LA ESQUELA, RELATO

wpid-img_233783480641216.jpegEL RELATO EN PDF………………………………la esquela

La joven no llevaba en ese pueblo más de un mes. Ella era de la capital, pero los estudios – o lo mal que le iba en ellos – la habían llevado hasta allí para intentar remendar una carrera que no parecía tener ninguna salida. Esa mañana todo era tan diferente que solo le apetecía llorar. Mirando constantemente al reloj que descansaba en su muñeca izquierda no podía dejar de pensar en todas las lágrimas que había derramado, y en todas las que le quedaban por derramar. Cerca de ella, Javier salió de casa, ajeno a todo, disfrutando de sus primeros días de vacaciones.
Ya cuando salió de su casa la vio sentada en ese banco, pero como “Connie” corría hacia su parque, no le prestó más atención. Aun así le pareció que esa joven estaba llorando. Nada más llegar al parque el perro orinó sobre el mismo árbol de siempre. Después, caminó por varias calles hasta llegar a La Saeta, que era un estanco de esos de toda la vida, pequeño y oscuro,
que olía a tabaco y a papel viejo. La puerta era pequeña y estrecha, y al abrirla, golpeaba sobre una campanita que había en el
techo y que avisaba al anciano dependiente de la llegada de un nuevo cliente. Era entonces cuando se levantaba de su silla ese hombre que llevaba allí toda una vida. Al principio no reconoció a Javier, y le saludó casi sin mirarle, mientras cerraba una vieja caja de puros donde guardaba una gran cantidad de sellos de todos los colores.

– ¿Me da lo de siempre?

– Ah, es usted, profesor… No le había reconocido – dijo el viejo, colocándose bien las gafas – ¿cómo van esas vacaciones?
– pues no me puedo quejar para ser la primera semana – le contestó, pagándole los dos periódicos y los dos paquetes de tabaco que solía comprar todos los domingos. Al salir de La Saeta, desató a “Connie” de la ventana donde le había dejado amarrado, y caminó por la calle donde estaba su casa.
La calle estaba desierta y silenciosa, como a él le gustaba. Su exquisita limpieza, sus altos y frondosos árboles, sus bancos perfectamente pintados, y la inexistencia de coches aparcados junto a las aceras, hacían de ese un lugar idílico donde la vida pasaba sin esos esos innecesarios adornos que, para nada, necesitaba.
A pesar de que aún no eran las nueve de la mañana el calor golpeaba contundentemente, como hacía en las horas de la siesta, y fue precisamente por culpa de ese sofocante calor, que apenas le había permitido dormir en toda la noche, por lo que salió de casa tan temprano para dar una sorpresa a su familia con forma de churros. Cuando los enanos los vieran se volverían locos de
alegría – pensó sonriendo, recordando la última vez que los sorprendió.
A su anciana madre, que vivía con ellos, también le haría mucha ilusión. La yaya María siempre vivió con él – hasta cuando estudió. Enviudó cuando Javier cumplió un solo año y nunca tuvo valor para dejarla sola… Tampoco quiso nunca hacerlo.
Ella, después de morir papá, nunca tuvo otro novio, ni otros hijos.
Con paso lento, por culpa de esas chanclas nuevas a las que aún no se había acostumbrado, volvía a casa. La siguiente parada sería en la cafetería donde hacían los mejores churros de toda la ciudad.
Sudoroso, seguía con su mirada las pisadas del perro mientras abría el periódico por la página central, como siempre hacía. El horóscopo no decía nada nuevo. Había una nueva exposición de pintura, que él ya había visto, y las temperaturas subían – como él mismo comprobaba. Lo que sí llamó su atención fue que el día anterior solo hubiera muerto una persona en toda la
provincia: Mariana Pinos Ruíz, fallecida a los ochenta y dos años. No se inmutó, ni sintió nada especial, pero ese nombre desconocido, escrito con caracteres en negrita, le llamó la atención… Aunque no supiera bien el porqué.
Esa mujer no era del pueblo donde él vivía, y era ya bastante mayor… Ochenta y dos años. Ley de vida – pensó mientras cerraba el periódico y encendía el primer cigarro del día, percatándose que cerca de él estaba esa joven que vio al salir de casa, y que aún lloraba desconsoladamente.
Pasó junto a ella en silencio, sin atreverse a preguntar nada. Ella ni se dio cuenta de su presencia, inmersa en su dolor. Javier se detuvo y llamó al perro para que no se alejara. Lo pensó dos veces, y finalmente se dio la vuelta. Una vez más le pudo su compasión, pero, sobre todo, la curiosidad. Al acercarse observó que esa joven le resultaba familiar, aunque estuviera seguro de no haberla visto anteriormente. Y, sin saber porqué, volvió a pensar en el nombre del periódico mientras se acercaba a ella con el único motivo de intentar calmar una angustia más que aparente.
– Hola, ¿te pasa algo? – preguntó tímidamente. La joven no respondió y le miró de soslayo, desconfiada. Pero él no desistió. No podía permitir que esa joven llorara de esa manera tan desangelada. Quizás él pudiera hacer algo por ayudarla.
Ante su insistencia la joven le dijo que estaba esperando a su padre que venía a recogerla para ir a despedir a su abuela, que sería enterrada esa misma mañana. Sin duda, era la nieta de esa tal Mariana Pinos, de ochenta y dos años.
¡Qué casualidad! – pensó, creyendo que ese era el motivo por el que ese nombre llamó su atención al leerlo en el periódico. Él, que creía mucho en los acontecimientos paranormales – a los que su mujer llamaba sandeces – sintió que volvía a sucederle uno.
Hacía tiempo que no le pasaba, pero a lo largo de su vida – ya desde bien niño – había vivido muchos de esos momentos que ni él mismo podía explicar. Al ver que la joven estaba bien – a pesar de su tristeza – siguió caminando hasta su casa, deseoso de llegar y contarle a su mujer lo que acababa de sucederle una vez más. Mientras él se alejaba, pasando de largo por la cafetería donde volvía a olvidar los churros, ella recordaba la muerte de su abuela, ocurrida en la capital, a casi cien kilómetros de donde ella
estudiaba. Podía recordar todo como si aún estuviera allí…

