LA PENA DE SER TRITANÓMALO

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“dale limosna mujer, que noy mayor pena que la de ser tritanómalo ¿en la playa”

Los individuos con dificultades para distinguir el color azul se denominan «tritanómalos»

EL LADRÓN DE PALABRAS

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De repente, ella, la mujer segura por antonomasia, la mujer que era incapaz de estar callada, y que siempre tenía algo que decir, en cualquier situación en la que se encontrara, en cualquier contexto en el que estuviera, y en cualquier compañía con la que estuviera, se quedó muda… ¡Sin palabras!
Por primera vez en su vida no sabía qué decir… Es más, tampoco sabía qué pensar, y su pensamiento – siempre bajo un autocontrol exquisito – se convirtió en un tobogán, en una montaña rusa que giraba y giraba, subía y bajaba, y no se detenía. Era la primera vez que algo, o alguien, la dejaba desarmada, desordenada, y sin palabras que decir, y tuvo que ser precisamente ese hombre que tanto había deseado en silencio, y por el que tantas cosas había callado hasta entonces.
Era allí donde, por primera vez en su vida, sentía que algo no sólo era suyo, sino que también ella era de él. Ese amante inesperado hizo que, por fin, se sintiera alejada de sí misma, de su control, de sus estrictas normas, y le gustó… ¡Vaya si le gustó!
Ese hombre la estaba haciendo suya, y ella no supo qué decir, salvo dejarse llevar. Esas palabras que siempre tenía para cualquier cosa se las robó ese cuerpo en aquella blanca habitación de hotel donde no hicieron otra cosa que el amor. Y, además, se las robó a traición… ¡Y por la espalda!

EL CAPITÁN DE AQUEL BARCO A LA DERIVA

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Es verdad que ella no quería compartir esa fantástica aventura que él le ofrecía, ni interpretar su personaje en esa odisea con forma de ópera, ni dejarse “tripular” en ese viaje silencioso a través de las turbias aguas del deseo… 
Lo que no sabía tampoco ella era que eso, a un soňador como él, no le impedía salir a alta mar día tras día… Aunque siempre lo hiciera sin ella.

LOS AMANTES DE LA CABAÑA DEL BOSQUE DE MI INFANCIA

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Aquel podía haber sido un día normal, de esos muchos que hubo en mi infancia, sin nada especial que alimentara mi emoción o mi nerviosismo, y del que, por tanto, nada esperaba. Recuerdo que era miércoles porque era el único día que no tenía extraescolares, y, por lo tanto, disponía de la tarde libre. Los lunes, fútbol; los martes, inglés; los jueves, fútbol otra vez; los viernes, teatro, donde coincidía con esa preciosa morenita que se llamaba Lucía. Recuerdo que hacía ya calor, y que el verano andaba pisando los talones de la remolona primavera. Los días eran también más largos, y todo eso conllevaba una felicidad oculta propiciada por el inminente fin de curso. Ya no había tampoco clases por las tardes, que se hacían frescas y eternas. Mis amigos y yo jugábamos tranquilamente en el campo, al final del pueblo, junto al parque donde estaban los más pequeños vigilados por sus madres. Mi hermano pequeño estaba con el abuelo porque mamá había tenido que ir a hacer algo relacionado con su trabajo. Conmigo estaban todos los de la pandilla del Duque de Rivas… Fernando, Lucas, Edu, Santi, Miguel, Gabriel, Carlos, Eladio, Rober… Ese día había venido hasta Luis, que solía quedarse en casa por culpa de esa rara enfermedad, de la que todos nos reíamos, y que, años después, lo postró en una silla de ruedas.
¡Qué injustos fuimos con él! Y pensar que le llamábamos “nenaza” porque siempre era el último, y se cansaba cuando corría con nosotros.
Como ya éramos mayores – o así nos considerábamos – y no teníamos que estar bajo las faldas de nuestras madres, aprovechábamos para jugar por el campo, alejándonos del pueblo, y aprovechando esos caminos que se formaban entre los árboles, entre las rocas, o entre la abundante maleza que el río nos proporcionaba.
