ESA LUZ QUE LLEVAMOS DENTRO

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Que tenemos una luz en nuestro interior creo que es algo que sabemos todos – o deberíamos. Lo que no sé es si tenemos también claro que esa luz, al igual que la encendimos nosotros, no somos nosotros quienes la podemos apagar…
Esa luz sólo puede apagarla ese al que llamamos “hijo”, una palabra incapaz de soportar todo el peso que tiene. Es él quien sólo puede apagar esa, nuestra luz, y llevársela consigo, dejándonos en tinieblas, y eso sólo podrá hacerlo si se va para siempre…
Es entonces cuando esa luz que tenemos dentro se apaga, y se la lleva él para poder iluminar ese camino incierto de su marcha…
Es sólo, años después, cuando por fin eres capaz de devolverlo a tu vida a través de tu pensamiento, cuando esa llama se vuelve a encender… Y si eres capaz de sonreír – al recordarlo – entondes esa luz se hace eterna.

DESPERTAR EN OTRA CAMA

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Lo reconozco, nunca me gustaron las resacas… Sobre todo esas que me he empeñado en invitar aun sabiendo lo mal acompañadas que vendrían. No, nunca me gustaron, pero ese día menos aún… Ese día fue la última vez que recuerdo haber tenido una.
Ya cuando desperté me asusté. Antes de abrir los ojos ya podía sentir el martilleo constante sobre mis sienes, la sequedad de mi lengua moribunda, y, sobre todo, el sabor agrio de una boca cerrada que no me atrevía a abrir. Mientras mi pie buscaba el suelo frío pensé en lo último que recordaba de la noche anterior… ¡Joder! No había nada ¡Todo se había esfumado!
Al abrir los ojos creí reconocer el lugar, pero me costó mucho hacerlo – lo reconozco. Fue, finalmente, esa puerta de estilo árabe la que me hizo asustar… ¡Y de qué manera!
Miré al otro lado de la cama y el miedo se metamorfoseó al estado sólido. Al menos yo lo pude tocar cuando vi a mi amiga Isabella mirándome como quien acaba de encontrar al mismo demonio sobre su cama…
Estaba con la mano apoyada en el marco de la puerta, y me miraba con un extraño odio. Iba vestida con ropa de calle, y en su cara no vi restos de resaca, y eso me sorprendió.
Me miraba de manera extraña, con dolor, casi con desprecio… ¿O era odio? No lo supe descifrar en esos momentos tan extraños…
Yo también me sentí mal, y no supe qué decir para defenderme, o para pedirle excusas por lo que, sin duda, había sido un gran error.
-¿Cómo has podido hacerle esto a tu mujer? – me pregunté, sabiendo que de esta no me salvaba nadie – Y, además, con Isabella, a quien – hasta entonces – consideraba una de mis mejores amigas.
No me podía creer que hubiera tenido la desverguenza de acabar en su casa, en su habitación, en su cama, y, para colmo… ¡En su marido!…
¿O fue él en mí? ¡Qué más daba eso entonces!
Cuando me echó de allí, y salí aún desnudo, voceado, gritado e insultado, sentí un violento dolor en mi tren trasero… Sí, me dolía mucho, pero dolía mucho más la verguenza.

HACE VERANO: LOS PROTAGONISTAS DEL CUENTO

Érase, y hace de esto muchos, muchos años, unos personajes de cuento que decidieron salir de la historia marcada, y actuar por sí mismos. El chico, aprovechando que su escritor dormía, se atrevió por fin a hacer aquello que siempre pensó que nunca haría. Ese chico, cansado de tanto miedo, se decidió por fin a besar a aquella chica a la que tanto deseaba.
Ella no sabía nada, pero todo había sido milimétricamente perpetrado, estratégicamente estudiado, y perfectamente preparado… Aprovechando un parón en la creatividad de su autor, debido a la pérdida de su musa, nuestro protagonista decidió actuar por sí mismo, sin seguir los dictados de aquel lápiz de su conciencia.
Él no podía seguir mintiéndose a sí mismo, y mucho menos a ella, y necesitaba hacerle ver que la amaba más allá de esas palabras puestas en su boca por alguien cobarde que no era él.
Así, quedó con ella justo en la esquina de aquel último punto y aparte, y, allí mismo, sin darle opción a nada, la besó.
Ella, como coprotagonista de aquella historia, correspondió, y el beso duró tanto como él había imaginado… ¡o puede que más!
Aún hoy,muchos, muchos años después, nuestros protagonistas siguen escondidos del autor del cuento, a la espera de que no escriba el inevitable final de toda historia que se empieza.

 

DESVARÍOS MENTALES

Si quieres que tu futuro esté lleno de esos sueños que tienes ahora, en el presente… No sigas dormido ¡Despierta!
Si, en cambio, te gustan muchísimo tus sueňos… Duerme un ratito más.
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¿Amistad, política, trabajo, amor…? Creo que puede valer para todo.

FOTACA: EL FARO

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¿Ves ese minúsculo que hay ahí, entre las olas, resguardado junto a la puerta del faro…? Pues así se sentía él cada vez que estaba a punto de entrar en ella: minúsculo, frágil, impotente… Y así la veía a ella: enérgica, colérica, y a la vez salvadora.