Al llegar a la casa de la abuela todo estaba a oscuras, como siempre. Desde que podía recordar las ventanas de esa casa siempre habían estado bajadas, aunque nunca hubiera sido capaz de entender porqué. Aún a casi cien kilómetros de distancia parecía seguir oliendo esa mezcla extraña de humedad y vacío… También esas bolitas blancas que guardaba en todos los armarios de la casa. Al entrar en la vieja habitación, la abuela intentaba recuperar los últimos alientos que la vida le robaba, tumbada en su vieja cama de barrotes metálicos y de colchón de espuma que se hundía con su peso. Sobre ella había un cuadro de un santo – nunca supo cuál era – que llevaba a un niño pequeño entre sus brazos, y rodeando el marco había un rosario de madera.
El murmullo seco y oculto de los hijos y nietos de la abuela Mariana hicieron que todo pareciera más desalentador. Ella gemía y sudaba, tapada con esa fina sábana que un día fue bordada por ella misma, y su respiración era tan débil que nada bueno presagiaba. La anciana quiso abrir los ojos para despedirse de sus hijos y nietos, pero antes de hacerlo volvió a concentrarse en el rostro de ese que tantas horas de sueño le robó, y por el que tantas lágrimas derramó.

Hacía ya muchos años desde la última vez que le vio, pero ni allí, en los últimos instantes de su larga vida, pudo dejar de pensar en él y en la última vez que estuvieron juntos. Ese fue, sin duda, el momento que más se repitió en su memoria a lo largo de una longevidad que, lejos de convertirse en un premio, no fue sino una amarga condena. Solo con cerrar los ojos podía recordar perfectamente aquel horrendo gesto dibujado en su cara, y todo volvía a repetirse con una mezcla de imágenes tan claras como atormentadoras. Durante mucho tiempo ella misma intentó convencerse de que esa imagen que veía con la claridad de una película, no había sido sino un mal sueño que se convirtió en realidad a base de revivirlo tantas veces en su memoria.
Ojalá hubiera sido eso – pensaba después – ojalá hubiera sido todo un mal sueño. Esas imágenes que un día vivió seguían allí, ancladas en el tiempo, a pesar de haber transcurrido ya más de cuarenta años. Él estaba compungido, asustado… aterrado. Ella lo estaba también. Con los ojos cerrados era todo más intenso aún, y el recuerdo de sus gritos sonaba en su silencioso pensamiento de una manera más tétrica de lo que ya lo hicieron aquel funesto día.
Todo volvía a estar allí… Otra vez. Ella le gritaba asustada como nunca – no podía hacer otra cosa – y él lloraba, aterrado, sin
entender nada. Después desapareció… Para nunca más volver a verle.

Recordando todo, la abuela respiró el poco aire que sus pulmones marchitos le permitieron, y se decidió a abrir los ojos, sabedora de que lo haría por última vez. Eso dolía también. Fue al abrirlos cuando pudo verlos a todos… Por última vez.

