¡DEVUÉLVEME A MI MUJER!

IMG_47698065663532Consta acaba de cumplir los setenta, y aún lucha para sentirse joven… También lucha para no sentirse derrotado… Aunque, realmente, ya no sabe bien para qué lucha. Son sus fuerzas, esas mismas que un día transportaban los vagones de su ilusión, las que ya empiezan a abandonarle, perdiéndose por unas colinas oscuras que él teme recorrer porque ahora sabe que tendrá que hacerlo en solitario.
Vestido con un pijama de rayas que le regaló su hija, su Palomita, hace ya más de diez navidades, intenta no moverse sobre esa cama, cada vez más grande y solitaria. Cansado también – cada vez más – divaga por los pensamientos de una mente que ya no sabe lo que desea y que, simplemente, se deja llevar por los acontecimientos que le van rodeando y que a él ya no le apetece crear.
Son ya muchos meses – casi años – durmiendo en el pozo más oscuro de la soledad, deseando conciliar esos sueños de colores veraniegos, manchados de sabores de vainillas y fresas, que refrescaban sus noches de verano. Son muchos también los años que lleva rogando por despertar entre amaneceres rociados de laureadas auroras como las de antaño, cuando su vida era suya, y él era quien decidía.
Acostado, junto a ese fantasma que aún ama, intenta averiguar el terrible sentimiento que arrastra y que no termina de cobijar, para no hacerlo suyo del todo. Consta piensa que no haciéndole caso, o intentando ignorarlo, dejará de existir. Poco a poco se va dando cuenta de su error. Y ese error es terrorífico, como la noche que le cobija, como el aire que no puede respirar, y como ese tétrico sonido a olvido que viaja por la habitación. El olvido suena a nada… Tan a nada que se hace estridente. Y antes de naufragar y hundir el barco de su pensamiento prefiere agarrarse a su débil lucidez antes de que desaparezca… Porque Consta sabe – eso es lo peor – que, tarde o temprano, desaparecerá.
Ya está cansado de… ¡En realidad de todo!. Pero, sobre todo, se siente cansado de esperar fechas que no volverán, mientras más lágrimas entrelazadas salpican los adentros, cristalizándose misteriosamente, llevándole al aislamiento… y a la desidia. Y en esa cama, antes compartida, no se mueve para no sudar, y no pasar así más calor en esa horrenda noche de Agosto.
¡Cómo cambian las cosas! – piensa Consta, recordando lo hermosa que hubiera sido una noche tranquila como esa, cuarenta años atrás… incluso menos. En una noche como esa, alargaría su mano por entre las sábanas y encontraría la mano quieta de su esposa, y la acariciaría, y subiría por su codo – haciéndole esas cosquillas que tanto le gustaban – y después viajaría por el atlas de su anatomía, en silencio, con delicadeza, con suavidad… sin buscar otra cosa que el simple placer de imaginar cada sonido nacido al contacto con su piel. Quizás hicieran el amor. O puede que sólo se besaran. Posiblemente sólo disfrutaría de su desnudez, iluminada por la tenue luz azulada que entrara por la ventana, convirtiéndola en un cuadro de su admirado Degas.
Eso era ella entonces, en esas noches de silencio: un cuadro de Degas. Y no se cansaba de mirarla, de imaginarla, de viajar por sus rubicundos labios de fruta, de fijar su mirada en esas caderas de carnes azules, y de aspirar esos aromas que desprendía su desnudez a través de los lienzos de la piel veraniega. Y como el propio pintor dedicó al desnudo de su esposa una búsqueda realista de todas las actitudes posibles, en la infinita variedad de posturas en las que la mujer atiende al cuidado de su cuerpo. Un placer inigualable era también observarla en el baño, iluminada por el agua. Más placentero era observarla en el desalojo del agua de su piel, y en el peinado tranquilo de su mesado cabello… pero nada comparado con verla dormir, ajena a todo, dibujando siluetas tranquilas, y haciendo de su cuerpo un desierto ondulante.
Y en las noches, entre tanta oscuridad, siempre se hacía la luz en su interior al presentirla a su lado, al abrir los ojos y comprobar que realmente existía la realidad de sus sueños. Nada había como despertar y ver que el sueño seguía… Otras noches como esa, simplemente se levantarían de la cama y pasearían junto al mar, descalzos por la arena… sin importarles nada. Ni siquiera ellos mismos. Y después se amarían toda la noche, en silencio, relatando historias que no necesitaban palabras, y dibujando cuadros, invisibles para otros ojos.
