LA BUENA INFIEL

wpid-img_72675664462944.jpegLe gustaba ese hombre, muchísimo. Siempre le había gustado, y aunque se había prometido a ella misma que allí no podía ser, aquella noche, en su propia casa, no pudo evitar la tentación de salir de madrugada del dormitorio, recorrer el pasillo semidesnuda, y meterse en la cama con él, aprovechando que él dormía a pierna suelta.
Allí, en la cama, había pensado en dormirse – puedo jurar que así lo hizo, o así me lo contó ella – sabedora de que no debía salir de aquella cama y correr hacia la otra donde le esperaba ese hombre que tanto deseaba y que tanto echaba de menos.
– No, María – se decía, intentando contar ovejas que no tardaban en convertirse en él, y que le llamaban para que corriera a su cama – no puedes ir. Te podría pillar.
Aun así, la noche calurosa, no hizo sino excitarla más, y, aprovechando que él dormía, se levantó lentamente de la cama intentando hacer el menor ruido posible.
Al levantarse él seguía dormido, acurrucado en su lado de la cama, y ella, insensata y deseosa, salió de la habitación, dejando la puerta abierta para que el chirrido no le despertara y le delatara.
Con sigilo recorrió el pasillo, desnudándose para no perder tiempo, sabedora de que él estaba esperándola despierto. Hacía ya muchos días que no hacían el amor, y ambos lo deseaban… ¡Vaya si lo deseaban!
Al abrir la puerta le vio desnudo sobre la cama, esperándole, sonriéndole.
– ¿Seguro que está dormido?
– sí – dijo ella, dejando caer la braga por entre sus piernas, mientras él la observaba entre penumbras
– ¿seguro? mira que si nos descubriera…
– tranquilo, no se despertará.
Entrando en la cama con él, besó sus los labios con dulzura mientras abrazaba su cuerpo desnudo para ella. De nuevo, cuando ya creía haber olvidado el milagro que suponía el hecho de ser mujer, sintió fluir a raudales el deseo.
Las cálidas manos de aquel varón brindaban a su piel precisas caricias que la colmaban de placeres a los que no se podía resistir aun sabiendo el riesgo que corría de estar en esa habitación que le estaba prohibida esa noche.
Permitió que aquel inmenso caudal de sensaciones la atrapara sin recato. Se dejó arrastrar por la tentación hasta caer en el abismo, para después tomar las riendas y subir una y otra vez al cielo del que nadie podría hacerle bajar.
Ya relajada, tras un orgasmo rápido e intenso, cerró los ojos y se durmió alojada entre los brazos calientes de aquel su mejor amante.
A media noche, pasadas varias horas de sueño juntos, él volvió a despertarla. Sus manos pasearon por su vientre, por sus muslos, por sus ingles, subieron a sus pechos, y allí dibujaron canciones de cuna que, lejos de dormirla, la despertaron ¡y de qué manera!
Volvieron a hacer el amor, sin pensar en nada que no fueran ellos mismos, olvidando aquel que dormía en la otra habitación, sin percatarse que no dormía.
Hicieron el amor salvajemente, ocultos en la noche, pero unos ojos traicionados les estaban observando desde el otro lado de la puerta.
Cuando salió de aquel dormitorio, caminó por el pasillo con sigilo, pero al llegar a la habitación, él abrió los ojos, la miró con soslayo, intentando demostrarle todo el odio que en ese momento sentía. Ella, cabizbaja, quiso pedir perdón, pero supo que de de nada serviría.
– Has vuelto a hacerlo – le dijo, mirándola con lágrimas en los ojos – has vuelto a irte con él, y me prometiste que no lo harías.
Ella quería morirse. Incluso dudó si acercarse para pedirle perdón, o alejarse de allí. Después, él le dio la espalda, tapándose con las mantas.
– Me prometiste que no lo harías… Que te quedarías aquí conmigo.
Ella se sintió morir, sabedora de que nunca tenía que haberle prometido a su hijito que esa noche dormiría con él toda la noche, y no con papá como siempre.

CUENTO DE PRINCESAS

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Ella no sabía que esa mañana, con ese vestido azul, en realidad se había vestido de princesa, ni que sería la protagonista de los sueños de un niño. Ella tampoco sabía que ese día – y todos, en realidad – alguien la estaba mirando con los ojos de un hacedor de cuentos de princesas. Ella no sabía que ella era un cuento… Claro que tampoco sabía que era una princesa.

IR A LA PLAYA

wpid-wp-1420356538278.jpegellos iban en un coche. Iban juntos. No iba nadie con ellos. La carretera no existía. Ella conducía. Él también – lo que demostraba que no era sido real, sino otro de los muchos sueños que tenía con ella – Parecía un ángel, y sonaba música de piano de fondo. Él bebía Coca cola y fumaba un cigarro. En realidad fumaba y bebía de ella. Ella hacía lo mismo. Los pies de ella estaban sobre el salpicadero. Vestía un vestidito corto, de tirantas finas. Su piel era trigueña, como su pelo, y la mano de él se deslizó hasta sus piernas, y las acariciaron al son de la música. El sol entraba por la ventana, y ella le sonrió.
– ¿Sabes que esto no está bien? – le dijo, deteniendo su mano justo en la rodilla,
y me desperté, y le dejé a él – a mi aquel yo – sin pedirle perdón, sin decirle que le gustaba mucho, sin decirle que la amaba en secreto, y, lo que es peor aún, sin… sin… sin… ¿ves? si no me atrevo a escribirlo cómo iba a decirlo, aunque fuera en un sueño?

WINE

vinoella vestía del color del vino, aunque no pudieras escanciarla, ni beberla, ni mucho menos escanciarla sobre ti.

