Cuando Juan llegó a la playa todo parecía apuntar a un día más de ese largo invierno, recién terminado. La vida le había vuelto a jugar una mala pasada, esta vez en forma de infidelidad, y aún seguía triste y abatido por lo que sería el nuevo empezar de una nueva vida. Sabía que la playa le ayudaría a empezar de nuevo, a pensar con tranquilidad y entusiasmo, y por eso se fue allí, al único lugar donde todo volvía a empezar.
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Tardó en darse cuenta. Su prioridad era su hijo, como siempre, pero había algo en aquella manera de brillar el sol sobre el agua azul que invitaba a un nuevo ataque de juventud, tan necesaria en su vida en esos momentos. Él nadaba ajeno a ello, vigilando las brazaditas de su pequeño, pero un halo rubio se dibujaba en un horizonte muy cercano. De repente, como si de un eclipse se tratara, pero de esos que hacen que sea el sol el que tapa a la luna, apareció ella frente a él, vestida con un elegante bañador de lunares, y con un cuerpo majestuoso y moreno.
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Desde ese momento todas sus penas desaparecieron, y sus desilusiones, y se quedaron a vivir en el menjuto rostro de ese ángel que tampoco parecía ser un desdén de felicidad y dicha. Aburrida, melancólica, y solitaria, tomaba el sol, tumbada en la caliente arena, prestando atención a la figura de ese hombre, que también pareció llamarle la atención. Le sonrió. Él le devolvió la sonrisa, y ambos volvieron a su tristeza.
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Juan saltó al agua, y ella, sin saber porqué, hizo lo mismo. Separados por mucha distancia líquida e incolora, ambos nadaron, imaginándose juntos, sin saber porqué, pero así fue… De repente, ambos, se sintieron borrachos de sol y de calor, y desearon unir sus cuerpos – repito que sin saber porqué.
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Temerosos, emocionados y repletos de una nueva vida, siguieron mirándose con miedo, pero también con emoción. Se sintieron dos almas gemelas, dos delfines que necesitaran sumergirse de nuevo y escapar de esa vida que a ninguno le apetecía seguir viviendo allí fuera.
– ¿vienes bajo el agua? – le dijo él, guiñándole un ojo
– sí que voy – contestó ella, con una mueca en sus labios
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Juan se sumergió, y esperó largo rato bajo el agua. Ella al ver que no subía a la superficie, miró asustada hasta que lo vio salir.
– ¿No vienes? – le dijo él, sonriendo aún, y volviéndose a sumergir.
Ella miró a su sombrilla. Su aburrido marido dormía – como siempre – y sin pensarlo dos veces se sumergió y nadó hasta él.
El beso fue… ¡Indescriptible!
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Después del beso subieron a la superficie otra vez. El silencio de allí abajo desapareció, y con él, la tristeza anterior… Ahora, después de ese extraño y mágico beso, todo parecía diferente… Más luminoso… Y Juan, al grito de su hijo, salió del agua y le abrazó y jugó con él.
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Durante el resto de la tarde no volvieron a sumergirse, pero no hubo otra cosa que hubieran deseado hacer…
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Juan se marchó con su hijo, y la que parecía su madre – la abuela del niño. María, que así se llamaba ese ángel rubio, le miró desde la orilla. Juan la miró también, y le sonrió antes de marcharse… El mejor verano de su vida estaba a punto de comenzar, pero él no lo sabría hasta que acabara.

Por suerte, aún quedaba mucho para eso. Era sólo tres de Julio.

EL VERANO Y EL AMOR

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¿Qué pasa cuando por fin es verano, estás frente al mar deseado durante todo el año y descubres que no es esa la playa donde quisieras estar baňándote?¿es entonces cuando comprendes eso del amor…? ¡Qué cosas tiene esto del verano y del amor!

NADA QUE PERDER

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– Tengo que avisarte – dijo ella – todo el que ha jugado a este juego conmigo ha perdido. ¡Todos!
– juguemos – dijo él.

Abuelos de playa

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Quisiera tener con los míos la paciencia de ese hombre. Lleva jugando con su nieto una bendita hora, y eso que el chaval no le devuelve ni una bien… Aun así, el hombre sigue sonriendo… Y jugando, yendo a por la pelota de las narices una y otra vez mientras el jodido niño se ríe…
Me han dado ya tres veces ganas de levantarme, quitarle la pala, y decirle al crío: “niño, es así, así… cojo…”

Bendita paciencia… La del abuelo
¿y la mía… Dónde está?