, deslizó la fina tela del sujetador y me acarició el pezón, todo ello sin parar de besarme apasionadamente. Mi pecho, completamente a la merced de su mano, se enderezó. Arqueé la espalda, ofrecida a él. Después, tuve un último sobresalto, quizás de dignidad o lucidez, y no pude evitar mirar a mi alrededor. Una mujer mayor, que salía de su coche, nos miraba horrorizada. ¡Mierda! ¡Ojalá no viva en el mismo edificio, ni en la misma calle de mi negocio! Al final, fue él quien dio un paso atrás y se quedó mirándome, satisfecho.
—Y bien, señorita… ¿no es así?
—Sí, así es –contesté, completamente roja, apresurándome a recolocar mi pecho en su sitio y a abotonarme la blusa.
—Eh, de acuerdo, señorita , que tenga usted un buen día. Hemos llegado a su destino –dijo, con un cierto aire indolente–. Disfrute de la mañana, nos vemos mañana.
Y, acercándose, me susurró al oído:
—Aún no he acabado con usted.
Y se fue. Allí me dejó, delante de la puerta, jadeante, con ganas de no sé qué, pero con ganas. Por la mañana, empleé todos mi esfuerzos en evitar volver a pensar en lo que había pasado… y en tratar de olvidar mi desvergonzado comportamiento en el mismo barrio de mi negocio, que sin duda no era muy propio de una chica de buena familia. Tal vez había soñado la escena. ¡Últimamente me daba por soñar unas cosas tan extrañas…!
No supe nada de él en toda la mañana. Ni un mensaje, ni un simple whasap… ¡Nada! Y juro que si normalmente me gustaba recibirlos, ese día era algo casi vital. Nada más existió esa mañana. Ni facturas, ni informes, ni nada de nada de nada… Sólo él, sus manos, y esa boca que aún parecía estar pegada a la mía.
Fue a medio día, a la hora de salir de trabajar, cuando recibí su mensaje
“te espero donde te dejé. Te invito a comer”
“no sé si es buena idea”
“estaré aquí”
Me sentí mal. No sabía si bajar o no, pero reconozco que me sentía halagada. Sí, halagada. Y aliviada. Iba a volver a verle, que era lo que deseaba. No sabía cómo iba a acabar la historia, no sabía qué quería él, ni siquiera qué quería yo, no sabía si estaba bien o mal… pero todo mi cuerpo gritaba sí. Sí, sí, sí. Mi corazón latía más rápido, los escalofríos recorrían mi espalda, mis mejillas se habían sonrosado repentinamente… Todo en mí delataba la inmensa excitación que me había causado ese mensaje del hombre que, hasta ahora era mi amigo, pero que ya era ese que besaba divinamente y que había conseguido en tan solo unos segundos con su lengua que me olvidara de mi propio nombre. No quería, no quería para nada, que nuestro cuerpo a cuerpo se limitara al placaje que me había hecho contra el coche. Por muy intenso que hubiera sido. Tenía ganas de más, de mucho más.
Sé que tenía dinero para gastar por un regalo recibido, y que quería emplearlo conmigo, pero… ¿A dónde me llevaría? ¿A un restaurante? Seguro. Pero, ¿de qué tipo? ¿Muy elegante?
—Buenas tardes –me dijo con su cálida voz–. Está usted deslumbrante.
Sonreí tímidamente y entré. Entonces el coche arrancó. Yo intentaba mostrar un cierto aplomo, mirando las calles desfilar a través de la ventanilla. Hubiera querido hablar, entablar una conversación, pero no encontraba nada inteligente que decir. ¿De nuevo iba a volver a transcurrir el trayecto sin que intercambiáramos una sola palabra? Se resumía a eso, entonces: la atracción que sentíamos (evidente y casi palpable), era solo una atracción física. ¡No le importaba conocerme a fondo! ¿Tendría acaso ganas de oír el sonido de mi voz?
—¿Le está gustando el paseo, señorita? – Ciertamente, siempre sabía cómo pillarme desprevenida. ¿O es que acaso leía los pensamientos?
—Sí –dije, girando la cabeza para mirarle a la cara.
—A mí también –respondió él, sonriendo.
Yo sonreía con él, completamente relajada ya. Además de todo lo demás, realmente parecía ser buena persona… Me moría de ganas de acurrucarme en su brazos, de que me acariciara el pelo, de oler el perfume de su cuello… En resumen, de hacer todo lo que hacen los amantes… Pero claro, para mí eso era algo nuevo. ¿Lo sería también para él? Estaba segura de que sí.