¿UN BAÑO?

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Ella, en aquellos días de frío, era como el agua del mar en verano a la hora de la maldita digestión… Era acuosamente cristalina, dulcemente salada, elegantemente refrescante, peligrosamente embriagadora, y siempre que la mirabas de cerca se antojaba eternamente fresca… Uno la miraba, vestida con ese elegante atavío, y deseaba darse un chapuzón dentro de ese traje oscuro que no podía impedir su eterna desnudez, como pasaba cuando eras un niño y estabas frente al agua pero no podías bañarte aún… ¡Y el tiempo no pasaba!

El baile deseado

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Si me concedieras un único deseo… ¡Uno solo! Creo que no elegiría un beso, ni un abrazo, ni siquiera un desnudo… Si me lo concedieras elegiría un baile.
¿Sabes por qué me gustaría tanto bailar contigo?
Porque la verdad de dos cuerpos se encuentran en la danza… Dos cuerpos que bailan juntos no pueden mentir

LA HISTORIA DEPENDE DE DONDE LA ESTUDIES: LA GUERRA ENTRE ESPAÑA Y FRANCIA

indepen1Cualquier guerra tiene, como mínimo, dos bandos, y cada uno cuenta la historia a su manera. Es difícil ser imparcial cuando el enemigo no piensa ni defiende lo que tú. La guerra de la independencia contra los franceses Fue una victoria repleta de acciones de guerrilla, de bandoleros y de lucha por parte del desorganizado pueblo frente al invasor. Los franceses ya constataron este hecho y cómo la indómita población española se les atragantó. Citemos algunos comentarios de la época que remarcan este hecho.

El carácter de los españoles es noble y generoso aunque tiende a la ferocidad. No tolerarían ser tratados como nación conquistada; desesperados, serían capaces de los mayores excesos de entrega y valor”. Esto decía un oficial francés.

La guerra de España fue la más larga, difícil y dramática del Primer Imperio. Al cruzar los Pirineos entramos en el país de la Aventura. Batallas, emboscadas, mujeres, monjes, guerrilleros, hambre, sed, degüello y asesinato. Las otras guerras pertenecen a la historia, pero la de España parece pertenecer a la ficción”. Este comentario corresponde al historiador francés Edouard Guillén y realmente me gusta mucho. Eso de “guerra de ficción” es genial.

Por último, José Bonaparte, el conocido Pepe Botella, comentó: “Yo tengo por enemigo a una nación de 12 millones de almas, bravas, irritadas hasta lo indecible”. Y su hermano, el gran Emperador, dijo de los españoles en sus memorias: “Los españoles en masa se condujeron como un hombre de honor”.

DOS HISTORIAS CRUZADAS

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Juan se había citado en aquel viejo bar con Camila. Ella no se lo esperaba, y él no dejaba de pensar en su reacción. ¿Cómo se tomaria la noticia?
Emocionado la esperó sentado en aquella mesa donde siempre se sentaban. En el viejo bar no había nadie, salvo un extraño al que nunca había visto antes y que no dejaba de leer el periódico. Ni siquiera se dio cuenta de su presencia.
Cuando Camila llegó notó algo en sus ojos. Juan la besó en los labios, le cogió la mano y le entregó el abultado sobre.
– ¿Qué es? – preguntó emocionada Camila
– ábrelo, amor mío – dijo emocionado, mientras Camila abría el sobre y, sorprendida, y emocionada, contaba aquella ingente cantidad de dinero
– ¡Cuánto dinero! ¿De dónde lo has sacado? – preguntó emocionada – ¿cuánto hay?
– me ha tocado otra vez la quiniela
– ¿Otra vez?
– sí, la primera cuando te conocí, y esta será para abandonar nuestras penurias
– cariño… No me lo puedo creer ¿cuánto hay?
– doscientos mil euros
– ¿Doscientos mil? – gritó emocionada
– ¡psssss, calla! – le dijo, cerrando el sobre, y mirando a aquel extraño hombre, que seguía leyendo el periódico, sin enterarse de nada
– cariño, no podrán echarnos de la casa
– no, mi amor – le dijo besándola, cogiéndola de la mano, y saliendo de aquel bar donde tantos buenos ratos – y malos últimamente – habían pasado.

Eladio tomaba su primera cerveza de muchos años mientras se planteaba qué hacer con su vida. Era la primera vez que acudía a aquel bar, y mientras saboreaba aquella Cruzcampo bien fría, releía el periódico intentando buscar una buena oferta de trabajo, y, de paso, algún lugar donde poder pasar la noche. Esta vez estaba dispuesto a cambiar, a salir adelante por sí mismo, y abandonar aquella vida que no le llevaba a ningún lado, salvo a donde siempre. Había tomado una decisión.
Leyendo estaba tan tranquilo su periódico cuando aquel grito llamó su atención…
– ¿Doscientos mil? – ese grito le alertó, haciéndole agudizar el oído
– ¡psssss, calla! – le dijo el que, sin duda, sería su marido
– cariño, no podrán echarnos de la casa
– no, mi amor – le dijo besándola, cogiéndola de la mano, y saliendo del bar.
Eladio, “el patas”, pagó su cerveza, cogió su abrigo y salió del bar tras ellos. Caminando por las oscuras calles iba atusando su viejo revolver… Es verdad que se había prometido a sí mismo no volver a matar, pero… Esos dos tenían doscientos mil, y parecían tan tan, pero tan indefensos…

HACE VERANO

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Para todo el que los veía desde lejos, sentados en aquella mesa, ellos dos parecían estar siempre escribiendo una novela de misterio. Si alguno hubiera mirado bajo la mesa habría comprobado que lo que realmente estaban escribiendo era una poesía.