quizás leas lo que siempre quise que pasara, pero nunca me atreví a hacerte.

JOSAYSUSCUENTOS

Por fin se atrevió a quedarse a solas con ella. ¿O fue ella quien lo decidió? En realidad, si lo miras bien, eso era lo de menos… El miedo era tan hermoso como el deseo que sentía de poder, ya no verla, sino olerla… ¡Y a solas por fin! Su olor era embriagador, enigmático, y único… a pesar de conocerlo tan bien, y de haberlo masticado tantas veces en secreto. Ella estaba en silencio. No había mucho que decir. Los dos sabían que aquello se lo debían, que aquello tenía que pasar tarde o temprano, y era el momento… ¡El mundo se merecía que eso sucediera!

―No deberíamos hacer esto ¿lo sabes? ―comentó ella en voz baja, mirándole como solo puede hacerlo un ángel.
― ¿Que no deberíamos?― le dijo, pegándose tanto a ella como para no dejar que pudiera separarse. Apenas los separaban unos milímetros, y por allí no podía pasar ni el aire que ninguno se atrevía a soltar en ese momento.
Sus cuerpos estaban ya tan pegados que parecían uno solo. Un delicioso aroma
comenzó a entrar en sus alteradas inspiraciones. Si esa mujer seguía mirándole y respirándole así estaba perdido, pues ya comenzaba a notar esa excitación que siempre había sentido cuando estaba a su lado a solas. ¡Qué momento!
―¡Me tengo que ir ya! – dijo, sin atreverse a mirarle a los ojos – creo que es lo mejor que podemos hacer… irnos
―¿Por qué? por fin estamos borrachos con este vino que hemos tomado, y por fin estamos solos ― le dijo al acercarse a ella, no dejándola llegar a la puerta del final del pasillo oscuro. No podía dejarla ir, así sin más. Era la primera vez que se había atrevido a estar con ella a solas, y la cogió, la volvió hacia sí, y respiró el aroma que ella desprendía. Aquel piso estaba tan lleno de ella… Ella había pasado tantos ratos allí con él… Todo aquello era suyo ya.
L se quedó atónita ante su reacción. Ese hombre, a pesar de las cosas que le decía , siempre había sido  muy respetuoso con su amistad, y aquello estaba a punto de terminar. Parecía que algo le había alterado de tal manera que cuando la volvió a mirar ya no tenía un rostro amable y cálido, sino hirviente y lujurioso. Ella se asustó… Pero no de todo.
―¡Te he dicho que me voy!
― no por favor, L. No te vayas esta vez… Por favor
―sabes que esto no está bien. No debemos hacerlo. Déjame ir ―respondió entre balbuceos
― no te voy a dejar ― alargó la pierna hacia atrás y cerró la puerta.
Ella seguía asombrada por su actuación. Quiso recriminar lo que estaba haciendo pero no le dio tiempo, y su boca fue invadida por la de él, que la hizo sumergirse en un apasionado y ardiente beso. Las piernas comenzaron a temblarle como siempre que esperaba ese  beso, y nunca llegaba.
No recordaba la última vez que la habían besado de aquella forma tan… ¿Tan…?
Abrió despacio sus ojos para poder apreciar la expresión del rostro del hombre que la estaba poseyendo, y el deseo fue lo único que encontró. 

Suspiró profundamente y se dejó llevar, pensando que era algo que deseaba hacer y que, por una vez, no pasaría nada. ¡Ambos se lo debían!
J percibió cómo L se iba relajando con el paso del tiempo. Eso le hizo estar más excitado si cabía. Desde la primera vez que la vio, supo que ella era diferente y eso era lo que andaba buscando, aunque fuera demasiado tarde. Bajó su mano derecha a la pierna femenina y la subió hacia su cadera. Deseaba acariciar aquella piel con la que había estado soñando. Y así lo hizo.
Ante el sollozo de placer de ella, continuó subiendo y bajando aquel muslo hasta que se atrevió a poner su primer dedo sobre la fina lencería que parecía una parte más de su piel. El calor de aquella minúscula prenda era abrasador. Continuó aquel beso infinito, que cada vez era más posesivo y animal, y frotó su mano suavemente en aquella prenda cada vez más caliente y menos soñada… ¡Todo estaba siendo real! ¡Por fin!

