Para ti

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Ayer soñé
que soñaba contigo,
y me desperté,
y estabas ahí,
donde siempre…
DORMIDA

PÍDEME

pareja josamotrilEsta noche, en mis sueños, ha aparecido el genio de la lámpara y me ha dicho que puedo pedir tres deseos, tres cosas que me llevaría a una isla desierta… Solo tres. Después de pensarlo detenidamente he decidido no pedir, sino ser pedido… De repente he pensado en ti y he llegado a la conclusión de que lo que realmente desearíares no es pedir tres deseos, sino ser uno solo… Ser yo uno de tus tres deseos, si no los tres… Ser las tres cosas que te llevarías tú a una isla desierta.

Dibujo de una amiga

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Ser artista no es capturar un momento único y mostrarlo a los demás.
Ser artista es hacer que ese instante se convierta en algo eterno también para el que lo mira.
Ser artista es hacer que esa mano recobre su color, y ver el morado sobre una piel convulsa.
Ser artista es hacer ver esas falanges voraces retorciéndose entre esa sábana compartida.
Ser artista es, en definitiva, hacer que ese orgasmo no sólo se quede en el cuadro, ni en los ojos del que lo mira.
Ser artista es crear una explosión de sabores en la mente del que mira la obra.
Y sí, admirada amiga, tú eres una artista.

COSAS DEL REBALAJE

rubia rodillasAquella chica del rebalaje nadie sabía bien donde vivía. Sólo él sabía que habitaba justamente en su punto débil. Ni más arriba, ni más abajo; ni más a la izquierda, ni más a la derecha…Ella vivía justamente allí, en ese rincón secreto.

PIDE OTROS TRES DESEOS

PAREJA PLAYA MORREANDOSE– Elige tres cosas que te llevarías a una isla desierta
– ¿tres?… ¿Por qué tienen que ser tres?
– pues porque así es el juego
– No sé… Seguramente lo que pidiera no te gustaría
– A ver, dímelas…
– ¿seguro?
– seguro
– pues te pediría a ti. Eso es lo que me llevaría a una isla desierta… Tú
– ¿yo? ja ja ja – rió ella – anda, anda
– es lo que pediría
– ya, pero necesitarías algo más. Venga, piensa en tres cosas
– es que solo se me ocurre una
– tienen que ser tres, lo siento
– ¡Tú!
– eso no vale.  Piensa que allí tendrías que dormir, tendrías que comer, y tendrías que beber…
– Entonces… Tú, tú y… ¡tú!

