SEXO, DINERO Y OTRAS AMBICIONES. CAP 4: LA PRIMITIVA (PRIMERA PARTE)

Mar y Fran estaban en la misma clase desde hacía varios años, pero, por esa época, Fran parecía no existir para ella. Él, en silencio, soñaba con besarla y abrazarla, pero ¿cómo podría ella salir con alguien como él cuando todos los chicos revoloteaban constantemente a su alrededor?.
Además, ella, como los demás, ya sabía de su problema, y también se reía de él a sus espaldas.
Aun así, aun siendo cruel como los demás, quizás más por su deslenguado vocabulario, su belleza hizo que estuviera realmente enamorado de ella.
Verla sentada en su pupitre, verla pasear por los pasillos y, sobre todo, verla hacer gimnasia con sus ajustados pantaloncitos y la camiseta rosa ajustada a su cuerpo, era una auténtica delicia que no hacía mas que dañarle su maltratado corazón.
Por esa época la perseguía en silencio por todo el instituto. A escondidas por entre los árboles o las puertas de las clases podía observarla detenidamente recreándose en esa cara de ángel y en ese cuerpo endemoniado que le hacía enloquecer.
Todos los recreos, mientras los demás comían, jugaban o hablaban en camarillas, Fran corría al segundo piso del centro y miraba tras la ventana a esa muchacha que le tenía obcecado y que le hacía olvidarse de sus miserias.
Desde allí, aprovechando que nunca había nadie, podía verla con libertad mientras fumaba y bebía su lata de Tab. Fran fijaba su mirada, como si fuera una cámara de video, en su preciosa cara, en sus turgentes senos que siempre llevaba apretados al generoso escote, y en esas piernas que sus minifaldas permitían presenciar.
Mar era una joven de diecisiete años con un cuerpo de treinta. Observar su trasero, sus largas piernas -–siempre iba con minifalda – y sus turgentes senos apretados por los estrechos jerseys que vestía, era algo que le hacía sentir, al mismo tiempo, dichoso y desgraciado. Dichoso por poder disfrutar de una visión como aquella todos los días. Visión que podía alejarle todos sus miedos y angustias… Y desgraciado porque con el paso del tiempo comprendió que no podría conformarse siempre con sólo mirar.
Poco a poco, gracias a la ayuda de Javi, Fran consiguió volver a su vida normal. Ya nadie se reía de él. Ahora lo hacían de un muchacho gordo y amanerado, y además le necesitaban para las finales de fútbol.
Volver a entrar en el equipo hizo que la admiración de los demás volviera, y es que Fran, con sus siete goles en tres partidos, hizo campeón al equipo del instituto.
Por primera vez en seis años el instituto “Julio Rodríguez” conseguía ganar la final a los del “Francisco Javier de Burgos”, y Fran fue la estrella de la final con su gol a falta de dos minutos para el final.
Todos sus compañeros del equipo de fútbol volvían a hablarle como hacían antes, y todos, sin excepción, habían salido alguna vez con Mar. Todos, para mayor zozobra del enamorado muchacho, contaban siempre lo mismo: era una chica bastante fácil.
Fran, irritado por sus comentarios y porque no quisiera salir con él, escuchaba a todos y cada uno de ellos, no pudiendo creer que realmente esa muchacha, su musa, fuera capaz de hacer todas las cosas que tan, cruelmente, iban relatando con gestos frívolos y palabras malsonantes.
Fran, que no podía creer lo que decían de ella, intentaba defender su honor, pero esto no servía mas que para que la mofa se trasladara a su persona.
– No te preocupes – decían cruelmente haciendo mención a su problema– tú no la probarás nunca. Tú no le durarías ni un segundo…