L se apartó de sus labios y echó la cabeza hacia atrás, apoyándose en la pared. J no pudo evitar llevarse aquel olor impregnado en su dorso hacia la nariz. Lo inspiró con fuerza y volvió a exponer sus anacarados dientes.
―Este aroma lleva volviéndome loco desde que llegó a mi nariz―le susurró en el oído a la mujer que temblaba de placer por la sensualidad de las palabras―. Me voy a dar un festín a tu costa, preciosa… ¡Por fin voy a pintar ese cuadro tan deseado!
L abrió los ojos como platos, no podía estar escuchando aquello. Por fin ese hombre al que tanto había deseado en silenció hasta límites insospechados estaba sobre ella, junto a ella, a punto – si todo iba bien – de entrar en ella.

Clavó su mirada en ese hombre y alargó su mano para atrapar la cabeza y así, poder besarlo de nuevo. Se dejaría llevar y aparcaría por una vez los pensamientos de culpa que llenaban su mente. Aunque no fuese el hombre de su vida, aunque no la llevara al altar, hoy la iba a trasportar al mismo cielo, y eso no podía perdérselo. TAmbién se lo debía a él, y no solo a ella… Ese hombre se merecía cualquier cosa. Incluso esa que no podía darle.
J bajó de nuevo la mano cuando el aroma desapareció. Mientras buscaba de nuevo el camino hacia la impregnación, se vio atrapado por un hambriento beso que ella le ofreció. Con una leve sonrisa y un aullido interior de satisfacción, abandonó la idea de buscar aquel calor sexual en aquel lugar de la entrada. Así que la atrapó de las caderas y la alzó para posarla en algún sitio de la casa donde estuviesen más cómodos. Echó un vistazo rápido y sopesó si disfrutar en el sillón o en la cama, pero cuando escuchó un gemido desesperado de la mujer que seguía atrapando desesperadamente sus labios, decidió que el sofá era lo más adecuado… ¡Aquel sofá había sido testigo de tantos miedos y excitaciones!

Con pasos agigantados llegó hasta donde sería el nido de amor. La posó con delicadeza para no apartar ambas bocas ni separarse de ella. Una vez colocada tal como deseaba, sus labios abandonaron los suyos para vagar sobre la ropa de L…