Ese sitio era especial, siempre fresco, siempre húmedo, y siempre con ese característico olor a río que tanto me gustaba. Recuerdo que también me fascinaban los sonidos de los pájaros, del viento meciéndose entre las hojas de los árboles, y, sobre todo, el de las pequeñas cascadas que se formaban por el curso del pequeño riachuelo que podía cruzarse con un simple salto. Ver ardillas también era algo habitual en aquel campo tan maravillosamente extraño.
Jugábamos a los exploradores caníbales. El objetivo del juego no era otro que permanecer escondidos, evitando que el que se la “quedaba” nos encontrara. Esa vez se la quedaba Gabri, que era un excelente buscador, ya que se conocía todos los rincones de ese bosque y, además, hacía senderismo con su padre y su tío. Cuando pegó su cabeza al árbol y comenzó la cuenta atrás todos corrimos en desbandada, casi emocionados, proponiéndonos – una vez más – que no nos encontrara con la facilidad con la que solía hacerlo.
-Cien, noventa y nueve, noventa y ocho, noventa y siete – gritaba mientras los demás corríamos, cada uno en una dirección diferente.
Yo corrí por el camino del río, siguiendo su curso, y recuerdo que corría tanto que a punto estuve de caer un par de veces. Las ramas de las altas plantas arañaban mi cara y mis manos, incluso alguna que otra planta me pinchaba en las piernas, pero yo no desistía en mi empeño de huir de allí. Tenía que correr y correr, y ponérselo más difícil que nunca. Era como si realmente estuviera huyendo de un caníbal, llegando incluso a imaginar los colmillos de mi amigo sobre mi cuello, o a mí mismo metido dentro de un caldero y con una manzana en la boca.
-Hoy no me encuentras – me decía emocionado mientras seguía corriendo, dejando de oir el sonido de su voz mientras contaba.
– ¿Ya va por setenta? ¿Estaría ya lo suficientemente lejos? – pensaba mientras seguía corriendo, intentando reconocer el terreno, que empezaba a resultarme desconocido.
Recorrer ese bosque de pinos silvestres era un auténtico placer proporcionado por ese olor asalmonado de sus largos troncos que se elevaban hasta el cielo, o por lo menos, impidiendo que el mismo se pudiera ver desde allí debajo, proyectando sombras inacabables y proporcionado un frescor que se alejaba del tiempo en el que estaba. Cansado, me detuve para tomar aliento. Con las manos en las rodillas, e inhalando aire de forma exagerada, comencé a mirar a mi alrededor comprobando que había llegado más lejos que nunca. Aun así no sería suficiente para escapar de Gabriel. Tenía que alejarme más aún. Y así lo hice. Separándome del curso del riachuelo me adentré por el bosque, intentando encontrar alguna roca, cueva, o lugar donde poder esconderme. Caminé durante no más de un minuto, siempre con cuidado de no pisar ramas , ni de hacer ruido alguno que me delatara, observando que ya no eran pinos los que me cobijaban, sino una pequeña masa de castaños de hoja caduca, con una gran corpulencia y con troncos fuertes y viejos. ¿Habría castañas? – me pregunté, aun sabiendo la respuesta, pues no estábamos en tiempos de Halloween.
Caminando estuve por entre los castaños hasta que llegué a un claro donde pude ver una pequeña casita de piedra negra, con una ventanita de cristal y una puerta de madera. La casita era pequeña y estaba rodeada por una graciosa valla blanca que la hacía parecer parte del decorado de una película infantil. ¡si hasta me pareció ver ciervos y pájaros hablando entre sí!
Nervioso, como un niño de once años que era, me acerqué hasta la casita, pensando que podría ser un buen lugar para esconderme, impidiendo así que Gabriel volviera a vencerme una vez más. Al llegar junto a la puerta escuché un extraño sonido en el interior, y eso me hizo alertar antes de golpear en la puerta, como quería hacer. Sigiloso, me acerqué a la ventana y miré hacia el interior. Todo estaba muy oscuro, y apenas si pude ver con claridad lo que allí había. Había una chimenea apagada, una pequeña cocinita que parecía de juguete, y una mesa de maderas oscuras con cuatro sillas con culo de anea. Sobre una de las sillas había un abrigo colgado, y en otra lo que parecía ropa de hombre. Había una camisa de cuadros y un pantalón vaquero.