Nos paramos y me abrió la puerta, aunque esta vez no me empujó contra el coche. Me ofreció su brazo (era todo un caballero) y caminamos un momento hasta un ascensor.
– ¿UN hotel? – le pregunté – no sé yo si esto está bien
– ¿comer? – contestó – comer siempre está bien.
Me dejó pasar delante suyo para cruzar el pontón. Afortunadamente, mi vestido solo se ajustaba hasta la mitad de los muslos, por lo que pude subir el escalón de la entrada. Dentro había muchas mesas, pero solo una estaba puesta. Mantelería blanca, cubiertos de plata, copas de cristal… el lujo formaba parte de cada detalle de la puesta en escena. Era el ejemplo perfecto de una cena romántica, aunque fuera a medio día, con luces tenues, velas y un ramo de rosas sobre la mesa. Desde luego, no parecía ser de los que invitan a una pizzería. Nos sirvieron langosta perfectamente cocinada, ternera trufada con verduras de temporada y un soufflé helado con fresas excepcionalmente cremoso, todo ello regado con una nueva sorpresa… Un vino muy especial para ambos.
Mientras degustábamos estos manjares yo navegaba al país de los cuentos de hadas, un país donde el príncipe azul tenía los ojos de jade y la princesa una cabellera de fuego.
Hablamos poco y nos miramos mucho. Comimos, disfrutamos, bebimos, y no dejamos de hacer lo que solíamos hacer cuando estábamos rodeados de tantos otros, es decir, mirarnos, sonreírnos y decirnos cosas tan en secreto que ni el otro conseguía descifrarlas. Mientras sorbía del vino noté su mano bajo la mesa, a la altura de mi rodilla. Me estremecí, y me asusté. Él, no podía creer que estuviera haciendo algo así, vencía su timidez y me miraba mientras bebía, y con la otra mano pellizcaba mi rodilla, jugando con mis huesos, escavando entre el círculo que se formaba en mi lateral, y dándome un placer que iba más allá de lo físico.
Me sirvió otra copa. Le dije que no quería más vino, que me emborracharía, pero él echó más. Más incluso de lo que tenía pensado echarme. Me sonrió y me dijo que no me preocupara, que yo no tenía que conducir.
Su mano siguió jugando con mi rodilla, temerosa, y no fue hasta que no separé la una de la otra, y abrí mis piernas, hasta que él no se atrevió a avanzar.
Sentir sus dedos por mis muslos fue algo maravilloso, impúdico, emocionante, excitante, temerario e incluso estresante. En definitiva, fue algo delicioso.
-¿De veras crees que esto es buena idea? – le pregunté
-si me lo preguntas a mí, la respuesta es clara: Sí – me dijo, mientras sus uñas cortas se iban deslizando por ese leotardo que me quemaba la piel, y que deseaba ver desaparecer. Su mano siguió avanzando, casi hasta llegar a la altura de mi ingle, yo ya estaba totalmente entregada a ese hombre y a la situación que vivíamos y que tantas veces había soñado – como él – pero llegó el camarero y rompió toda la magia.
Tuve que irme al baño. Allí casi me caí al suelo. El vino, mi corazón, mi sangre y mis emociones hicieron que las paredes comenzaran a girar y tuve que sentarme en una de las tazas para no caer al suelo.
Por un momento deseé que viniera, que entrara en el baño, conmigo, pero ese deseo se convirtió en miedo e hizo que me levantara y saliera de allí rápidamente. Una mujer como yo no iba a hacer el amor en el baño de un restaurante. ¡Eso jamás!
