EL CUENTO DE BLANCANIEVES Y LOS SIETE ENANITOS PARA MAYORES

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Ahora le llamaban Sabiondo, porque había aprendido en esas noches más que en todos los años leyendo esos extraños libros. LLevaba siempre un gorro amarillo, una camisa roja con un cinturón negro con la hebilla dorada que sujetaba sus pantalones marrones, que ibaan a juego con sus zapatos marrones.

A él le llamaban Tímido, y era porque desde esa noche todo en él era diferente, convirtiéndose en alguien taimado y subversivo, alguien incapaz de contar ese secreto que guardaba para él. Llevaba siempre un gorro morado, con una camisa color crema, sus pantalones eran marrón oscuro, sujetos por un cinturón negro con la hebilla en dorado.

A él le llamaban Dormilón, cuando nunca lo había sido, pero desde esa noche, sólo quería volver a soñar con ese momento… Por eso estaba siempre intentando buscar el sueño. Llevaba siempre un gorro verde, con una camisa naranja, y un cinturón negro con la hebilla dorada que sujetaba los pantalones rojos.

A él llamaban Mudidto… Es verdad que nunca había sido muy hablador, pero desde aquella noche no volvió a soltar palabra alguna. Llevaba siempre un gorro morado, y una camisa verde, que le llegaba a los pies, sujeta por un cinturón negro, con la hebilla en dorado.

Mocoso era un nombre raro, es verdad, pero así le llamaban, y todo por culpa de ese resfriado que cogió aquella noche en el bosque. Llevaba un gorro color crema, con una camisa color malva, sus pantalones eran marrones, sujetos por un cinturón negro con la hebilla en dorado.

Bonachón había disfrutado tanto de aquello que desde entonces todo lo que pasaba en su vida era recibido como un regalo. Para él todo era especial, y todo estaba relacionado con aquella mágica noche. Llevaba un gorro marrón, a juego con una camisa marrón atada con un cinturón dorado con la hebilla en dorado para sujetar sus pantalanos azules.

Gumersindo llevaba un gorro marrón, a juego con sus pantalones marrones, sujetos por un cinturón negro con la hebilla en dorado y una camisa roja. Sus zapatos, como los del resto, eran marrones. Era Gumersindo el único al que aún no habían cambiado su nombre, pero a partir de la noche siguiente todos le llamarían Gruñón.
El pobre Gumersindo sería el único que no se adaptaría a no volver a amar y disfrutar del cuerpo endiablado de aquella bella muchacha, como todos hicieron después de aquella noche de sexo desenfrenado que Blancanieves regaló a cada uno de sus siete enanitos…
Y es que Blancanieves, en la cama, era mucha Blancanieves.

DEDICADO A LEUCINIO, EL MAYOR DE LOS ENANITOS.

¿Crees en los milagros?

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Los entendidos le llaman “el milagro de la piel” y es un milagro muy raro – como todos ¿no? – pero este es especialmente raro porque es un hecho que, aunque ocurre muy a menudo, sólo dos puedan verlo: Él y ella… Nadie más.

FOTACA

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Hay gente que no tiene el don de la poesía porque no se puede tener “to”.
Y es que, querida, en esta vida no se puede ser poetisa y también musa…

Saltar la valla

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Entre sus labios – los de él y los de ella – siempre hubo una valla, tan imaginaria como alta, que los separaba… Y ninguno se atrevió jamás a saltarla. Él, al menos, lo intentó antes de retirarse, pero ella no se atrevió… Ella se sentía segura al otro lado de la misma.

Bulos de la época sobre la muerte del poeta

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Son muchos los testimonios y noticias trufadas de confusión, algunas de ellas completamente falsas y disparatadas, que relataron la muerte de Federico García Lorca durante la Guerra Civil. Una de estas informaciones fue la que dio el diario Ahora el 18 de septiembre de 1937, titulada “Como murió Federico García Lorca” y con el subtítulo de “Federico fue cazado a tiros por la Guardia Civil de su romance”. La información prometía, a tres columnas y destacada. En el cuerpo de la crónica se destaca que el mismo testimonio fue recogido por “nuestro colega de Valencia Adelante”, quien recogió el testimonio de un evadido de Granada. La noticia no tiene desperdicio por su carga de simbología y alimento exagerado de la animadversión de la Benemérita hacia el poeta motivado por la autoría del Romance de la Guardia Civil y también como enaltecimiento de los valores de la República y la lucha antifascista. Puede ser uno de los primeros usos en prensa del tópico lorquiano, ese que lo describe como defensor de los gitanos, autor del romancero y crítico con la Guardia Civil, lo que dio lugar a su asesinato. “Tienen, por eso lloran de plomo las calaveras”. Con este verso del romance benemérito del poeta se inicia el encendido relato del ‘evadido de Granada”. “Murió Federico asesinado que era poeta y libre, y murió precisamente por esto, saliendo de su Granada entre luces que se iban y sombras que llegaban”, destaca no exento de lirismo la noticia de Ahora en la entradilla.