Al otro lado de la mesa, al final de la habitación única de la casa, vi una cama, y pude comprobar que bajo sus sábanas había movimiento. Eso me asustó, y dejé de mirar. Quise alejarme de allí, no molestar. Sabía que lo que estaba haciendo allí no era algo bueno, pero había algo que me impedía avanzar en mi deseo de huir. ¿Curiosidad? Tal vez.
Sentado sobre el suelo agudicé mis oídos para escuchar atentamente, pero no podía hacerlo con claridad. Allí adentro había dos personas, y una de ellas era una mujer, y la otra un hombre. Ni siquiera me pregunté qué estarían haciendo allí – lo supuse de inmediato a pesar de mi edad – y tuve la necesidad imperiosa de seguir allí, de escuchar todo, e incluso de mirar.Tenía que hacerlo.
La pareja parecía estar pasándolo muy bien. Ambos gemían, y se hablaban en susurros, lo que impedía que yo pudiera saber de lo que estaban hablando. ¿Cómo podían vivir en una casita tan pequeña y ser tan felices como parecían? – pensé.
De nuevo mi curiosidad me hizo elevarme lentamente y asomarme de nuevo a la ventana. El interior seguía oscuro, pero pude ver las sombras que se proyectaban sobre la cama. Desde allí pude ver la amplia espalda de un hombre desnudo, que estaba de rodillas sobre la cama, moviéndose lentamente, y con unas piernas de mujer rodeando sus caderas.No podía ver con claridad, pero esas piernas me parecieron muy bonitas. Las piernas se enlazaban entre sí, a la altura del trasero del hombre, y con sus pies le empujaba,haciendo que se moviera hacia adelante y hacia atrás con mucha suavidad.
No podía creer que realmente estuviera viendo a una pareja realizando el acto sexual delante mía, como antes había visto en casa de Javier, en una de las muchas películas que tenía su hermano bajadas de internet.
Pero aquello era diferente. Aquello no era lo mismo. Lo de las películas era solo sexo, o al menos eso a lo que por entonces yo conocía como tal, que no era otra cosa que un miembro desproporcionado penetrando en una vulva extraña y fría, de manera casi grotesca, y sin ningún atisbo de humanidad.Lo que estaba viendo allí, a pesar de estar al otro lado de la ventana, desprendía calor humano.
Había contactos sensuales, aunque tuviera que imaginarlos debido a la oscuridad del interior, palabras aterciopeladas que tenía que intuir debido al cuchicheo con el que se comunicaban, y no solo un “mete-saca” como el de las películas, más propio de una taladradora y una pared que de dos personas que se amaran. Allí se respiraba amor, y eso me hizo sentir bien, y ver todo desde otra perspectiva diferente a la que me habían mostrado esas películas grotescas.
Seguí mirando – intentando oír sus palabras, o mejor dicho, sus cuchicheos – y pude ver la delicadeza con la que ese hombre trataba a esa mujer, cómo la acariciaba, cómo buscaba su boca, y cómo bebía de ella, mientras la dama le abrazaba fuertemente, dejándole penetrar en ella. Sus cuerpos parecían uno solo. Ella debajo, tumbada boca arriba, y él encima, acoplándose a ella como si fuera una pieza perfecta de un puzzle que estaban haciendo para mí.
¡Maldita oscuridad que no me dejaba ver los rostros de esos dos bellos amantes!
Sus dos cuerpos desnudos parecían un cuadro que no se podía dejar de mirar, era como ese gol fantástico que aún no había conseguido marcar, o como cuando veía a mamá dormida mientras daba el pecho a mi hermano pequeño… Era algo para lo que, sin duda, no estaba preparado, pero que me estaba haciendo sentir especial.
Ante mí tenía una escena de esas que llaman adulta, que me insuflaba el nacimiento de una nueva sensitividad romántica y desconocida de la que no me quería desprender, y por eso era por lo que no podía dejar de observarles, aun sabiendo que podrían descubrirme, aún sabiendo que lo que estaba haciendo no estaba bien. De pronto pensé en mamá. ¿Qué pensaría ella si se enterara de lo que estaba haciendo?
