Especial besos de verano

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La tensión que siempre hubo entre ellos ahora se mezclaba con otros muchos sentimientos que ninguno era capaz de hacer detener en la ruleta de su pensamiento. Ella nunca había querido quedarse a solas con él, a pesar de saber – sólo lo sabía ella – que la idea hubiera merodeado por su cabeza muchas veces. Ninguno sabía cómo había pasado pero ese día sí que lo estaban. Ella, sentada sobre ese sofá, observó su nerviosismo y su miedo, y, sin saber cómo, ni por qué – en realidad sí que lo sabía – se sintió poseída por un extraño y poderoso deseo que no sabía cómo detener, ni tampoco cómo nutrir.
Aquello parecía “una partida de mus” y él estaba en desventaja porque nunca había sabido jugar.
Ella, controladora de todo lo suyo, empezaba a perder el rumbo de ese juego, y no sabía cómo leer ese radar que le indicaba de un peligro que – eso sí – no parecía nada peligroso… Al contrario.
En la radio sonaba esa canción de saxofón que tanto le gustaba. Él, que bien que lo sabía, no dudó en ponerla para que sonara varias veces, no siempre seguidas, intentando así despistarla… Sabía que esa canción crearía el ambiente propicio. El salón estaba en una extraña calma caótica. Las copas de vino manchaban la mesa de madera, varios platos aún guardaban restos de una ensalada recién tomada, y ese olor a vino y a ellos terminaron por dejarla sin el control necesario para hacer frente a una situación que se le acababa de escapar de las manos.
Estaban solos, en esa casa, en ese salón, como siempre habían deseado en el fondo, pero como nunca se habían atrevido a estar, y ambos fueron presas de ese nerviosismo que apenas les proponía decir dos palabras seguidas. Ni siquiera se atrevían a mirarse, pero se sentían bien… ¡Extrañamente bien!
Pasaron los minutos, sin decir nada coherente, y ella, sabedora de que él no sería capaz de decir nada, decidió dar un paso más para poder alejarse de allí. Eso es lo que quería ella, salir de allí huyendo, aunque en el fondo quisiera estar anclada también.
– ¿Qué te pasa? Estás muy nervioso
– sí que lo estoy sí – dijo él
– pero ¿por qué?
– porque estamos solos, y cuando estamos solos me pasa esto.
Ell calló, y apartó su mirada. De repente no supo qué decir, o hacer, y decidió cerrar los ojos y dejar que fuera su pensamiento el único que hablara.
– ¿Deseas besarme? – dijo ella, dejándole boquiabierto y sin capacidad de respuesta
– siempre lo deseo – dijo él, mirándola directamente, tan cerca como nunca había estado
– ¿siempre? anda, anda, qué exagerado que eres
– sabes que no – dijo él, con la mirada perdida en la copa de vino que ya se había bebido
– ¿Tanto lo deseas?
– prefiero no contestar para no mentirte
– ¿mentirme? ¿por qué me ibas a mentir?
– a veces es mejor mentir que asustar…
– está bien – dijo ella, poniéndose de pie, cogiéndole de las manos, y ayudándole a levantar – si quieres que nos besemos lo haremos
– yo no quiero que nos besemos
– ¿ah no?
– no, yo quiero que los dos queramos que nos besemos
– Sabes que no puede ser, pero creo que uno sí que podemos darnos. Es más, creo que nos lo debemos
– yo también
– este será el único beso que nos daremos. Solo nos besaremos una vez… Creo que es justo que lo hagamos. Pero solo uno ¿te parece bien?
– es lo que llevo deseando hacer toda mi vida, desde que te conocí
– ven, y no digas nada.
Entonces él se acercó a ella, la abrazó, apretó sus manos a su espalda, acarició su piel trigueña, perdió su nariz entre su pelo amarillo, y aspiró y aspiró deseando llorar, hasta que estuvo a punto de marearse. Ella esperó el momento, asustada también, pero él sólo se abrazó. No hizo nada más.
– ¿y ese beso? – preguntó ella, mirándole a escasos dos centímetros – ¿no lo quieres?
– ahora no – contestó él
– no lo entiendo
– Si solo va a ser uno no quiero que sea ahora. Si solo va a ser uno no quiero darlo todavía… No quiero que ese beso acabe nunca, y si te lo doy ahora ¿qué me quedará después? ¿Nada?
Y siguieron abrazados, y ella, al fin, entendió todo.

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