AQUEL AMOR DE VERANO

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Nadie lo supo nunca pero su gran amor de verano duró más de tres años… Tres veranos, vamos. Ella era la chica más guapa de la playa. Todos la miraban, todos deseaban ser su amigo, todos deseaban besarla, y, cómo no, todos desearon retozar con ella en la orilla de la playa por la noche.

Su amor por ella siempre fue diferente. Él la amó de verdad, como solo se puede amar con quince años, y lo supo porque muchos años después, al recordarla, siempre se imaginaba de la misma manera junto a ella…

Él no se imaginaba besándola, ni desnudándola, ni siquiera haciéndole el amor… Él la imaginaba siempre en el agua, con sus piernas, sus muslos y sus brazos mojados, su pelo chorreando, y el resto de su majestuoso cuerpo encima del suyo mientras la sostenía, sentada sobre su cuello, mientras jugaban a peleas en el agua por parejas… Así la recordaba él, con su biquini negro sobre su pelo, sus muslos sobre sus hombros, sus preciosas piernas rodeando su pecho, y cogiéndola de ambas manos para que no se cayera, ni nadie pudiera derribarla.

Si era fuerte y conseguía que nadie la tirara, ella sería suya eternamente… Al menos en ese momento.

EN VERANO… TODOS NIÑOS

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Sólo un niño es capaz de permenecer horas y horas tumbado en “el rebalaje”, hablando con las  olas,  y soñando con ser capitán; es decir, ser el último en abandonar el barco de su dicha.

besos

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Hubo entre los dos – ella y él – un beso especial que nunca existió para ella, y que nunca desapareció para él… Fue ese beso que ella creyó que nunca le dio, y que él siempre ocultó a todo el mundo… Ella incluida.
Era un beso que ella nunca pudo dar pero que, un día, se atrevió a decirle que también deseó… Ese beso existió desde ese momento, y dejó de ser un simple deseo.

UN SUEÑO CON EL MAR

Cuando uno sueña así, el día es ya otro…

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Estoy en la playa. Estoy solo, y es por la mañana, bien temprano. El sol aún es naranja – ni blanco ni amarillo – y aún puedes mirarlo de frente, sin miedo a que te venza. El silencio es absoluto y solo lo rompe alguna gaviota despistada que sobrevuela la arena en busca de lo que algún despistado haya dejado el día anterior. No hay aire, sólo una suave brisa que viene de levante y que indica que, pronto, en pocas horas, el viento se hará mayor de edad.
Estamos los dos solos… El mar y yo. Me mira el mar, y yo le miro a él, y, juntos, dejamos esa terrible sensación de soledad que nos acompaña cuando nos separamos… Sé que parece una locura, pero es así como lo siento, y es, además , lo que él me cuenta. Para aliviar esa ausencia de ese hombre  escribo su nombre en la arena. Lo hago una vez, y otra, y otra más… Lo hago sin saber, pero lo hago a drede, y es cuando termino de escribirlo cuando observo que lo he grabado en la arena no menos de cien veces. En este instante, para hacer que no se vuelva a ir, lo siento tan mío que ninguna ola, ni el aire, ni otras pisadas que pronto llegarán, ni siquiera él mismo, podrán borrarle ya de mí.
Ya no.

 

Qué suerte (El último romántico)