LA HISTORIA INTERMINABLE DE EVA Y CRUZ

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Eva paseaba del brazo de su nieto mayor y, por un momento, se sintió niña otra vez… Era era la magia que tenía aquel lugar para ella. La tarde era fría, y ambos iban bien abrigados, como se deber ir en esa época de Noviembre. Era la primera vez en muchos años que volvía a Sevilla la Nueva, y, aprovechando ese puente en el que habían acudido todos a Madrid, aprovechando que era fiesta en Fuentalvilla, le pidió al hijo de su hija que le llevara al pueblo donde había nacido y donde había pasado los mejores años de su vida, hacía ya demasiado tiempo.
Desde Madrid se tardaba bien poco, y mientras su hija, su yerno, y sus otros nietos, aprovechaban para visitar el Museo del Prado, ella prefirió ir a ese pueblo al que no volvía desde hacía… ¡Pufff!
Durante el trayecto en coche todo le resultó extraño hasta llegar a Brunete. Allí, todo empezó de nuevo, como si, de repente, estuviera en aquel Alfa Romeo blanco con su mamá, su papá, y su querido hermano. Al ver el nombre de “Sevilla la Nueva – Navalcarnero” la emoción hizo que no hubiera dique capaz de contener la cascada de lágrimas que escaparon de sus ojos.
Antes de llegar a aquella rotonda primera, donde se leía el nombre del pueblo, miró a la izquierda, recordando aquel polideportivo y aquella piscina donde tantos ratos pasó. Las segundas lágrimas empezaron a sortear el camino que marcaban sus arrugas aún mojadas por las primeras.
¡Qué recuerdos! Las calles eran las mismas, la misma rotonda de Caja Madrid, donde antiguamente hubo un Opencor, aquel local donde montaron un teleperrito, la iglesia, y esa calle donde los domingos ponían aquel mercadillo tan de pueblo y donde ella acudía con su padre, siempre con El País bajo el brazo, antes de ir a casa a comer.
Cuando bajaron del coche miró a ese local que hacía esquina, situado frente a la plaza.
– Ahí, cuando yo era niña, había un chino… El hiper vecino se llamaba – dijo recordando aquellos días de su infancia tan lejanos.
Cruzando la calle entró en la plaza de Sevilla. El viejo columpio ya no estaba, ni siquiera aquellas cafeterías donde sus padres se sentaban a tomar algo mientras ella jugaba libremente en compañía de sus mejores amigas. El Jardinillo, El Pachamama… ¡Ninguno estaba abierto! Tampoco estaba aquel viejo quiosco de hierros negros donde se escondían… Lo único que permanecía allí era la antigua biblioteca.
¡Qué diferente le pareció todo! En aquella plaza ya no había niños, como cuando ella lo era. En realidad no había nadie, salvo varios ancianos sentados en uno de los pocos bancos que aún seguían allí.
– Abuela – le dijo su nieto – este pueblo está vacío. NO hay nadie
– espera, cariño, vayamos a la otra plaza, a la de los arcos. Allí siempre había gente
– pero ¿no querías ver la casa de los bisas?
– vale cariño. Es por allí – dijo señalando la iglesia y recordando a su madre, caminando con ella, en dirección a casa de su Cruz, su amiga del alma y a la que no había vuelto a ver en más de cincuenta años.
¡Cincuenta años ya! – dijo, dejando asomar el tercer torrente de lágrimas del día.
Caminando por la calle principal, precisamente la misma calle que conducía hasta su colegio, se detuvieron junto a la vieja parada de autobús.
– Mira – le dijo a su nieto – ¿ves esa puerta sobre esa escalera? por ahí entraban mis maestros.
Caminando por la calle, justo a la altura de los contenedores, observó que otra mujer, que caminaba sola, venía en su dirección, con la cabeza baja. Iba vestida de negro, con un pantalón estrecho que la hacía parecer más joven, pero esa mujer podría ser perfectamente de su misma edad. A su izquierda, mientras caminaba, estaban los arbustos que rodeaban su viejo colegio, su Duque de Rivas querido, y de repente, llegaron a ella los sonidos de aquellas voces tan queridas… Elsa, Almudena, Alvaro, Sofía, Nagore, Aurora, y Cruz… ¡Su Cruceta!
Recordando a sus grandes amigas de la infancia, volvió a clavar la mirada en aquella extraña y familiar mujer mayor. La mujer caminaba hacia ella y Eva recordó ese caminar como algo muy familiar, como muy suyo. Tanto es así que casi notó que le faltó la respiración, sin saber por qué.
Esa mujer caminaba en su dirección, apenas sin mirarla aún, porque aún estaba lejos, y Eva se apretó a su nieto para no caerse. No sabía el motivo, y pensó que, quizás, el estar acercándose a su casa era el motivo de tal emoción.
Fue cuando esa mujer y ella estaban a escasos dos metros cuando sus ojos se clavaron, los de una en los de otra, y algo pasó. Sin saber por qué Eva sintió una punzada en su corazón, como si un ángel le hubiera acariciado, y en aquella mirada escuchó todos esos sonidos que antes le habían acompañado. No supo reaccionar, y tan solo devolvió esa extraña sonrisa de aquella mujer, que hizo lo propio, sin saber tampoco el motivo.
Quiso Eva decir algo, pero no se atrevió, ni supo muy bien qué decir, pero la mirada cómplice de esa mujer despertó en ella muchas cosas. Tantas que, por un momento, se olvidó de su nieto, y se vio vestida con aquel chándal azul marino y ese polo blanco que tantas veces se puso, soltó la mano del joven y comenzó a correr hasta llegar a la puerta de aquel colegio que, por suerte, seguía siéndolo.