Todos sus hijos estaban allí, mirándola y sin saber qué decir o hacer. En sus miradas había un
gran vacío. También había miedo… y tristeza.
Todos parecían inmersos en una extraña melancolía de la que algunos eran incapaces de salir, y a
la que los otros no podían entrar.
Los primeros, con lágrimas derramadas sobre sus ropas, la miraban emocionados, compartiendo
con ella esa pena que aún le acompañaba… Aunque no supieran aún de dónde provenía.
Los otros se escondían en las sombras que creaba esa única lamparita que siempre tuvo
encendida. Estaban allí porque no les quedaba más remedio… por obligación. Nada tenía que
reprocharles porque ni ella misma se creía digna de las lágrimas de unos hijos a los que no llegó a
querer del todo.
Por eso, mirándoles desde la cama, y reconociendo a todos y cada uno de ellos, lloró
amargamente, deseando levantarse para pedirles perdón.
Ninguno pudo ver sus lágrimas porque ya ni eso quedaba dentro de su cuerpo marchito.
Pedro, el mayor de todos, era el que más cerca estaba de la cama, cogido de la mano de su mujer
y de su hija mayor. Ninguno de los tres lloraba, pero sí se les veía embargados por la emoción de
la inminente partida.
Jacinto estaba detrás de él, junto a Ramiro, que, como siempre, había ido sin su mujer y su hija, a
la que Mariana aún no había conocido. Carmen, la segunda de sus hijas, también estaba junto a su marido y sus dos hijas.
Marina, en cambio, estaba sola porque su marido hacía ya mucho tiempo que la había dejado.
Alejados de la cama, como siempre, estaban Raúl y Pepe, dirigiendo la mirada al suelo, incapaces
de cruzarla con la suya.
La única que permanecía a su lado, como siempre, era Lucía, la mujer de su hijo Álvaro, que le
mojaba la frente con ayuda de una venda blanca que metía una y otra vez en un pequeño barreño
azulado. Álvaro estaba tras su mujer, aguantando el torrente de lágrimas que no podría contener
por mucho tiempo.
También pudo ver a su nieta Mariana, situada tras su padre, que lloraba más que ninguno.
Enjaulada en su propio cuerpo la abuela quiso gritar con fuerza, para pedir perdón a todos sus
hijos.
-¡Hazlo! – se dijo a sí misma – a ellos sí puedes pedirles el perdón que se merecen.
En cambio había otro al que nunca podría hacerlo… y eso era su mayor desconsuelo. Por eso la
muerte no era sino su propia salvación.
Con dificultad miró a todos y cada uno de sus hijos, y en todos ellos creyó encontrar el perdón
que tanto necesitaba… aunque fuera ya tarde.
Pero, una vez más, comprendió que allí estaban todos los que eran, pero no todos los que
fueron…
Allí faltaba su hijo favorito, ese al que quiso de una manera diferente, ese que era al único el que
necesitaba ver allí en esos momentos de la partida. Una vez más volvía a fallarle.
Y cerró de nuevo los ojos, lanzando un último suspiro, pero antes de dejar escapar el último
latigazo de vida que le quedaba volvió a aquella estación de metro de Callao.
Era Navidad, y ella era joven… Muy joven.
La nueva estación no tenía paredes ni suelo por donde andar. Allí solo había gente que se
empujaba mientras ella abrazaba a su pequeño.
Cuando entró en el metro se le cayó la bolsa donde guardaba el pavo que había comprado para la
cena. Cuando fue a cogerla el pequeño se separó de su mano y la gente empujó, haciéndola caer
al suelo del último de los vagones. Después, la puerta se cerró.
Ella estaba dentro, pero el pequeño Santiago no. quiso volver, salir de allí, pero el gentío no la
escuchó…
Al otro lado del cristal, empujado por cuerpos mayores, su pequeño empezó a llorar.
Ella le gritó desde el interior, pero él no parecía escucharle.
-¡No te muevas de ahí, cariño! – le gritaba – ¡no te muevas, que vuelvo a por ti!
Él no podía escucharla, y lloraba. Jamás vio ella tanto miedo en una cara… Tiempo después sí que lo vio. En su propia casa, en el espejo donde se miraba todos los días.
Le gritó mil y una vez, pero el tren comenzó a andar y la figura de su pequeño desapareció.
Pronto dejó de ver la imagen de su hijo a través del cristal, y apareció la suya, reflejada como si
fuera un espejo. En ese momento perdió toda la belleza de la que ella misma presumía frente al
espejo.
Rezando, llorando y gritando continuó el trayecto. Nadie le hacía caso. La mayoría de la gente la
miraba como se miraba a una loca, o a una mendiga. Nadie vio – ni comprendió – su drama.
Si hubiera podido habría saltado allí mismo, sobre la terrible oscuridad de esos pasillos
interminables por donde viajaba.
Se bajó del tren en la siguiente estación, y cogió el tren de vuelta sin ser consciente del trayecto ni
de la gente que tuvo que apartar para llegar la primera.
Al bajar de ese tren que parecía no llegar nunca a su destino, saltó a las vías para cruzar al otro
lado, que era donde había dejado a su Santiago. Había muchísima gente, y todos la miraban
sorprendidos. Aun así nadie le ayudó a subir y tuvo que hacerlo por sí misma.
Preguntó por su pequeño, pero nadie sabía nada de un niño perdido.
-¿Han visto a mi Santiago? – preguntaba, poseída por la fuerza de la locura – solo tiene dos
añitos.
Nadie le vio. Todos estaban demasiado ocupados con sus compras y las prisas por llegar pronto a
casa en la noche más especial del año.
Había tanta gente que no pudo creer que nadie hubiera visto nada.
A su primogénito, al ser que más había querido en toda su vida, se lo había tragado la tierra. Así,
sin más.
Ella gritó y lloró. No supo qué más hacer, salvo saltar a las vías para cerciorarse de que su
pequeño no se había caído.
Por suerte, no fue así.
Esa noche no pudo dormir, y la pasó entera en la estación de metro, buscando a un hijo que nunca
más aparecería.
Toda la noche la pasó recorriendo las vías, a oscuras, gritando el nombre de su hijo, sin
importarle los malhechores que allí dormían.
Durante varios días estuvo buscando a su hijo, en compañía de su marido, que nunca le reprochó
el haberlo perdido, aunque nunca le sirvió eso de consuelo.
El sueño tampoco llegó a ella en las siguientes noches de su vida, y cuando lo hizo venía
acompañado de la peor pesadilla… esa que una vez fue tan real como dolorosa.
La policía dejó de buscarlo, y nunca más supo de él. Solo le quedaba el recuerdo de aquella tarde navideña, su mirada perdida, asustada, y su llanto.
Recordando el peor momento de su vida, sintió, por primera vez desde hacía más de cuarenta
años, que se aliviaba al fin…
La vida, por fin, se portaba bien con ella, y la abandonaba.
Esa vez sí que lloraron todos. Mamá, y la abuela, había muerto, y todos supieron de su dolor por
culpa de una carta que un día dejó escrita y que su nieta les leyó.
Esa era la condición que le dejó.
“La leerás a todos solo cuando yo esté muerta”.