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EStábamos solos. Te sentaste de nuevo, con tus pies bajo tu culo, como se sientan los ángeles pecadores, mostrándome tus rodillas que parecian de marfil y canela. Colocaste las piezas del juego al que jugábamos con tus exqisitos dedos, sin mirarme, y eso me otorgaba la ventaja de poder disfrutarte no solo como amiga. Alli, frente a mi, estaba mi amiga, esa mujer capaz de vencer a su.propia belleza, pero.esa noche ella era ambas: la amiga y la carne.
Tu empiezas la partida. Yo intento.descifrar tu jugada, pero no la que hay en el tablero, sino la que ya hace tiempo ha empezado sobre esa alfombra de la que no me levantaría en mi vida. Tu estás inmersa en el juego, concentrada… Yo, empiezo a querer perder esa partida y ganar la otra. Yo juego dos partidas pero tu belleza extrema, esa que veo yo, solo me deja concentrarme en una de ellas.
Asustado, poseído por su exagerada belleza que me atrae como nunca me atrajo nada, libero mi alfil mientras tu llevas a tu torre a un lugar mas seguro.
El tablero no existe ya para mi. Tus movimientos descubren un escote generoso que me hace perder el control. Lo miro, admiro tus turgentes senos escondidos tras la tela del camison. Me encanta eso… No verlos pero intuirlos, hasta que, de pronto,  uno de ellos se asoma por el escote despistado. Me miras muy seria. Yo intento apartar la mirada pero sé que me has descubierto en mi osadía. No dices nada, sonríes nerviosa, y me dices que sigamos la partida.
Me has descubierto observándote con descaro y no te molesta. Eso me emociona, y me excita. Sé que no te molesta porque sabes que, en el fondo, te amo.
Cambias de postura y cruzas las piernas. Jamas había visto unas piernas tan largas y esbeltas, pero sigo fijándome en tus labios que parecen dos fresas para mi.
Dios, como te deseo en ese momento, pero esa que hay frente a mí eres tú, mi amiga, y no puedo hacer algo que rompa lo nuestro… Sea lo que sea.
Seguir allí se me hace agotador, intenso, y, sobre todo, ameno, imaginando por fin ese primer momento contigo, y me permite disfrutarte como tantas veces he soñado mientras tú no estabas a mi lado.
Te deso. Más cada segundo que pasa. El tiempo se detiene mientras observo y grabo todo el territorio de tu majestuoso cuerpo, de esos senos que me muestras sin saberlo (¿o si que lo sabes?) y de esos labios de los que quiero comer ya.
Otro movimiento sobre el tablero y tus senos se muestran pletóricos ante mis debiles y hambrientos ojos. Enciendes un nuevo cigarro, y yo otro. Ambos volvemos a fumar. Una de tus piernas descansa dormida sobre el sillon, la otra, seductora como tu, se pliega en triangulo dejando tu muslo en libertad.
Si fuera un cazador – pienso mirándote – sacaría mi arma y te abatiría sin miramiento, pero no para matarte, sino para gozarte.
Te juro que lucho por no mirarte, para seguir así respetándote, pero tu belleza deslumbra hasta con los ojos cerrados.
Ahora entra en juego tu olor. De pronto, con los ojos cerrados, creo volver a mi ninez, a aquella panaderia de detrás de mi casa donde tanto me gustaba ir por ese olor a pan recién hecho.
Abro los ojos y tus muslos me vuelven loco. Tus.senos ya casi bailan fuera del escote que ya no los somete, y llega lo mejor de todo.
Tu me estas mirando nerviosa también, y me preguntas:
– ¿porque me miras asi?
– ¿te digo la verdad? Porque eres la cosa mas bonita que he visto nunca de cerca.
Tus ojos se cierran, me muestras tu boca, y nos besamos.
Es en ese beso donde sé que todo ha acabado en el momento de empezar. ¿Y sabes por qué? porque sé que todas las sonrisas que, hasta entonces, has despertado en mí, allí se quedarán, pegadas a tus labios…
Ya no volveré a sonreír jamás, porque tú misma me has dicho que nunca más volverá a pasar.
Frente al espejo del baño me intentaba reponer de los múltiples asaltos sexuales acontecidos durante toda la noche. Mi cuerpo apenas si podía mantenerse en pie, pero yo había ido hasta allí, frente a ese espejo, siguiendo esa voz macabra que siempre me llamaba.
Allí volvió a aparecer, tras de mí, con esa cara siniestra oculta bajo esa vieja capucha de miseria. Volvía a notar su mirada, pero, extrañamente, no asustaba como otras veces.
Cogí el cuchillo y me acerqué a la cama. Me senté junto a esa mujer mientras el frío acero se pegaba a mi espalda. Era hermosísima.
– Ha estado bien ¿verdad? – me preguntó – es que soy muy buena en la cama…
Los siguientes dos minutos volvieron a ser suyos, alabándose, regocijándose, y hablando de sus miles de virtudes…
Apretando el cuchillo lo saqué de mi espalda y con un rápido movimiento lo guardé en mi mochila y me marché. Mientras cerraba la puerta ella seguía hablando, no de lo mucho que había disfrutado, sino de lo mucho que me había hecho disfrutar a mí.
Ya en el ascensor, mirándome al espejo, recordé a la fría dama diciéndome que no la matara.
– Esa mujer no es mi rival… Nunca ha sido una futura esposa… No merece el mismo premio que las otras. No quiero que la mates. Es una orden.
– ya, pero…- pensé yo, sonriendo y recordando su horrible narcisismo – yo sí que la mataba…
Encendí un cigarro y sonreí. Hacía mucho que no lo hacía. No me refiero a sonreír, ni siquiera al hecho de encender un cigarrillo…

LA LUNA LLENA

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Que tú fueras la amazona, y yo el corcel, y que caminaras cogida de mis riendas toda la noche bajo la luz de la calurosa luna. Así toda la noche, hasta que quisieras montar…
Y si no quisieras cabalgar seguir caminando tras de ti, observándote y esperándote… Hasta que te cansaras y subieras en mí

A mí, la luna me gusta como…
Como tu boca…
¡¡¡Llena!!!

Your imaginary sounds

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Siempre imagimó sus palabras de amor… Sus susurros de placer… Sonaban a notas salidas de un piano