SU VEZ PRIMERA (EL MONITOR Y LA ALUMNA)

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A varios kilómetros de la ciudad, exactamente a once – al menos ese era el número de su salida – y elevándose entre miles de pinos, sobresaliendo en lo más alto de la loma, justo entre Sevilla la Nueva y Villaviciosa, dormitaba el viejo edificio de paredes grises y de ventanas negras. Todas las luces estaban apagadas, a excepción de las dos farolas situadas a ambos lados del edificio, ambas de color anaranjado.
La tenue y rojiza luz hacía aún más aterrador el paisaje en esa época en que la luna tampoco se atrevía a salir, y se ocultaba entre nubes oscuras. Nadie se atrevía a entrar allí a esas horas. Mucho menos se atreverían a salir y adentrarse en la terrible oscuridad provocada por un frondoso bosque por donde serpenteaba un pequeño camino que llevaba hasta la carretera.
En el interior del vasto edificio dormían “los muchachos”, que era como llamaban a los inquilinos del internado. En la planta tercera dormían los chicos. En la cuarta dormían las chicas. En medio de la oscuridad y del silencio que reinaba en ese pasillo de la cuarta planta caminaba un hombre sigilosamente, descalzo para no hacer ruido y llegar hasta su objetivo, que no era otro que la habitación trescientos once.
Era tal el silencio que allí había que cada una de sus pisadas descalzas parecían realizadas por unas botas gigantescas en medio del barro.
Al llegar a la puerta miró a un lado y otro del largo y oscuro pasillo. Estaba muy nervioso. Al final había un gran ventanal que dejaba entrar la tenue luz de la farola del exterior. En el otro había una puerta de cristales que conducía a la escalera por la que él mismo acababa de subir. Girando con sigilo el pomo de la puerta logró entrar en la habitación. Era una de las pocas habitaciones con una sola cama, y bajo las sábanas descansaba el cuerpo de esa que, para nada, le esperaba.
En silencio el hombre se acercó a la cama y la observó mientras ella dormía. El silencio era tal que tendría que actuar con mucho sigilo para que no le descubrieran. Si lo hacían volvería a meterse en un buen lío… Otra vez.
Una vez dentro de la habitación comprendió el error que acababa de cometer, y pensó en marcharse… pero ya era demasiado tarde. La tenía tan cerca, y llevaba tanto tiempo fantaseando con ella que nada podía hacer ya para convencerse del peligro que corría.
Todo allí estaba oscuro, pero esa oscuridad no impedía que él pudiera ver todo con nitidez porque llevaba ya mucho tiempo inmerso en la oscuridad de esa noche.
Acercando su mano a la sábana consiguió destaparla, y la observó en su sueño.
A él siempre le habían gustado las chicas de su edad, y ello le había traído más de un problema en el pasado, tanto en su faceta profesional como en la personal, llegando incluso a vérselas con la justicia.
Pero él sabía que esa vez era diferente. Esa “muchacha” le miraba de una manera especial, aceptaba sus sonrisas y sus contoneos, participando con pícaras sonrisas y con miradas furtivas mientras él daba la clase. Había veces en que incluso llegó a descubrirla observándole partes prohibidas de su cuerpo, sin importarle nada que él mismo la descubriera.
Sentándose en la cama, acercó uno de sus dedos al brazo desnudo y lo acarició lentamente. Ella se estremeció, pero no se despertó, y su dedo siguió jugando con su cuerpo, paseando por sus hombros, después por la redondez de sus pechos, llegando hasta su cara y posándolo en sus labios. Entonces el deseo se hizo poseedor de toda su esencia y no pudo seguir luchando. Fue entonces cuando ella abrió los ojos, asustada. Él, como un acto reflejo, tapó su boca con sus manos mientras le imploraba para que no gritara. Ella no gritó.
– No quiero hacerte ningún daño – le susurró al oído, mientras ella le miraba asustada pero sin oponer resistencia – no podría dañar a quien amo.
Ella no supo reaccionar, y el miedo primario se alejó de su cuerpo al descubrir que era precisamente el protagonista de su sueño el que allí estaba junto a ella. Por un momento pensó que seguía inmersa en el sueño.
– Yo también te amo – quiso decirle ella, pero no se atrevió, y esperó ese beso que le hinchiera el alma y la hiciera sentir inmortal. Y ese beso llegó disfrazado de oscuridad y misterio. Los labios del deseado monitor se posaron sobre los suyos con paciencia, sin miedos, sin prisas… sin aspavientos innecesarios.