Después de comer me tomó de la mano y subimos un viejo escalón de piedra que daba a una callejuela. Asustada pensé si subiríamos a alguna habitación, pero no fue así. Salimos a la calle. El barrio estaba casi desierto y apenas iluminado. Parecía un escenario de película. Habíamos dejado de hablar. Caminábamos despacio, disfrutando del momento presente. Su mano, fuerte y cálida, envolvía la mía. De repente, empezó a llover. La lluvia, al principio fina, en seguida se convirtió en una gran tormenta. Estábamos empezando a empaparnos, así que corrimos a la búsqueda de un refugio… que se materializó rápidamente en forma de un soportal. Sofocados por la carrera, entramos al oscuro peristilo. Antes de tener tiempo a recuperar el aliento, dos manos me cogieron la cara. Apenas distinguía la suya, pero sentía perfectamente sus labios y sus dientes morder mi labio inferior, mi labio superior después y, ya por fin, besar toda mi boca… para apartarse acto seguido. Estaba completamente acorralada en una esquina del soportal, dispuesta a todos sus deseos. Él me cubrió el rostro de besos: los ojos, la frente, la barbilla… mientras yo, por mi parte, intentaba besar cualquier parte de él a mi alcance. Después, se aferró a mí con una fuerza tal que me obligó a recular un poco en la esquina. Sentí su erección pegada a la parte inferior de mi vientre, atravesando la tela de mi vestido. Casi podía sentir el calor de su sexo, de tan caliente como estaba. Mi corazón había descendido hasta mi vagina y palpitaba a toda velocidad.
– Esto no está bien – dije – ¿o sí?
– Esto llevo soñándolo desde hace mucho tiempo… Por favor, no haga usted que me despierte hoy… Hoy no.
Sus dedos se deslizaron expertos por la abertura de mi faldita corta y encontraron rápidamente el camino a mis muslos. No se quedaron allí, sino que siguieron avanzando hasta mis glúteos. Instintivamente, subí una pierna y la coloqué alrededor de su cintura, lo que le permitía agarrarme el culo a manos llenas. Sus dedos exploraron bajo de la tela de mi ropa interior, bordearon la curva de mis caderas y hurgaron después en mis partes más íntimas. Incliné la cabeza hacia atrás con un gemido, ofreciéndole mi cuello para que lo besara. Me agarró del pelo con su mano libre, mordisqueó el lóbulo de mi oreja y atrajo mi cabeza hacia él. Yo volví a gemir, sus besos se dirigían ahora a mi boca. Nuestras lenguas se reencontraron mientras su dedo acariciaba mi alma entera. Con una violencia delicada se frotó contra mi cuerpo, casi haciéndome daño. Yo gemía, suplicándole mentalmente que me hiciera suya en ese mismo momento y lugar, cuando, súbitamente, su dedo se apartó de mí,
y su boca se alejó de la mía.
-Me muero de ganas de hacer el amor con usted, señorita. Pero no ahora. No aquí… Y no así. Usted se merece un castillo… Y se lo encontraré
– ¿un castillo? – le pregunté, cogiendo su culo entre mis dos manos y apretando su cuerpo contra el mío, que ya estaba sediendo de todo él – no quiero un castillo
– pero es lo que tú mereces – dijo él, besándome en los laibos
– cariño, hoy no es día de castillo… En un castillo harás el amor con una princesa… En este callejón oscuro, que parece una jungla, quiero que folles con la fiera que has hecho salir
– ¿seguro?
– tan seguro como esto – le dije, bajando la cremallera de su pantalón y metiendo la mano dentro…

¿CONTINUARÁ?

ESPALDAS

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Un día de verano, sin esperarlo, encontró en su espalda respuestas a preguntas que nunca antes se había hecho… Y, desde entonces, vuelve a ser aquel niño con ganas de saber más…  Siempre más.

BOOK MORNING

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Que cerraras el libro que lees bajo el sol, y escribiéramos nuestra historia sobre la arena… Y hacerlo sin papel, sin pluma… Con nuestros cuerpos, con besos…

HACE VERANO

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La música y la mujer…
¿Quién nació primero?
¿Fue la mujer la que inspiró la música? ¿fue una canción la que hizo tangible a la mujer?
La mujer y la música…
¿Quién fue primero?

APRENDAMOS DE LA NATURALEZA: LA CLAVE ES LA ADAPTACIÓN

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El hombre y la mujer luchan contra los elementos – naturales o no – Optan por acabar con ellos, en lugar de intentar buscar la forma de convivir. La naturaleza nos enseña que lo mejor es la adaptación (no sumisión, ojo) Si buscas la manera de adaptarte, o que se adapten a ti, todo será más fácil. Claro que solo es una sugerencia.