La verdadera historia de la bella durmiente

wpid-fb_img_1428467089695.jpgÉrase una vez un país muy muy pequeño donde vivía un joven arrogante al que todos llamaban Adonis. No había un príncipe más guapo en reino alguno que Felipe, el hijo del Rey Huberto… Tampoco lo había más simple y con menos gracia. Felipe era tan guapo como vacío, y eso – puedo aseguraros – que no era un buen arma para conquistar a una doncella más allá de la primera noche de cualquier baile… Tampoco parecía importarle mucho pues para él una joven – doncella o no – no era sino otro objeto para la diversión más inmediata.
Un día, cansado de conquistar mujeres en la primera cita, decidió dar un paso más y salir en la búsqueda del verdadero amor, ese que sólo podría encontrar más allá de sus fronteras.
Las habladurías de palacio hicieron llegar a él la historia de Aurora, esa bella joven cuyo maleficio hacía imposible que pudiera despertar de ese sueño eterno del que sólo podría despertar si un verdadero y apuesto príncipe la besaba en los labios.
Es verdad que Felipe era tan vago como soso y guapo, pero más verdad era que su arrogancia podía con todo, y fue cuando uno de sus amigos de la corte le habló de ella, cuando supo que esa misión imposible de la que todos hablaban no era sino para él.
¿Quién mejor que el hombre más bello de todos los reinos para acabar con la maldición de esa joven? Si lo conseguía sería reconocido por fin como lo que realmente era: el hombre más apuesto del mundo entero.
Así, sin pensarlo más, salió al encuentro de la princesa Aurora, a la que llamaban la Bella Durmiente. Es verdad que tardó más de lo esperado, y es que allá por donde pasara todo el mundo organizaba una fiesta en su honor… En honor del hombre más apuesto del mundo.
Tal era la belleza y la fama que le precedía que, antes de que llegara al palacio del rey Estéfano, toda la corte andaba esperando ya a ese príncipe tan apuesto ante el que Aurora no tendría más remedio que despertar.
Cuando Felipe llegó a la corte todos le estaban esperando, incluido el rey, que le agasajó con todos sus honores. Las muchachas se agolpaban para verle, comprobando que realmente era tan bello como decían, y los hombres envidiaron tanta admiración.
Ante tanto jolgorio el propio Felipe olvidó a Aurora, dejándose llevar por la algarabía de su llegada, y disfrutó de una fiesta en la que, una vez más, volvía a ser el actor principal. ¡Cómo le gustaba aquello!
Pasadas varias horas de comida, bebida, baile y miradas hacia unas y otras, fue el propio rey quien le condujo hasta el aposento de la bella Aurora, que dormía sobre una cama con dosel que parecía hecha de oro.
Al verla no le pareció especialmente bella, pero eso daba igual. Él estaba allí para otro menester: él había ido allí para demostrar a todo el mundo que no había conjuro de bruja alguna capaz de competir con su belleza y su hombría, y así, sentándose a su lado, la besó en los labios, no sin antes enjuagarse la boca con su elixir de la perfección – como él lo llamaba.
Al besarla la princesa Aurora movió sus labios, y él esperó pacientemente, peinando sus propios cabellos para que esa joven se emocionara nada más verlo.
Los ojos de Aurora comenzaban a moverse. El milagro que todos esperaban sucedía, y Felipe mojó sus labios con su propia lengua mientras le decía a Aurora: “Despierta bella durmiente que tu apuesto galán ha venido a salvarte. Cuando abras los ojos y me veas comprobarás que los milagros existimos”
Cuando Aurora abrió los ojos vio a ese bello hombre frente a ella. El rey Estéfano y los demás miembros de la corte celebraban emocionados el despertar de la joven, y Felipe les miraba sonrientemente halagado una vez más por su propio don natural.
– Despierta princesa, tienes la suerte de tener ante ti al hombre más hermoso de la tierra. Abre tus ojos.
Cuando Aurora abrió los ojos completamente, le miró, cogió las mantas que había a sus pies,, le sonrió amablemente, se dio la vuelta y se tapó prefiriendo seguir durmiendo un ratito más.

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