Su nieta seguía llorando, recordando todo sentada en el banco de aquella lujosa calle donde había
quedado con su padre, que, por fin, llegaba a recogerla para ir al entierro de la yaya.
Javier, desde la puerta de su casa, les observó marcharse en el coche. Cuando pasaron frente a su
casa, él disimuló leer el periódico y pudo ver que ella seguía llorando.
Después, él entró en su casa, sin los churros prometidos.
En la mesa le esperaban su mujer, sus dos hijos, y su anciana madre.
Desayunaron juntos y felices, olvidando lo que le había sucedido.
No había nada que le gustara más que pasar una mañana de domingo en casa con sus seres
queridos, viendo a sus niños jugando sin pelearse, y a su mujer sirviendo el desayuno de la
abuela, que ya no era la misma por culpa de esa maldita demencia senil.
Cuando abrió el periódico – cada uno leía el suyo – volvió a ver ese nombre que tanto le llamó la
atención, y recordó el rostro de esa joven que tanto lloraba.
– ¿Sabes qué me ha pasado antes? – le preguntó antes de contarle todo el suceso
– tú y tus historias… – sonrió la mujer mientras él volvía a leer el nombre de aquella esquela.
– Mariana Pinos Ruíz, fallecida a los ochenta y dos años.
No se inmutó, ni sintió nada, pero ese nombre, escrito con caracteres en negrita, estaba ya
grabado en su memoria y había viajado por el aire de esa gran cocina.
Lo que no sabía Javier, y nunca lo sospecharía, era que la mujer que había muerto en la capital
era la mujer que más le había querido en la vida.
Su anciana y demente madre sí lo sabía, pero calló… Como había hecho desde aquel día en que
su Dios le demostró su omnipotencia, y le entregó a aquel niño desamparado en la vieja estación
de Callao, librándola así del castigo de la esterilidad.

Motivos varios

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Desde que la conoció siempre hubo mil millones de motivos para alejarse… Pero finalmente encontró un solo motivo para acercarse… El motivo único se llamaba BESO.