Su Duque de Rivas…
Su nieto corrió hasta ella, sorprendido, y ella le devolvió la mirada manchada por las cuartas lágrimas del día, y después la lanzó en lontananza, en la dirección de aquella extraña mujer que, en ese momento, se volvió también mientras caminaba, mirándola desde lo lejos y sonriendo.
– Mira ¿ves esos agujeros en el suelo? Ahí es donde Carlos ponía los pivotes para que los coches no pasaran mientras entrábamos o salíamos del cole…
Al volver la mirada otra vez a aquella mujer ya había desaparecido.
– ¿Qué te ha pasado abuela? parece que hubieras visto un fantasma
– más bien un ángel… No sé lo que me ha pasado pero esa mujer me ha recordado a alguien
– ¿a quién?
– no lo sé. Más que recordarme a alguien me ha traído algo muy especial… Un olor inolvidable pero que no recuerdo nunca, una risa que contagia la mía, una voz amena en forma de canción… Es algo que ha entrado en mí, que me ha arrasado por dentro, como si me hubiera lavado el alma… Por un momento he sentido que esa mujer era yo. No sé qué es lo que me ha pasado realmente
– ¡qué cosas dices, abuela! – dijo el nieto, deteniéndose junto a su abuela. Después de observar su vieja casa marrón, donde tanto tiempo pasó, su mente se convirtió en un tobogán de sensanciones maravillosas donde había villancicos, canciones de verano, olores a comidas caseras, gritos de hermanos peleando, sonidos de la televisión, etc, etc, etc, y otra vez apareció esa niña que siempre estaba a su lado y que tanto había echado de menos.
Las quintas lágrimas limpiaron sus ojos y recordó a su padre, con su perilla, y a su madre, con su media melena, y a su hermano, con el pelo… ¿Cómo tenía su hermano el pelo…?
volvieron a las plazas. La plaza del ayuntamiento seguía vacía, al igual que la de Sevilla, y eso sí que le sorprendió. ¿Dónde estaban todos aquellos niños que compartieron con ella ese pueblo?
Atravesando el estrecho pasillo recordó esa otra tienda que fue la culpable de sus picaduras en las muelas. La puerta estaba abierta, y se asomó, pero allí ya no había chuches, ni aquellos chinos tan simpaticos, sino un local municipal con varias mesas y personas sentadas frente a ordenadores.
Al llegar a la plaza su cara se iluminó. Un chiquillerío enorme jugaba en la plaza. Sus madres esperaban sentadas en los bancos de piedra, y ella deseó correr hacia el pequeño columpio que aún seguía allí, repleto de niños que jugaban y corrían y saltaban. Junto a los árboles, sobre el césped, los más mayores jugaban con sus nuevos dispositivos móviles, y ella recordó a su hermano jugando con su inseparable amigo Roberto, que andaba ese día algo despeinado.
Caminaron por la plaza, observando que aquella taberna sí que seguía abierta “El Tabanco”, y “El señorío de Baena”, otro de los bares que tanto gustaba a sus padres. En aquel Tabanco recordó sus “chatos” de mosto, a los que le invitaba el papá de su amiga, los viernes por la tarde, y que les servía aquel simpático tabernero con acento andaluz. En el bar de al lado, sentados al rededor de una mesa le pareció ver a sus padres con aquella amiga de largo pelo rubio, y a su marido, con aquellas gafas y esa cara siempre sonriente.
Mira – le decía a su nieto, caminando por la plaza – aquí, bajo estos soportarles había una carnicería, a la vuelta de la esquina vivía Cruz, mi Cruz. Al decirlo algo extraño volvió a brotar en su interior.
Fue en el momento en el que iba a doblar la esquina cuando volvió a cruzarse con esa extraña mujer de antes. Casi chocaron, y ambas se disculparon.
Hubo un momento de silencio. Las dos se miraron, y se sonrieron. Ante ella ocurrió un milagro. Detrás de esa mujer vio otras dos niñas, una mayor y otra más pequeña, y un hombre al que quiso reconocer que jugabba con ellas. Su imaginación dibujó a las hermanas de su Cruz, al igual que hizo con ella, y esa espléndida mujer se convirtió en una niña con dos coletas, cara risueña, morena, de barbilla pronunciada, eterna sonrisa y brazos y piernas largas y delgadas.
– Tú eres Cruz… Mi Cruz – dijo, con las sextas lágrimas en sus ojos
– Sí, y tú Eva, mi Eva
– lo sabía. Lo supe cuando te vi antes al pasar junto a mí
– yo lo supe cuando te vi al otro lado de la calle. No, miento, lo supe en cuanto te vi subida en el coche con este, que seguro es tu nieto
– sí, es mi nieto, el hijo de mi hija Cruz
– ¿Cruz?
– sí, mi tercera hija se llamó así, como tú
– igual que mi segunda, que se llama Eva
– pero no me has dicho nada al verme
– no. Han pasado casi cincuenta años
– sí, pero sigues igual
-¿igual?
– sí, sigues igual. Yo siempre te veo igual que antes. Siempre has estado conmigo. Sigues aquí – dijo señalando a su corazón.
El resto del día… No voy a hablar de eso. El resto del día no existió, ni el día siguiente, ni el anterior, ni siquiera los cincuenta años anteriores… Todo su mundo se detuvo ahí, en ese abrazo tan deseado,.. En ese momento tantas veces imaginado por las dos y del que ya, por suerte, nunca más salieron.

