EL BAILE PROHIBIDO

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Durante toda la fiesta la deseó como sólo se puede desear un amor platónico y verdadero. Ella lo sabía – de hecho, siempre lo había sabido – pero ese día la mirada de ese hombre a través de esa máscara de porcelana se hizo tan intensa que casi se hizo también dolorosa. Cada mirada era un beso en la boca, y no en los labios; cada sonrisa forzada bajo la careta una caricia en sus muslos, y cada acercamiento mientras bailaban era como sentirle dentro de ella… Ese día, a diferencia de muchos otros – ¿sería esa la magia de los disfraces? – ella también deseó guardar los labios entre los suyos, y dejarlos dormir, y que nunca más despertaran, pero no supo cómo hacérselo saber… ¡Ella no era de ese tipo de mujeres! – pensó. Ambos supieron de la imposibilidad del acercamiento, y se conformaron – una vez más – con mirarse de lejos, con hablarse en silencio, con besarse en la distancia, como llevaban haciendo casi desde el día en que se conocieron. En mitad de la fiesta, cuando ella regresó del baño, echó de menos su máscara. Por más que la buscó no pudo encontrarla, jurándose haberla dejado allí, junto a su bolso, mientras él sonreía en secreto. Frente a ella había otra máscara, echada sobre su ropa, pero no era la suya… Al mirarle de nuevo lo comprendió todo. Aprovechando que ella había ido al baño éll había intercambiado las máscaras… Ahora ella tendría la de él, y él la de ella. Un gesto de él la invitó, y, sin dudarlo, se la puso, y pudo oler a él, sentir sus labios, y mojarse en su piel… Mientras bailaba no podía dejar de mirarle. Quiso posar su copa en la barra, acercarse hasta él, y colocarse frente a él, con las piernas separadas, desatar el cinturón de su disfraz y dejarlo caer al suelo y quedar completamente desnuda para el. ¡Si él supiera lo desnuda que estaba bajo esa sábana que cubría su piel…! Deseó sentarse a horcajadas sobre él, contoneándose exageradamente. Él no ofrecería ninguna resistencia y no se sorprendería siquiera por esa repentina toma de iniciativa. Besaría sus párpados, sus labios, su frente, mientras sus manos subirían a lo largo de su espalda. Lamería su piel limpia y suave, incluso lavaría todo su cuerpo solo con su lengua, lentamente. Después descendería por su cuello, le besaría el pecho y le lamería entero, delante de todos…. Mirándole, jugando, ella podía sentir cómo él también se abandonaba al placer de aquella situación, cómo se dejaba hacer a través de su lujuriosa mirada. Ella lamía y besaba todo lo que encontraba a su paso: su dulce piel, sus definidos músculos… Él le atraía hacia él con tanta fuerza como dulzura. Las manos de ella preparaban la llegada de su boca, con ellas descendían cada vez más. Ya junto a él, alzó, buscó su boca, le besó con fogosidad y se puso de espaldas, tan pegada que podía notar toda su excitación. Excitadísima se imaginó volviéndose, desnudándole también y besando su vientre, y cómo su lengua empezaba a describir círculos a lo largo de su vientre. Sus manos – las dos – se perdieron entre su masculinidad, y apretó lo suficientemente fuerte como para sentir que se revolvía de placer. ¡Dios! – le deseaba tanto, y él a ella, que cualquiera de todos esos que les rodeaban podrían darse cuenta sólo con mirarles, y decidió parar ese juego que tan loca la estaba volviendo… Cuando se marchó volvió a mirarle una vez más. Él ya no tenía la máscara… Ella tampoco, que la llevaba guardada en su bolso. Casi lloraron, pero prefirieron regalarse una última y cómplice sonrisa. Ya acostada recibió un mensaje en su móvil. Miró a su esposo, al otro lado de la almohada, comprobando que estaba dormido, y encendió la pantalla: “Ahí llevas las dos máscaras. Júntalas, que pasen la noche como no podremos hacer nosotros… ¡JUNTAS! Se levantó emocionada y corrió hasta el salón. Al abrir el bolso las vio, las llevó a su cuarto y las dejó sobre su tocador, donde pudiera verlas toda la noche… Fue entonces, justo en ese momento, cuando empezaba el sueño más intenso de su vida…