Dejando de mirarles – por miedo a que me descubrieran – agudicé el sentido del oído, llegando a oír esos susurros que no eran sino poemas. Él le decía te quiero, una y otra vez, con voz acompasada, tranquila, pero emocionada. Ella gemía, y parecía llorar, y también le decía te quiero, pero de otra manera. Era como si el peso de la culpa le impidiera expresarlo con la contundencia con la que él lo hacía.
Las palabras de él parecían libres, sin cadenas, sin bozal, mientras que las de ella parecían presas, cautivas, e incapaces de hacerse voz.
Y con los ojos cerrados imaginé el rostro purpúreo de esa ninfa, y la imaginé mordiendo de los labios de su amado, y también mirarle con esos ojos azules imaginarios que se hicieron turbios, tomando el rojo de la sangre, cargados de amor, repletos de amor… rebosantes de amor.
Te quiero, Te quiero, te quiero, te quiero… – pude oír claramente, mientras ante mis ojos cerrados se posaban las figuras de papá y de mamá.
Tuve que abrir los ojos para alejarles de allí. No era a ellos a quien quería ver en esos momentos tan intensos. Entonces volví a aquella ventana y pude verla a ella, encima de él.
En realidad solo vi su espalda desnuda, blanca y aterciopelada, dibujada por las manos de ese hombre. Su cuello viajaba también en solitario, con un pelo oscuro recogido en un extraño moño que no podía ver con claridad, pero que allí estaba.
Las manos de ese hombre se escondían en los senos de ella, ocultos a mí por su espalda amplia, delicada y sensual. Conturbados y dichosos, desnudos como el bosque que me rodeaba, ella danzaba sobre el cuerpo de su amado, otorgándole la vida eterna que ella estaba derramando sobre él, pero que solo yo podía ver desde mi escondite secreto.
Fue entonces cuando todo el amor se hizo pasión, cuando mi edad abandonó mi cuerpo, y cuando mi mente se abrió para recibir aires huracanados que entraron en mí con el ímpetu de una tempestad. Me sentí barco, y ellos eran el agua dispuesta a hundirme en mitad de ese océano desconocido donde me encontraba.
Ella gritaba, y sus gritos se hicieron humanos, casi reconocibles. Decía todo tipo de improperios que quise hacer míos, al igual que sus jadeos placenteros que hacían de ese hombre el ser más afortunado.
¿Me gritaría alguien a mí así alguna vez? – me pregunté emocionado, observando el vaivén ondulante de sus glúteos, el contorno de sus senos, viajando por un aire que ya llegaba hasta mí, y ese bendito compás que eran capaces de repetir, una y otra vez, sin fallo alguno.
¡Y sí… quise crecer. Quise comerme los años venideros, aun con el riesgo de no vivirlos, para sentirme como ese hombre, para poder saciar una sed que empezaba a aflorar y que no sabía cómo apaciguar!
Las manos de ese hombre se hicieron mías, y acariciamos ese cuerpo que no podía terminar de ver con claridad, pero que ya sentía como si fuera mío.
Y entonces pude verla con claridad – en mi imaginación. No era una sola mujer, sino miles de ellas, bajando, completamente desnudas, por una escalera dorada y circular, mientras me miraban, todas con el mismo rostro, todas con el mismo contorno, todas con el mismo pelo recogido sobre su hombro derecho.
Jamás vi nada tan hermoso. Sus senos eran redondos, pletóricos, turgentes, y desafiaban victoriosamente a la misma ley de la gravedad. Sus cinturas – si podía llamárseles así – eran delgadas, jóvenes y blancas, invitadoras también. Pero eran sus muslos los que realmente invitaban a adentrarse en ella, a hacerse parte de su ser.
Exhaustos,quedaron tumbados el uno sobre el otro. Ella parecía muerta sobre él, toda sobre él, y él acariciaba con una mano su espalda, mientras la otra dibujaba extrañas letras sobre sus glúteos que yo supe reconocer. Primero una E, después una V, y finalmente una A. Eva.
Emocionado estaba porque, por fin podría ver el rostro de esa bella mujer, cuando algo me sorprendió.