Al mismo tiempo que la besaba, inspiró con fuerza su perfume. Paró sobre sus senos, todavía tapados con aquellas castas ropas. Sin pensárselo dos veces, mordió los pezones con fuerza. Escuchó un gruñido de satisfacción de la mujer y vio cómo ella se arqueaba para que continuase. Entonces no vaciló un minuto, llevó sus manos hacia la delgada cintura y comenzó a levantarle la camiseta. Ya no le era suficiente sentirla de aquella forma, debía notar el calor de su piel y percibir en su lengua el sabor de los traviesos pezones.
―Expuesta para mí―susurró el hombre mientras levantaba la ropa y
observaba su piel.
Agachó la cabeza y comenzó a besar el vientre, después, antes de que las
manos femeninas se pudieran apoyar en su cabeza, recorrió con su lengua
el camino hacia los tersos y duros botones que le daban la bienvenida.
L sintió la calidez de la boca del hombre sobre sus pechos. Los lamía y
absorbía a su antojo. En ningún momento pensó en hacerle parar, ya no. Su sangre hervía deseando cada caricia y cada sorbo que sabía que le
ofrecería. Intentó cerrar las piernas al sentir un extraño dolor en su sexo,
pero J no le dejó. Se colocó entre ellas y cesó de saborear sus
montañas. Alzó la mirada y le susurró:
―No temas mi amor. Todo lo que vas a sentir es AMOR. Ni más, ni menos.
Intentó hablar, pero no lo consiguió porque notó sobre su húmeda lencería la atrevida mano de aquel hombre. Esta vez no deseaba acariciar la sedosa tela, sino apartarla.
Con sutileza, la bajó por sus piernas, dejando su sexo llorando sobre el
sofá. Cuando la prenda calló al suelo, J acarició las piernas y bajó
por su cuerpo muy despacio. Sabía qué pretendía y en verdad, ella lo
deseaba tanto que alzó las caderas para que tuviese más espacio. Los dos lo deseaban tanto…
Un lobo no hubiese aullado tan fuerte como lo hizo el hombre al ver aquel
esbelto cuerpo reclamándolo. Apoyó sus manos sobre las rodillas de la mujer y metió su cabeza en la cueva de su demencia. Al principio solo respiró con fuerza, necesitaba tener dentro de su cuerpo aquella esencia que le había hecho perder por primera vez en mucho tiempo la cordura.
―Uhm, deliciosa ―murmuró mientras lloraba de emoción. Ella no podría entender aquellas lágrimas, y por eso él prefirió ocultarlas entre sus piernas, que hacían de dique de contención. J dejó de temer, y decidió disfrutar y hacerla partícipe de aquella fiesta que era en su honor (en el de los dos). Al sentir los temblores de L, la agarró con más fuerza para que no cayese al suelo ―Tranquila cielo, esto solo acaba de empezar.
L se llevó las manos a la cara. No recordaba sentirse así, ni era capaz de creer que estaba haciendo aquello con aquel hombre que era su amigo, su aliado, y mucho más que hasta ahora no se había atrevido a reconocer. Sin duda, aquello debía
ser una verdadera excitación y la estaba sintiendo con un extraño. Debía de
replantearse sus conocimientos sexuales. De pronto sus ojos se quedaron
en blanco, mientras J comenzaba a morder aquella carne prohibida, y por fin entregada.
―¡Oh, Dios! ―exclamó extasiada- me encanta J
El hombre sonrió al verla perdida en el delirio. Su ego ya no cabía dentro
de su cuerpo, la estaba haciendo perderse en el mundo del erotismo. Con
una mirada traviesa, intentaba averiguar qué haría ella si comenzara a
jugar con otros participantes. Así llevó su mano hacia el manjar y empezó a
acariciar la entrada sexual. Levantó el rostro y al contemplar la
desesperación en la cara de ella, se transformó en el monstruo que era en ese momento. Ya le daba igual dejarse ver, ya le daba igual que ella viera sus lágrimas de emoción, ya le daba igual que ella supiera que siempre sería su esclavo… Él ya había sucumbido…
Absorbió aquella miel deliciosa, y empezó a invadirla con el dedo. Al
principio fue muy despacio, L estaba apretada e ida. Pero cuando
sacó aquel improvisado invasor y lo vio repleto de delicioso jugo, se lo
llevó a la boca y lo saboreó con tanta ansiedad que sintió su cuerpo
convulsionar de la emoción.
―¿sabes una cosa? ―gritó lleno de ansiedad lujuriosa- eres una diosa.
Ella quiso preguntarle la razón de sus palabras, parecía desesperado, quizás
herido por algo. Sin embargo, descubrió que el motivo no era otro que la
necesidad de seguir bombeándola y obtener todo el fluido que ella
emanaba. Efectivamente, se estaba dando un buen manjar.
Ayudado con la otra mano, J se hizo camino hacia la pequeña perlita
hinchada que palpitaba sin parar. Mientras que la invadía nuevamente con
el dedo, su lengua comenzó a hacer circulitos sobre aquel minúsculo
sobresaliente que necesitaba ser saciado. El cuerpo de la mujer se retorcía
sin parar. Sus convulsiones eran cada vez más fuertes y la expulsión de su
placer era como un río sin tope. Estaba a punto de empezar a volar.
―¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios!―Gritó L cuando comenzó a sentir la llegada de
su orgasmo.
―¡hazlo amor mío! Dame ese festín que
deseo ―susurró J atrapándola con fuerza y aumentando sus
embestidas en ella.
―¡Oh, sí! ¡No pares! ―suplicaba mientras su cuerpo se llenaba de
temblores y sus ojos veían nada más que estrellas luminosas.
Y no paró. No pararía ni aunque le estuvieran golpeando por detrás con una
bola de hierro. Abrió bien su boca para capturar todo lo que ella expulsó de