El beso fue haciéndose más pasional y carnal, y finalmente alcalino. Era la primera vez que estaba con un hombre en una cama, y se dejó llevar disfrutando de esa alcalina saliva y de ese cuerpo que empezaba a desnudarse para que pudiera disfrutarlo.
En medio de la oscuridad él se desnudó completamente y ella disfrutó de lo que sus ojos le mostraban. Entonces él volvió a sentarse en la cama, mientras ella acariciaba su vientre plano y sentía un extraño cosquilleo que la desarmó completamente. Tocar ese cuerpo fue como esculpirlo, y se sintió artista.
Entonces él, en silencio siempre, le quitó el camisón mientras la tranquilizaba con su mirada. Ella quiso decir algo pero él se lo impidió, y le quitó la ropa interior.
Al fin estaba desnuda junto a un hombre, y, además, junto a ese que ella misma había elegido. ¿Qué más podía pedir? Mirándose en todo momento, como si quisiera grabar cada segundo pasado en esa cama, frotaron sus cuerpos delicadamente, y ella pudo al fin saber a qué sabía la piel de la excitación.
Los fornidos brazos de ese hombre la apretaron contra su cuerpo, y pudo notar sobre ella partes de una anatomía con las que siempre había soñado y que, por fin, haría suyas. El calor acallaba todos los ardores de su duelo y se sintió mujer al fin.
Se besaron apasionadamente, se tocaron mil y una vez, y finalmente se adentró en ella haciendo que la silenciosa noche se convirtiera en una noche de feria de Agosto. Allí había agua cristalina, una suave brisa salina, y también una estruendosa traca de fuegos de artificio.
Tumbados en esa pequeña cama, bebiendo el agua que escapaba de los labios de Emilio, el monitor más guapo de la residencia, y aún jadeante, dejó que sus labios fueran más allá de la humedad para encontrar la piel de aquel mágico hombre. Como si no se diera cuenta de ello le entregó sus besos de mujer adulta, alejando esos de niña eterna, y él le correspondió, besando su cuello, después sus pechos dormidos, y posando los límites de sus labios allí donde ella sentía todo su fuego. Después, ajenos a la oscuridad que les envolvía, se miraron e hicieron que su universo fuera solo de ellos… de nadie más. Colérica y dichosa dejó atrás su eterna juventud, esa que creía que siempre le acompañaría, y comprendió que ser mujer era algo más que un cuerpo o que un estado de ánimo. En realidad ser mujer lo era… ¡todo!
Dejó sus huellas en el cuerpo de su amante, hablándole entre susurros, oyendo cada roce de sus cuerpos, y sintiendo la necesidad de gritar a cada enviste de ese fornido jardinero que estaba regando su cuerpo para hacerlo florecer.
Cada uno de los besos de ese ladrón de esencias valdría por sí solo para curar el mayor de los dolores, como si fuera el más sabroso de los bálsamos.
Y dentro de él – porque era ella quien se sentía más poderosa – deseó morir allí mismo, sabedora de que nunca ya podría amar a nadie como estaba amando en ese momento.
Él era su primer hombre, pero también sería el último. Ella lo supo antes de empezar, y por eso lo disfrutaba tanto.
El cielo se iluminaba, el silencio se aturdía, y ella gozaba de la magia del amor, alejándose de todas esas palabras leídas en esas novelas que antes la llevaron hasta un éxtasis ficticio.
Cuando terminaron, ambos lucharon para no separarse. Y la luz se hizo, y con ella llegó un grito. Sor Zurita – ¿quién si no? – les había descubierto.
– ¡Corre, corre! – gritó Esther a su amante, que, desnudo, corría por el pasillo mientras la monja la encerraba en la habitación como si fuera su cárcel.
Esther gritó para que le dejara salir, sin importarle su desnudez. Después, dejándose caer en la cama, siguió llorando, pero respirando las últimas motas de ese amante suyo que la había hecho eterna.
Nada le importó el revuelo del exterior, las voces del pasillo, ni las risas. Ella aún estaba bajo el hechizo de ese ser mágico, casi mitológico que la había poseído.

Varias horas después la cuarta planta de la residencia dormía de nuevo. Era esa cuarta planta la única con vida a esas horas de la madrugada. A través de la puerta del despacho del director sobresalía una luz tenue y azulada. El resto del largo pasillo estaba a oscuras, y todas las puertas estaban cerradas. El silencio era algo normal a esas horas. Todas dormían de nuevo.
Tan solo la luz del flexo, apuntando hacia la carpeta negra donde guardaba todos los informes, iluminaba la habitación.
Sentado en la silla giratoria estaba el director de la residencia, mordisqueando – como siempre hacía – el capuchón del bolígrafo Vic con el que escribía sus informes.
