EL CUENTO DEL NIÑO MÁS LISTO DEL MUNDO (Y SU MADRE)

Manneken-PisDecenas de chavales corren por las calles colindantes al colegio. Unos en dirección norte, otros por el este, otros por el oeste. La mayoría por las dos calles que bajan hacia el sur. Uno de esos niños corre con sus dos primos, con los brazos en cruz, simulando estar volando sobre una avioneta. A decir verdad, ellos mismos son la avioneta.
Cortando el aire con sus caras imberbes bajan la calle y cruzan el amplio descampado donde, a veces, juegan a fútbol. El niño sigue corriendo tras sus primos. Es el más lento. Siempre lo ha sido.
Uno de ellos se detiene antes, adentrándose en una librería. Él se queda varias casas más abajo. El tercer primo sigue corriendo, y él puede seguir oyendo el ruido de su motor mientras se adentra en la casa, y sube las escaleras.
Los escalones los sube de dos en dos. Solo al principio. La pesada cartera que cuelga de sus hombros está repleta de libros de texto, libretas y lápices de todos los colores, y pesa demasiado.
Cuando el niño atraviesa la puerta entreabierta, la luz del exterior ilumina el amplio hall de la casa. Dejando caer la pesada cartera sobre el suelo, junto a la mesa rojiza que hay a la entrada, corre hasta la cocina llamando a su madre.
En la cocina, de espaldas a él, la madre unta la mantequilla sobre el pan. Al lado, dos lonchas de chorizo esperan para dormirse entre el migajón.
– Mamá, mamá, mamá
– ¿qué pasa querido? – pregunta la madre, sin apartar la mirada del bocadillo y agachándose para recibir el beso de su hijo
– no te vas a creer lo que ha pasado en el cole – dice el niño emocionado. Tanto que no puede evitar ese baile extraño, juntando sus piernas mientras separa sus tobillos
– ve a hacer pis – le dice la madre sonriendo
– no, no… tengo que contarte algo
– no te preocupes, tesoro. Voy contigo.
Mientras el niño recorre el salón, esquiva la mesa y las sillas, y gira en el pasillo, la madre recoge la pesada cartera del suelo y la sube a la silla. Cuando llega al baño ve a su pequeño, frente al váter, cogiendo su “colita” y apuntando el chorro.
– ¿Sabes qué ha pasado en el cole hoy?
– no – contesta sonriendo al verle, casi de puntillas, para alcanzar bien
–Cristina me ha puesto un diez
– ¿un diez? – pregunta, intentando demostrarle su emoción – ¡eso es genial!
– ¿a que sí?
– ¿Y por qué te lo ha puesto?
– porque ya sé decir los siete días de la semana
– ¿ah, sí?
– Sí… y soy el único de la clase. ¿Quieres que te los diga? – pregunta emocionado, entrecerrando los ojos, como buscando un punto de concentración para hablar mientras apunta, lo que hace reír a la progenitora
– dime pues
– los siete días de la semana son cuatro – dice el niño, haciendo un gran esfuerzo para pensar lo que quiere decir
– ¿cuáles son esos cuatro días, cariño? – pregunta, sin poder evitar sonreír
– no son cuatro, mami. Son siete
-ah, vale. Dime pues
– Espera que piense – dice cerrando los ojos y concentrándose – los siete días de la semana son cuatro… Norte y sur
– ¡Muy bien, hijo, muy bien! – le dice su madre abrazándolo mientras él se emociona e intenta subir la cremallera del pantalón.
La madre tira de la cadena, y limpia el inodoro, y el exterior que el pequeño ha salpicado. Él, mientras, se lava las manos observando su sonrisa en el espejo, y se siente mayor… ¡Y tan querido…!
El pequeño se marcha y la madre friega todo el agua que ha derramado sobre el suelo al limpiarse las manos.

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