sus entrañas, una miel ácida y afrutada que estaba colmando su estómago,
y llenando su alma.
―¿Estás bien?― J se incorporó mientras se arrastraba por la figura
femenina de aquella piel repleta de letras que él mismo había escrito meses antes a través de aquella pantalla del teléfono.
―Sí ―musitó sin fuerzas.
―Gracias ―le dijo el hombre sumergiéndola de nuevo en un apasionado
beso.
― ¿gracias? no seas bobo. Gracias a ti, por todo. Gracias por haber esperado tanto tiempo sin pedirme nunca nada a cambio… Gracias a ti J
―¿Quieres más?―Levantó una ceja.
―claro que sí. Lo quiero todo ―Sonrió picaronamente.
J dio un salto hacia atrás y se desabrochó el botón de su vaquero. Nunca había pensado llegar tan lejos, pero si ella lo deseaba, él estaría loco si no se lo daba.
― ¿de verdad me vas a permitir entrar en tu templo? ―dijo mientras una lágrima volvía a recorrer su cara, y ella le miraba con cara aletargada y excitada. A continuación miró su desnudez sobre ese sofá, y empezó a caminar sobre su cuerpo con la agilidad de un gato.
Sus ojos se clavaron en el rostro de ella, no perdería el tiempo en bobadas,
quería grabar en su retina todas las emociones que le proporcionarían estar
dentro de su cálido y delicioso sexo. Alargó la mano y puso en la entrada
femenina la cabeza de su sexo pero no comenzó a penetrarla, sino que la
acarició con pequeños y suaves círculos. L gimió y apretó la cabeza
sobre el cojín que la recogía. Con temblor en las manos intentó llevarlas
hasta su rostro.
―Déjame que te vea―musitó el hombre mientras apartaba las manos con
la suya.
Sus labios jugaron con los de ella. La quería llevar a la locura, y mientras
hacía las pequeñas travesuras en el sexo femenino, él mordía y
lamía los rojos salientes de la boca. Cuando escuchó varios clips, producto
del continuado frote entre ambos sexos, levantó la cabeza y empezó a
introducirse en ella. L abría la boca y cerraba sus ojos, se dejaba
llevar…
―Estoy dentro de ti, mi amor―cuchicheó en su oído cuando lo albergó por
completo― ¿sabes la de siglos que llevo esperando este momento?
―No―susurró con los ojos brillantes por la emoción.
J bajó su cabeza hacia ella y la atrapó en un nuevo beso apasionado,
mientras tanto, sus caderas comenzaban el baile de su necesidad.
Invadiéndola, bombeándola, haciéndola más suya. Penetrándola cada vez
más fuerte, con más pasión. Entre sollozos, ella empezó a expresar el
placer a la que estaba siendo conducida. El hombre estaba a punto de
rasgarse la piel viendo y sintiendo la calidez de la mujer sobre él. En
décimas de segundo, el rostro angelical del macho fue cambiando. Sus ojos
marrones se transformaron en rojo, la piel nacarada cambió a morado y su
calidez se esfumó. L cerró sus ojos pensando que eran imaginaciones
suyas debido al éxtasis que estaba sintiendo. Cada vez su cuerpo se
balanceaba con más rapidez, más fuerza, más agresividad. Sin embargo, no
podía hacer nada porque su clímax estaba colmando su ser.
―¡te deseooooo! ―Una voz ronca se desprendió del hombre.
Y lo hizo, con los párpados apretados se dejó llevar… De pronto, un ruido
atronador salió de la garganta del hombre que la poseía desesperado. Era
una mezcla entre el gruñido de un monstruo y una especie de trueno de una
tormenta. Pero a pesar de aquel estruendo irreconocible, ella seguía sin
mirar.
―¡Mía! ―Gritó – al fin eres mía, aunque no lo seas del todo.
Aunque allí no terminó su acto de goce. Antes de poder levantar sus
pesados párpados, la levantó y la giró para volverla a poseer. Estaba
descontrolado, perturbado, ido mentalmente mientras invadía el cuerpo de
la mujer que deseaba. La volvió a llevar a la lujuria y al orgasmo jamás
encontrado en un mundo terrenal. Ella seguía gimiendo de placer. Tras finalizar el asalto, la bestia agachó la cabeza y mordió la espalda desnuda. L gritó de dolor,
pero su lamento apenas se escuchó porque el cojín tapaba su boca. Un
sudor frío recorrió su cuerpo y comenzó a erizarse. Más relajado y saciado
de lo que venía buscando, J acarició con mimo sobre la zona que
había mordido. Sonrió al ver cómo se hinchaba y expulsaba unas gotitas
negras.
― ahora sí que eres mía, compi – le dijo, y aquello terminó.
L se levantó rápidamente. No quería mirarlo y mucho menos ver el rostro que había
creído ver minutos atrás. Había pasado lo que tenía que pasar, pero no tenía que haber pasado… ¿O sí? ¿No había sido maravilloso? – se preguntó a sí misma apoyada junto a la puerta de salida, esperando que él se acercara antes de marcharse. Y así lo hizo. Apareció semidesnudo, sonriéndole, mientras ella se terminaba de vestir.

-estamos locos J ¿lo sabes? – preguntó ella casi llorando

-sí, sí que lo estamos. Yo estoy loco desde que te conozco. ¿Y sabes? siempre te querré después de esto. Ya nunca podré dejar de amarte… Nunca. Pero te dejaré en paz.

– ¿estás seguro, J? ¿me dejarás en paz?

– sí, L. Aunque no te lo creas es justo lo que estoy haciendo escribiéndote esto. Esto no ha pasado. Esto lo estoy escribiendo ahora mismo, y lo hago para decirte que has sido maravillosa, que ya he hecho el amor contigo mil veces, y que, aunque nunca más lo haga, siempre lo recordaré así.
―Descansa cariño. Yo ya me voy. Acabamos de hacer el amor, y ya no te escribiré más.
Y entonces J cerró los ojos… L ya puede abrirlos.

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