Era un hombre extraño, al que temían todos los muchachos. Era taimado, subversivo, y, sobre todo, tozudo, y eso le convertía en un hombre poco dialogante y de sobra autoritario.
En su cara podía verse aún el sueño que acababan de romperle. Tenía las marcas de la almohada aún grabadas sobre su piel, y el pelo agitadamente mal peinado.
Su largo flequillo caía lejos de su cara, como si fuera una melena, lo que hacía que su calva fuera más pronunciada. La joven que esperaba frente a él no pudo sonreír porque tenía mucho miedo y vergüenza.
Al otro lado de la mesa estaba esa monja que nunca dormía y que siempre vigilaba a todas las chicas de la residencia, como si fueran niñas de primaria.
El rostro de esa mujer permanecía inalterado, como siempre, y sin ningún atisbo de sueño o cansancio.
¿Dormiría esa mujer alguna vez? – se preguntó Esther, oculta entre la oscuridad, sentada en la fría silla de madera, mientras se abrochaba los últimos botones de un camisón que mostraba más de lo que debía.
Se dio cuenta de ello al ver cómo miraba el director a su generoso y descuidado escote, que mostraban uno senos que no correspondían a la edad que tenían.
Tal era el silencio reinante que hasta pudieron escucharse desde allí arriba las tres campanadas del viejo reloj situado en el hall de entrada, en la planta más baja.
Que fueran casi las tres de la mañana no era lo más raro que estaba sucediendo en ese despacho a oscuras. Que la gran mayoría de los internos estuvieran dormidos, tampoco.
Lo realmente extraño era que la pobre Esther tuviera que estar aguantando las absurdas reprimendas de un trasnochado hombre que, sin duda, tenía una vida personal la mar de aburrida… Si no, no se explicaba ese comportamiento mezquinamente inquisitorial e infantilmente detectivesco.
– Lo siento pero vamos a tener que contárselo a su familia, señorita – dijo el director, con esa grave voz que tanto la desagradaba ya desde el mismo día que le conoció.
Una vez más – y ya eran demasiadas – volvía a tratarla como si fuera casi una delincuente a la que acababan de descubrir robando o cometiendo cualquier delito.
El director seguía mirándola con esa arrogancia de quien se siente superior, como aquel día que entró allí, hacía ya dos años.
– Señorita, como es usted la más joven, la dejaremos dormir sola en una habitación – fue lo que le dijo el primer día, acompañada de toda su familia, sonriendo lisonjeramente a todos, pero mirándola a ella con cierto recelo.
¡Qué falso le pareció ya a primera vista!
Fue cuando se quedaron a solas cuando se acercó a ella de muy malas maneras, la cogió fuertemente de las muñecas y le dijo que la iba a vigilar muy de cerca.
Y así lo hizo. Ese hombre, sin duda alguna, cumplía su palabra.
La pobre Esther no comprendía esa inquina repentina… Acababan de conocerse y ya había hecho un examen psicológico de ella, solo con mirarla.
Casi a diario la siguió por toda la residencia, demostrándole que siempre estaría al acecho para recoger el fruto de cualquier error que, tarde o temprano, llegaría.
A escondidas, la observaba en la sala de estudio, en sus clases, en sus paseos por el jardín, y hasta una vez le sorprendió espiándola mientras dormía.
Dos años después, la pobre Esther aún no era capaz de entender el porqué de esa actitud para con ella.
¿Qué le había hecho a ese hombre para que desconfiara tanto de ella?
Una nueva mirada del director hacia su escote le hizo temer si todo no se debería a una pasión oculta o a un amor incapaz de declarar.
Lo que más le dolía en ese momento era que, por su error, ese despiadado director y su secuaz ayudanta ya tenían esa prueba con la que tanto tiempo llevaban amenazándola.
Ella hubiera querido levantarse de la silla a la que se sentía pegada, llegando a inmovilizarla, elevar la mirada del suelo, y alejarla de sus zapatillas con forma de conejo.
Deseó reunir valor, mirarles a la cara, y decirles que lo que había pasado no era tan grave como para montar semejante espectáculo.
Ella era una mujer, no una niña, y nadie más que ella mandaba en su cuerpo y en su alma. ¿Quiénes eran esos dos amargados para decidir sobre sus deseos de mujer y sus anhelos de encontrar ese cielo del que tanto había leído y que nunca había podido disfrutar hasta ahora?
Sí, le habían descubierto haciendo el amor con el mejor de los amantes… ¿Y qué?