-¡Te pillé! – dijo Gabriel, cogiéndome por la espalda.
-Pero eso no vale… Estabas demasiado lejos, cabronazo.
-calla, calla – le dije – ahí dentro hay una pareja
-¿y qué hacen? – preguntó él, curioso como era, acercando su cara al cristal también
-ten cuidado, nos pueden descubrir
-sí, ya se levantan, cuidado – me dijo, escondiéndonos los dos y alejándonos lentamente.
Al volver al bosque Gabriel me dijo que tenía que seguir buscando a Eladio, que era el último que faltaba por encontrar, y se alejó, dejándome solo. Yo no pude irme. Necesitaba poner cara a esos amantes a los que quisiera parecerme en mi adultez.
Así preferí quedarme escondido tras una roca, desde donde podía ver perfectamente la puerta de la casita de piedra. Esperé allí bastante tiempo, empezando a notar el frío provocado por la humedad y por la ausencia de sol, hasta que la puerta se abrió.
Ella salió, miró en derredor y yo me sentí morir. Con paso ligero, e incluso doloroso, caminó hasta su coche Peugeot gris, matrícula DXX 1919, que estaba aparcado en la parte trasera de la casa, y se fue mientras yo seguía oculto a la espera de ese hombre, al que, de pronto, ya no admiraba.
Cuando salió le seguí por entre los matorrales, hasta la parte trasera, donde encendió un cigarro antes de montar en aquel Opel rojo en el que tantas veces me había subido. Por suerte no me vio, arrancó su coche, sonrió al móvil y se fue de allí. Deseé – y no exagero – haber salido corriendo, saltar delante del coche, y ver su cara de terror al atropellarme.
-¡Marcos, Marcos! – oí los gritos de mis amigos, alejados.
-¡Marcos, Marcos, que nos vamos ya! – seguían gritando, haciendo que me levantara y corriera hacia ellos, intentando así olvidar todo lo que mis ojos habían grabado en mi mente.
Al llegar junto a los demás Gabriel se vanagloriaba de una nueva victoria. No había manera de ganarle. Una vez más Gabriel volvía a vencerme, pero no era esa la derrota que más me dolía. Había otra más, una de la que me costaría mucho recuperarme…
Esa misma noche, al llegar a casa, fingí encontrarme enfermo y me metí en cama sin cenar siquiera. Al entrar en la casa escuchaba sonidos, otrora amenos, que se hicieron atroces y que derrumbaron mi denostado ya estado de ánimo. Todo parecía igual, pero todo era diferente. Papá cenaba viendo la tele, como si nada, extrañamente contento. YO le miraba incrédulo, dolido, deseoso de acercarme hasta él y gritarle todo lo que mis ojos me habían mostrado, y que ya no podría borrar jamás.
Mientras tanto, mamá peleaba con Carlitos para que cenara sin tirar todo por la mesa, como siempre hacía. Lo mismo de siempre, pero ahora todo parecía tan diferente… Ella, ajena a todo lo que estaba pasando, vivía su vida con tranquilidad, sin pensar en que todo lo que le rodeaba no era mas que una mldita farsa.
Papá seguía a lo suyo, sonriendo, tranquilo, feliz… Como si no hubiera pasado nada. Quería levantarme, gritar lo que sabía, hacerle saber que sabía todo, demostrar mi ira, y lo injusto y sucio que me parecía el hecho de hacerse mayor.
Me encerré en mi habitación sin cenar. Mi estómago estaba cerrado. Cuando mamá vino a darme el beso de buenas noches fingí estar dormido. Cuando lo hizo papá, también. Y fue entonces cuando recordé ese coche rojo y esa matrícula FXD2335.
Y una pregunta me atormentó, y aún hoy sigue atormentándome…
¿Cómo podían haberle hecho eso a papá…? Ella no sólo era su mujer, sino también mi mamá, y él… Él era su mejor amigo, alguien que siempre estaba en casa con nosotros.
No pude dormir en toda la noche, ni en las siguientes, siempre aterrado por aquellas imágenes que presencié en aquella cabaña que hizo de mi infancia un auténtico bosque del que ya nunca pude salir.