Así de felices eran entonces, cuando nada más importaba, cuando podía permanecer noches enteras observándola en silencio, cubriendo su cuerpo con el manto de la noche, y temiendo siempre su despertar. Pero esas noches se fueron ya. Y ya no volverán, aunque ruegue. Una lágrima que no ha nacido en sus ojos penetra a través de la garganta, provocándole un extraño nudo al recordar aquellas estampas bañadas con olores color vino, y rodeadas de suaves brisas marinas. Tumbado en su fría cama, junto a una esposa ausente, piensa en otros años más felices, cuando él era el centro del universo de la buena de Paquita… Al menos cuando compartían la lucidez del insomnio.
De sus sueños nunca habló. Nunca los compartió con él. Tampoco quiso nunca hacerlo. Le bastaba con disfrutarla despierta. El mejor de los sueños comenzaba siempre al despertar ¡Y qué guapa era su Paquita!… ¡y qué cuerpo más bonito que tenía!… ¡y qué embriagadores eran sus olores!… ¡y cómo seguía queriéndola!… aunque ya no estuviera. Pensando en ella presiente una nueva lágrima. La presiente porque la lágrima no ha entrado aún en su cuerpo y ya viaja por su garganta, impidiéndole respirar. Consta comparte cama con la mujer de su vida, el único amor que ha conocido, y por el que estaría dispuesto a todo, incluido entregar su vida… a pesar de que ya hace mucho que se fue de su lado.
Con los ojos abiertos, inmersos en la tenue luz azulada que penetra a través de la ventana, Consta observa esa lámpara de metal oxidado, que un día fue dorado y que porta tres bombillas antiguas. Dos de ellas ya no funcionan. Cuando regrese su hijo le dirá que las sustituya por otras, porque él ya no puede permitirse riesgos como el de subir a una escalera. El silencio que entra por la ventana es casi peor que el ruido del rugir de las motos de altas horas de la madrugada. Ese penetrante silencio, siempre acompañado de esa extraña respiración, le hace pensar que esa mujer ya no es la suya. En cada suspiro se esconde una especie de gemido, un grito silencioso de dolor que se clava en su interior, arrancándole unas lágrimas que ya salen por inercia.
¡Qué bonito era llorar cuando algo dolía! – piensa, perdido de nuevo en esa lámpara en la que intenta encontrar la panacea que le calme – y no ahora, que llora como algo cotidiano, como algo normal, igual que respirar. Consta, preso por su propio desconsuelo, se gira, dándose la vuelta hacia el borde de la cama, sin abandonar el lugar que siempre ha ocupado. Lentamente introduce el brazo bajo la almohada y deja que sus largos dedos lleguen hasta el cabecero, dispuesto a entregarse al sueño que necesita.
¡Cómo te quiero, amor mío! – grita en silencio, mirando de nuevo a esa lámpara donde se empeña en fraguar su dolor – ¡y cómo te echo de menos!. Convencido, más cada día que pasa, de que nada puede hacer ya por recuperarla, llora en silencio. Debido a esa terrible impotencia se siente impío por primera vez en su cristiana vida. No comprende ese dolor que nace en su interior… En realidad, lo que no comprende es la imposibilidad de hacer nada para remediar tanto dolor. Es un dolor implacable, inhumano, exigente, inexorable, despiadado… es peor que la misma muerte, a la que ya ha invocado en más de una ocasión.
Nunca temió a la dama negra. Ahora sí. Si él muriera ¿quién cuidaría de ese cuerpo que se ha bebido a su Paquita, llevándosela de su lado? Llorando de nuevo vuelve a echarla de menos. Ella se desvivía por él, y ahora él no es nada para ella. Ella ya ni siquiera le mira, ni siquiera le ve… Él es una parte más de la casa… de cualquier casa. Sus sueños se han convertido en pesadillas difíciles de digerir…
¡Maldito Alzeimer, que me estás robando, poco a poco, a mi adorada Paquita, y con ella, aquel sueño que empezaba siempre al despertar!

4 comentarios

  1. No te voy a perdonar que me hagas llorar.
    Me da miedo la soledad, no quiero vivir en soledad tan solo la casa y yo sin nadie a mi lado,
    Me da miedo las enfermedades terminales, vivir en esa agonía
    Me da miedo el Alzeimer, demasiado triste el no conocer ni recordar quien es uno.
    Triste este texto, me ha dejado rota pues esta pena abarca muchos puntos tristes y lo malo REALES.

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