Aunque esa hubiera sido la primera vez que hacía el amor – su primera vez – ya no era una niña, y no tenía porqué soportar esos sermones rancios con los que la estaban mortificando, y, mucho menos, esas veladas amenazas que no hacían mas que enquistar más aún su odio.
Pero no pudo hacerlo. Estaba tan avergonzada por haber sido descubierta que se sentía la mujer más ruin del mundo… al menos del suyo.
Allí, ante esos dos inquisidores del siglo XXI, se sentía como esa niña pequeña de no hacía tanto tiempo, esa niña temerosa de todo e incapaz de luchar por todo aquello en lo que creía…
Y todo por esa maldita desconfianza y falta de valor tan suya.
Ni el director ni la monja podrían nunca comprenderla. Por eso desistió de defenderse ante ellos. Tampoco parecieron interesados siquiera en intentarlo cuando intentó justificarse.
Ella era un vulgar ramera – así llegaron a decirle, con desdén y rabia.
Ninguno se atrevió a preguntarle si realmente ella amaba a ese monitor con el que había hecho el amor no hacía ni una hora, la hora más hermosa de toda su vida… esa hora que ellos se empeñaban en emponzoñar para borrar las paredes rosas de su recuerdo y pintarlas del gris más ceniciento.
El orgulloso director hablaba – más bien gritaba – de normas absurdas que ella ya sabía de sobra que había sobrepasado, de reglas autoritarias y decimonónicas que también había roto, de una diferencia de edad casi injustificable para el amor, y de no sabía cuántas cosas más.
¿A quién le importaba la diferencia de edad entre ella y su amante? ¿Acaso era pecado amar como había amado esa su primera noche junto a un hombre? ¿Acaso podría volver a amar alguna vez como había amado en esos intensos momentos? y ¿acaso nadie podría tratarla nunca de la forma en que lo había hecho ese su amante oculto en la oscuridad?
Ella – de eso estaba segura, y de ahí su interna alegría – ya podía morir tranquila.
– ¿Ha abusado de ti? – le preguntó la incisiva e incansable Sor Zurita, esa monja que tantas zancadillas le había puesto desde que estaba allí, incapaz de regalarle una palabra amable, un abrazo humano, o una simple sonrisa cómplice.
En su cara podía verse la mofa, el escarnio, y el deleite por haberles descubierto al fin, después de tanto tiempo sospechando y persiguiéndoles sin éxito.
– ¿Ha abusado de ti? – volvió a preguntarle a la pobre Esther, que no sabía bien qué decir, ante tanta presión
– ¿le van a echar? – preguntó
– ya está en la calle – dijo el director, sonriendo e intentando tapar su calva con su largo flequillo imposible de dominar
– ahora lo denunciaremos, por forzarte y violarte
– le pueden caer unos cuantos años ¿sabes? – preguntó Sor Zurita, sonriendo y mostrando ese diente de oro que escondía siempre bajo su lengua, y que la hacía parecer más maligna aún
– él no me ha violado… nosotros nos queremos
– ese hijo del demonio te ha embelesado, te ha poseído – dijo el director
– ¡no!
– sí, hija, sí… ahora estás en pecado mortal
– ustedes no lo entienden… ustedes no lo podrían entender nunca
– ¿qué quieres decir con eso, maldita fulana? – preguntó de nuevo el director – ¿acaso crees que eres especial?
– pues claro que sí
– ¿acaso crees que eres la primera con la que se acuesta? – preguntó el director sonriendo al ver el dolor de Esther en sus ojos
– él no es así. Él me ama. Me lo ha dicho
– ja, ja – rió la monja despectivamente
– creo que no lo quieren entender
– ¿el qué no queremos entender? – preguntó de nuevo el ofuscado director
– que la gente sea capaz de amarse sin más
– eso se lo explicas ahora a tu familia
– ¿ya les han avisado?
– sí – dijo Sor Zurita, sonriendo de nuevo – están de camino
– ¡ya soy mayorcita para hacer lo que me plazca! – gritó, colérica y enrabietada
– no mientras estés aquí, querida – sonrió el director – aquí tenemos una responsabilidad. Su familia nos la entregó para que la cuidáramos, y así tiene que ser
– ¿y por qué lo han hecho? – lloró Esther, presa de un nuevo pánico – ¿por qué han llamado a mi familia?
– señorita Valenzuela – el director se levantó de su silla y caminó junto a ella, atusando su pronunciado bigote mientras su labio superior temblaba suavemente – nosotros no podemos permitir hechos como el acontecido en nuestra pulcra y religiosa residencia donde el orden y la disciplina lo son todo
– el pecado ha entrado en esta nuestra residencia y no podemos tolerarlo – dijo Sor Zurita, persignándose en frente y pecho repetidas y veloces veces, y cambiando el gesto de su cara y su funesta mirada
– esta es una institución que lleva muchos años respetando y siendo respetada – dijo el director, mordisqueando las patillas de las gafas
– además – intervino Sor Zurita – ¿qué pensarán los familiares de las otras chicas si dejamos que ese depravado siga entre nosotros?