THE NEW BARBARIANS, LA BANDA DE RICHARDS Y WOOD EN 1979

en el año 1979 Keith Richards y su sombra Ron Wood, junto al gran Stanley Clarke, hicieron una pequeña gira con su grupo “THE NEW BARBARIANS”
Hay un disco de uno de esos mágicos conciertos y algunos videos, como este

AYUDEMOS A LOS PADRES DE ÁNGELA: Niemann-Pick

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La serenidad de Carlos y Teresa es digna de admiración. “Es que si empezamos, acabamos todos llorando. ¿Y para qué?”, dice  con fuerza Carlos. 
Su hija Ángela, nacida el 4 de febrero, ha sido diagnosticada con una enfermedad rara, Niemann-Pick, con una esperanza de vida que no supera la primera década, aunque lo normal es que fallezca antes de los cinco años. Se trata de una enfermedad degenerativa en la que las células retienen la grasa y van muriendo. No tiene cura pero sí tratamientos paliativos que sus padres no pueden pagar. 

El diagnóstico Ángela mira a sus padres fijamente mientras hablan. Es una preciosidad. Enchufada a una máquina de oxígeno, sentada en el sofá de su casa, bajo su diminuto vestido se adivina una barriga hinchada. “A lo primero que le ha afectado es al hígado y al bazo”, aclara su madre.  
Fue lo primero que observaron los médicos, en una ecografía en el séptimo mes de embarazo. “Creían que tenía líquido en el estómago, así que nos vigilaron y cuando tuvo peso suficiente me provocaron el parto”.
De 15 casos en España, 13 fallecieron antes de los 5 años. Pero el número 14 es de una niña en Murcia que les ha aportado cierta esperanza. Su madre coraje ha logrado traer desde Estados Unidos un fármaco ‘huérfano’ no reconocido en España, “la ciclodestrina”. Además, acude a oxigenoterapia y terapias con caballos y perros. “La niña ya tiene cinco años, está en un momento crítico,  pero incluso va al colegio en su silla de ruedas”, añade Carlos.
 El matrimonio argumenta que, quizá, empezando antes, con los seis meses de Ángela, los resultados paliativos serían incluso más efectivos: “Yo lo que querría es cambiarme por ella. Vamos a hacer todo lo que podamos para que sufra lo menos posible. No podemos estar quietos”.

Cómo ayudar Con esa idea, esta misma semana han empezado a vender papeletas para el sorteo de una televisión, “aunque poca gente nos conoce y nos cree”, lamentan. También han abierto una cuenta corriente para aportaciones (0182 5500 60 0201627396) y difunden su caso en carteles por el municipio. En facebook se puede seguir la página “Ayuda para Ángela” con imágenes de la pequeña luchadora.
No podía ser menos con los padres que tiene. A Carlos y Teresa les ha tocado esta guerra cuando ambos se encuentran sin trabajo. Carlos era autónomo de la construcción, así que tampoco tiene derecho a paro; Teresa recibe el subsidio de 450 euros. Tienen otra hija, Melody, de cinco años, que es su pilar. Los tres son un ejemplo para todos los roqueteros y necesitan el apoyo de todo el municipio, en una lucha a contrarreloj