Este testigo destaca con intensidad que Federico no fue asesinado, sino que “fue cazado a tiros por la Guardia Civil”. El joven, cuya conversación fue recogida por Adelante, relata que se encontraba de guardia en el puesto cuando vio que “entraba en el cuartel un muchacho joven. Estaba pálido pero caminaba sereno. Era Federico García Lorca”. En ese instante comprendió “la tremenda tragedia que se ceñía sobre él. García Lorca tenía firmada su sentencia de muerte al firmar el famoso romance de la Guardia Civil”. Según el mismo relato recogido por Ahora, el joven narra que a Lorca lo había localizado en la Legación de Francia, de donde lo habían conseguido sacar sirviéndose de “algún ardid” para trasladarlo al cuartel de la Guardia Civil “entre un piquete de civiles”. El testigo dice figurar también entre los miembros del piquete y salieron de noche en coche en dirección a Padul. “La caravana siniestra se detuvo a dieciocho kilómetros de Granada”, continúa el relato. “Eran las ocho de la noche cuando bajamos de los coches. Los faros de éstos (sic) fueron enfocados contra el que marchaba a la muerte. Su silueta se recortaba en el fondo de la noche. El piquete se situó detrás de los faros, desde no era visto desde fuera de la luz”. Nada más lejos de la realidad esta oscuridad descrita por el testigo, pues Federico García Lorca fue asesinado en el mes de agosto, y a las ocho de la noche ni siquiera ha atardecido y el sol luce con intensidad, pero el lirismo y la mancha del tópico trufa toda esta nota de tal modo que hace bueno aquel dicho periodístico de que “la verdad no te estropee una buena noticia” o un buen relato.

“García Lorca marchaba seguro, con magnífica serenidad. De pronto se paró, se volvió cara a nosotros pidiendo hablar”, describía la escena este testigo anónimo. Lorca se enfrenta a sus verdugos y decide pronunciar sus penúltimas palabras. “Aquello causó profunda sorpresa, especialmente al teniente Medina, que mandaba el piquete”, añade la crónica. En ninguna de las investigaciones realizadas hasta ahora sobre el asesinato del poeta aparece un tal teniente Medina de la Guardia Civil, y quizá el único parecido de esta versión de los hechos se encuentre en lo que le relataron al hispanista Gerald Brenan, a quien le confesaron que a García Lorca lo asesinaron en la Vega de Granada, misma versión que también le ofrecieron al también escritor británico Laurie Lee.

Lorca se dirigió a su piquete, “con firmeza y voz segura. No eran sus palabras de flaqueza o invocando el perdón. Eran palabras viriles en defensa de lo que siempre amó: la libertad”. El relato prosigue con el alegato lorquiano a quienes se disponían a asesinarle. “Aquellas palabras pronunciadas con el fuego de la exaltación produjeron una tremenda turbación en todos los que sostenían los fusiles”, dice el testigo. “Para mí fue como una luz penetrante que se clavó en mi cerebro”, confiesa. “Y el poeta siguió hablando… Pero su voz quedó entrecortada” y en ese momento el “teniente Medina, lanzando tremendas blasfemias, disparó su pistola y azuzó a los civiles contra el poeta”. “El espectáculo fue terrible. A culatazos, a tiros, se lanzaron -algunos quedamos sin poder siquiera movernos por el terror que nos producía la escena- sobre García Lorca, que huyó perseguido por una tremenda lluvia de balas”, describe Adelante. “Cayó a unos cien pasos. Ellos siguieron tras él con idea de rematarle. Pero surgió la figura de Federico. Se levantó, sangrando. Con ojos terribles miró a todos, que retrocedieron espantados. Todos los civiles subieron a los coches. Sólo quedó frente a él aquel teniente que empuñaba su pistola. García Lorca cerró sus ojos para siempre y se desplomó sobre la tierra que había regado su sangre”, relata el testigo en Ahora. El final describe la crueldad y ensañamiento del tal Medina, quien “avanzó rápido y descargó sobre el infortunado Federico tres cargadores completos. Allí quedó el poeta insepulto, frente a su Granada”.

El relato bien podría ser uno más de los Lorca-ficción que circularon por la época, un periodo lleno de rumores, de noticias falsas y de testimonio fruto de la distorsión del boca a boca pleno de fantasía y del discurso del momento. La única relación de Padul con la muerte del poeta de Fuente Vaqueros se cierne sobre uno de los protagonistas verdaderos de la sublevación militar: el comandante Valdés, jefe de los sublevados fascistas en Granada. La criada de Valdés es originaria de Padul, localidad que elige el militar para pasar un tiempo tras solicitar en los días de la sublevación la baja por enfermedad. Valdés usó esta supuesta estancia en Padul como coartada en caso de que hubiera sido abortado el alzamiento. Se da la circunstancia de que el domicilio de la convalecencia en Padul de Valdés era el del bisabuelo del investigador lorquiano Miguel Caballero y la criada era su tía abuela. “Valdés le ofreció a mi bisabuelo en pago por la cesión de aquella casa para su ‘convalecencia, y a modo de premio, dos cortijos de los incautados a los desafectos al régimen. Naturalmente mi bisabuelo no lo aceptó”, comenta Miguel Caballero.

La certeza es que Padul fue una localidad con una gran mayoría de afines a los sublevados e incluso antes del alzamiento dio pruebas de ello. Fue en Padul donde el socialista Fernando de los Ríos, quien fuera ministro de Justicia e Instrucción Pública y amigo de García Lorca, tras un mitin su coche fuera tiroteado por un grupo de fascistas, un incidente del que salió ileso.
El recorte del periódico Ahora es uno de los muchos textos perdidos de la prensa del momento y que se ha podido conservar y recuperar gracias al legado del periodista Jaime Menéndez Fernández ‘El Chato’ (Sobrerriba, 1901-Madrid, 1969), amigo de García Lorca, a quien conoció en Nueva York, ya que fue el primer español en formar parte de la redacción de The New York Times. Este legado, con importante documentación y fondos bibliográficos, es conservado por su nieto Juan Manuel Menéndez, quien ha recuperado la Agencia Febus y es autor de La epopeya del ‘Chato’. Del New York Times al campo de concentración de los Almendros

Huellas invisibles

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¿Sabes? A veces no hay que dar pasos para que las huellas se queden marcadas en tu camino. Y eso es lo que has hecho tú, dejar huellas sin mover uno sólo de tus pies