SIN TÍTULO

imageCuando la conoció todo cambió en su vida. El trabajo, sus partidos de fútbol, sus cervezas con los amigos, la música, los libros, el cine… Todo dejó de gustarle de esa manera tan compulsiva.
Un día, viéndola triste, le preguntó qué era lo único que podría hacerla feliz. Él no dudaría en dárselo, y así se lo hizo saber. Ella, entonces, le pidió que dejara todo y que le llevara junto al mar. Ese era su deseo único: nadar sobre las aguas saladas de un mar que nunca había visto.
Él, hombre enamorado, dejó todo y caminó con ella largos caminos, alimentándose de la felicidad que ella sentía cuantos menos pasos quedaban para llegar. Un día, de repente, apareció la arena de la playa, junto a ese olor a salitre inconfundible. Ella se quitó los zapatos y corrió hasta la orilla. Él  miró emocionado su caminar descalzo sobre la arena y esperó a que se desnudara para adentrarse…
No pasó así. Ella, simplemente, se dio la vuelta y se volvió a los zapatos, diciéndole que el agua estaba muy fría. Se sentó sobre la arena y no hizo caso al agua que allí les esperaba.
– ¿Qué haces? – preguntó ella, al verle desnudándose
– ¿No te vas a bañar? – contestó él
– no, está muy fría – dijo ella jugando con la arena – y además…
– ¿además?
– no sé nadar.

Fue entonces cuando él se dio cuenta de todo…

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