– ¡qué vergüenza! – suspiraron, permaneciendo en silencio mientras observaban, con deleite, cómo Esther comenzaba a derrumbarse y a perder su fuerza.
Para mayor zozobra la campanilla de la puerta sonó levemente al fondo del largo pasillo de la planta donde se encontraban.
Sor Zurita salió al encuentro de los familiares, el director se sentó en frente a su escritorio, mirándose en el espejo y peinándose, y la pobre Esther sonrió por primera vez mientras miraba por la ventana y recordaba cada beso recibido, cada caricia entregada, y cada palabra de amor grabada a fuego en sus oídos.
¿Qué le importaba a ella si nadie entendía su felicidad?
¿Y por qué tenía que estar triste si había saboreado al fin esas mieles de las que tanto había oído hablar y de las que tanto había leído?
En su tristeza y miedo no aparecían las palabras de desaprobación de su familia, ni siquiera le incomodaba lo que pudieran pensar… A ella, lo que de verdad le preocupaba eran las consecuencias que pudiera sufrir Emilio, ese hombre que la había hecho volar hasta más arriba de cielo.
Por eso sonreía, y por eso nadie podría borrarle ya esa sonrisa, ni siquiera su familia, que entraba en el despacho en compañía de la sonriente monja.
Al verles entrar el director intentó mostrarles su disgusto. Hablaba de moral, de ética, de religión, y no se sabían cuántas cosas más.
Esther se sintió un tanto extraña mientras escuchaba cómo el director relataba el suceso. La monja sonreía maliciosamente mientras el director hablaba claramente de lo que allí había sucedido.
– La hemos descubierto en la cama, haciendo el amor con un monitor – se santiguaba mientras lo iba explicando – y eso aquí no lo podemos tolerar
– y menos a su edad – intervino Sor Zurita, santiguándose también y besando uno de sus muchos crucifijos
– ¿es eso verdad? – preguntó su sobrina María, que la miraba con una mezcla de amor y de emoción contenida
– sí – dijo mientras una lágrima escapaba de su ojo y se deslizaba por su mejilla
– eso es maravilloso – dijo la joven, abrazándose a ella, mientras sus padres las miraban extrañados y, sobre todo, escandalizados.
Tere, la madre de la joven María, no lo podía entender. No comprendía nada. Su marido tampoco. El director y Sor Zurita mucho menos.
Mientras, Esther y María seguían abrazadas, y, ajenas a todo, lloraban de emoción.
– Me alegro mucho tía… te lo merecías después de todo lo que has pasado
– tenías razón. Es algo único – le dijo mientras volvía a pensar en esos besos que aún estaban pegados a su cuerpo, en esos abrazos que aún quemaban su piel, y en esa unión que ya le uniría a él eternamente.
¿Volvería a verle alguna vez? – era lo que en esos momentos se preguntaba, olvidando sus miedos y angustias.
Ella no tenía nada que temer. Ella ya no era una niña, y, por fin, se sentía mujer… aunque hubiera tenido que esperar setenta y un años.

Tere y su marido, obviando los déspotas e inquisidores comentarios del director de la residencia, se abrazaron a su tía y a su hija.
Ella sabía mejor que nadie lo mucho que esa mujer, la única hermana de su difunto padre, había tenido que sufrir en su vida.
Ya con dieciséis años tuvo que alejarse de ese su gran amor, y quedarse en casa para cuidar de sus padres hasta que murieran.
La suerte – y también la desgracia – fue que no murieron hasta que ella cumplió los cincuenta, cuando ya era demasiado tarde para ser mujer.
Tere era su única sobrina, la hija de su difunto hermano, y con ella se fue a vivir, pero la falta de espacio en casa hizo que la ingresaran en la residencia.
Abrazada a ella, y recibiendo toda su fuerza, comprendió lo injusta que había sido encerrándola en esa residencia, arrastrándola de nuevo a una prisión eterna.
– Lo siento mucho tía – le dijo con lágrimas en los ojos
– no lo sientas – le dijo ella – trayéndome aquí me has devuelto lo que la vida me robó, algo que yo misma creía que me estaba prohibido.
El abrazo que se dieron no se podría explicar. Al menos yo no podría hacerlo, y por eso prefiero acabar aquí la historia.

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