Un viernes por la tarde – el viernes maldito, como lo llamó él – después del entrenamiento, Javi, el capitán del equipo, dijo a los demás que había quedado con Mar y que la iba a llevar a su casa porque sus padres no estaban. Javi invitó a todos a su casa para que pudieran ver todo y cuanto hicieran, pero sobre todo lo hizo para convencer a Fran.
Fran no quiso ir, pero algo interior le hizo aceptar la invitación. Tenía que averiguar si realmente esa muchacha, ese ángel que le hacía feliz todas las mañanas, era el demonio lascivo que los demás le dibujaban.
Ocho muchachos – entre ellos Fran – esperaban escondidos en una habitación, previo pago de veinte euros.
El silencio era absoluto, ninguno parecía capaz de mover un músculo, y cuando alguno emitía un pequeño sonido o un ruido al moverse, los demás le recriminaban con las miradas y con las manos haciendo gestos suicidas. Estaban tan nerviosos por poder ver el cuerpo desnudo de Mar que serían capaces de cualquier cosa si alguno lo echaba todo a perder.
Diez minutos después de que Javi y Mar hubieran entrado en la casa, Javi se acercó a la habitación y, en silencio, les pidió a todos que le siguieran. Todos, en silencio, le siguieron por un amplio pasillo hasta llegar a una terraza.
– tenéis que esperar tras la persiana de esa puerta. Yo abriré las rendijas para que podáis ver, pero, por favor, no hagáis ruido – dijo en silencio mientras les sonreía y guiñaba.
Todos, de nuevo en silencio, esperaron tras la amplia persiana blanca hasta que ésta se fue levantando poco a poco, y cada uno colocó uno de sus ojos sobre la ranura abierta.
En la amplia habitación estaba Javi sólo, en calzoncillos, haciendo muecas de culturista mirando hacia la ventana, y los demás rieron intentando aguantar las carcajadas.
Fran respiró tranquilo al ver que Mar no estaba. En el fondo nunca creyó una palabra de todo y cuanto contaban, pero cuando vio abrirse la puerta del aseo y salir de ella a la muchacha completamente desnuda, su cuerpo pareció paralizarse y su mente nublarse.
Los ojos de Fran se clavaron en ese blanco y brillante cuerpo mientras su mente viajaba a una velocidad tan extrema que casi no pudo recoger ni uno sólo de sus pensamientos.
Verla así, tan natural, tan sensual y tan celestial le hizo sentirla suya en esos momentos. Cada uno de sus movimientos los recogió con agrado, incluso con placer. Ver sus pechos desnudos de ropa, su fina cintura, su blanco vientre, su sexo caoba y sus arqueadas y largas piernas estilizadas le hizo sentir lo que cualquier escultor siente al terminar su obra maestra. Verla allí, de pie, con esa tenue luz alumbrando y engrandeciendo toda su perfección, fue como sentirla cerca de él y recibir todo su calor.
Ese cuerpo era una sonrisa, era un sol, un arcoiris, una lágrima… todo estaba en ella. Pero cuando Javi se acercó a ella y empezaron un extraño y repugnante juego en el que todo era válido, no pudo mas que alejarse de allí y correr por el jardín mientras los demás, completamente absortos, no parecieron percatarse de su huida.
Si el infierno existía acababa de verlo – pensaba mientras corría por las calles en dirección de su casa.
Tras el viernes maldito su ficticia relación con Mar tomó un rumbo radicalmente opuesto. Ya no le apetecía perseguirla por el instituto, ya no le apetecía asistir a clase como antes, y, sobre todo, ya no le apetecía pasarle los apuntes o subrayarle el libro como antes hacía.
Verla era como ver al demonio del que tanto le habían hablado desde niño. Aun vestida, siempre la veía desnuda en brazos de ese fanfarrón al que odiaba tanto como a ella. En su cabeza sólo se dibujaba la imagen de Mar y Javi haciendo todo tipo de obscenidades y vejaciones ante los atónitos ojos de unos espectadores desconocidos.

Pero algo cambió en la vida de Fran. Algo inesperado que marcaría el resto de su vida y que, aunque en esos momentos le proporcionó la mayor felicidad, sería la causa de todas las angustias venideras.
Era Jueves por la noche. Fran terminaba de repasar los apuntes para un examen de inglés, y su madre le llamó para cenar.
Su padre, sentado en el sillón del alcalde – así llamaban al sillón que usaba siempre – miraba la televisión mientras sacaba sus boletos de primitiva para mirar los resultados.
– Toma – le dijo a su padre – mira a ver si ha habido suerte.
Fran cenaba sin poder apartar la imagen de Mar con Javi, y de pronto, su padre, gritando como un loco, se levantó del sillón y se acercó a él.
– Te ha tocado la primitiva – le gritó – te ha tocado…
– ¿qué estás diciendo? – gritaba la madre – no bromees con esas cosas
– no es ninguna broma… Míralo tú, el 15, 18, 24, 32, 33, 36
– ¿cuánto ha tocado? – gritó Fran, cogiendo el boleto y comparándolo con el que aparecía en el teletexto
– ¡casi mil millones de pesetas!
– ¡joder! – exclamó, dejándose caer sobre la silla, no siendo capaz de ordenar su pensamiento, mientras su madre le besaba llorando.

El premio de la primitiva hizo que su vida social cambiara y que, los que antes no le hacían caso, quisieran ser sus amigos. De repente todo el mundo quería estar con él. Ya no tenía que encontrar la diversión en los recreos haciendo dibujos en su pupitre mientras se comía el bocadillo. Ahora todos querían que Fran estuviera con ellos. El grupo de los pijos le invitaba a acompañarles al bar, los del equipo de fútbol le admitían en sus botellones, y hasta el grupo de Mar iba a buscarle a la salida para que fuera con ellos.
Tanto estaba cambiando su vida social que hasta Mar, la siempre inaccesible Mar, empezó a interesarse por él y no huir cuando él se le acercaba. Pero, contrariamente a lo esperado, las palabras, las sonrisas y los acercamientos de la muchacha ya no despertaban en él toda esa pasión y ese estremecimiento que sentía antes sólo con mirarla.
Esa muchacha había dejado de ser la musa de sus inspiraciones más íntimas. Ya no era ese ángel que alegraba sus tristes mañanas y sus largos días. Ya no disfrutaba solo con mirarla y suspirar apoyado tras una columna… Ya no se emocionaba al escuchar su voz en cualquier parte y saber que ella estaba por allí… Ya no se conformaba con estar sentado con ella tomando un café y escuchando su conversación. Ya no necesitaba escucharla decir que le quería y que él era el único chico de su vida… eso ya había desaparecido. Ahora lo que sentía era una mezcla extraña de odio y deseo animal.
Lo único que su mente le pedía era besarla, desnudarla como Javi había hecho, y disfrutar de ese estruendoso cuerpo con el que no dejaba de soñar desde el mismo día que lo vio, para después abandonarla y seguir su camino.
Sí – se decía – ahora me vas a pagar todas tus risas, tu desprecio… ahora soy yo quien tiene la sartén por el mango.

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