¿Vuestras miradas duelen?

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Vuestras miradas duelen.
Un día, sin nada buscar, encontré tus ojos, querida mía, enmarañados en una selva extraña en la que las lianas impedían el avance que perseguían. Tus ojos, esos que creía tan míos como tuyos, pasaron de largo, sin detenerse en el andén de mi mirada, y avanzaron en círculos hasta detenerse en las ramas de otro árbol que había en el bosque de nuestras vidas.
Y esos ojos, que no eran los míos, como me hubiera gustado, encontraron los tuyos y juntos, furtivos, escaparon de aquel lugar que, desde entonces, quedó desierto. Fue entonces cuando mi corazón se detuvo, mientras esas miradas se hacían puñales y lanzas que se clavaban en mi espalda.
Desde ese mismo momento deseé salir de esta tumba cerrada en que convertiste mis largas noches de soledad, esas en las que tú ya no estás y en las que duermes soñando con otros labios, y deseé también volar, y alejarme de esta almohada compartida que dejó de ser de seda y se convirtió en piedra dura.
Noche tras noche, desde aquel día que descubrí vuestro secreto, me recosté sobre la gélida cama del dolor, y en ella duermo, a tu lado, pero más lejos de ti cada noche que pasa, dominado por el insomnio nacido de las torres derruidas de mi dicha, esa que derrocaron los macabros proyectiles de vuestra más cruel mentira.
Otro día, buscando esas vuestras miradas que creías secretas, observé que otro tren se detuvo en el solitario andén de mi triste estación. Allí, a través de los cristales limpios de un elegante vagón, encontré otra mirada. Esa no era vuestra, ni para vosotros… Esa era para mí, y en ella me detuve.
En esa mirada comprobé, no sólo que sabía todo lo que hacíais a nuestras espaldas, sino algo más… Encontré allí el consuelo que buscaba mi dolor, sus ojos se hicieron labios, y su sonrisa desterró todos los pesares que tú habías fabricado.
Jamás esperé que el feroz tiempo de mi venganza se fraguara tan dulcemente, pero esa mujer me demostró que no hay libro que merezca la pena no querer leerse hasta el final. Fue ella quien me demostró que cuando un libro se termina el dolor es efímero porque hay otros libros que, posiblemente, serán hasta mejores si les das una oportunidad.
Esos ojos me miraron como tú nunca habías hecho, y fue entonces cuando comprendí el engaño… El tuyo, y el mío.
Ahora mi corazón dolorido arranca a latir de nuevo, y vuestras miradas duelen menos… Mucho menos. En realidad ya no sé si duelen.
Sé que nunca me contarás eso que yo ya sé. Tampoco yo te contaré jamás eso que espero que tú nunca sepas, y es que mis ojos han encontrado otros ojos.
Aún no ha pasado nada entre nosotros, pero sé que pasará… En realidad está pasando ya. Sucede cada día que nos vemos y nuestras miradas hacen que todos los demás desaparezcáis de la faz de la tierra.
¿He dicho que vuestras miradas duelen? ¡Ya no!

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