VESTIR A UN PADRE

¿Cuántas veces me habrá ayudado mi padre a vestir desde el día en que nací? Seguramente es una cuenta que no podría hacer. Podría empezarla, pero sería imposible de terminar.
Y es ahora cuando recuerdo todas esas fotos que retrataron mi infancia, donde estaba él, a mi lado, poniéndome y quitándome ropas que nunca supo quitar ni poner bien, pero que siempre hizo con mucho cariño.
Le he visto vistiéndome al salir de la cuna. También para meterme en ella. Le he visto también vistiéndome para la comunión, para un cumpleaños, poniéndome un bañador, o un pijama de spiderman, otro de naranjito… y aquel del osito Misha, mi favorito.
En cambio yo, tan solo tres veces le he ayudado a él a vestir.
La primera fue hace apenas un mes, cuando todo esto empezó.
Y fue duro verle desnudo – era la primera vez que le veía así, tan… ¿viejo?.
Pero más duro fue cubrir su desnudez mientras él me miraba en silencio, hablando tan solo con unas lágrimas que hacían mucho daño a ambos. La segunda vez fue hace una semana, cuando mamá se cayó de la bañera y no pudo hacerse cargo de él. Esa vez fue peor aún. Su vejez iba ganando batallas a un cuerpo joven que tan solo vivía en mí a través de los recuerdos, y de aquellas fotografías que aún retratan mi alma. Esa vez los dos lloramos.
La tercera, y la peor de todas, es esta de ahora. Aquí estoy poniéndole ese traje oscuro que tanto le gusta, abrochando la corbata a su cuello duro y plegado por arrugas. Y cada botón que cierro de su camisa es una estaca que se clava en mis dedos, en mis rodillas, y en mis brazos, haciéndolos sangrar. También sangran mis ojos, que por primera vez quieren alejarse de mi cuerpo, como mi boca, que ya no dice nada.
Aprieto con fuerza en el nudo que se equilibra sobre su garganta, y callo mientras cierro los ojos. Con los ojos cerrados me siento tan cerca de él que casi soy él. Esta vez él no llora. Esta vez lloro tan solo yo.
Lo peor vendrá después, cuando tenga que meterle en esa caja de madera marrón que ya está abierta… esperándole, y donde se quedará un solo cuerpo, pero, al menos, dos corazones.
Y es ahí donde terminará esta cuenta. Tres veces he vestido a mi padre. Y ya no habrá una cuarta.

josa

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