LA OTRA BLANCANIEVES

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Cuando Blancanieves despertó aquel olor le hizo sentir mal. Su cabeza daba vueltas, las naúseas dominaban su cuerpo, y casi ni podía articular palabra… Y todo por aquel extraño brebaje que los graciosos enanitos le dieron en aquella fiesta sorpresa.
Apenas recordaba nada, y temió. Antes de poner un pie en el suelo, tapada aún con la manta de colorines, hecha con varias mantas unidas de sus amigos, recordó las palabras de su padre, antes de morir: “Cariño, no bebas nunca. El alcohol y nuestra familia no son una buena mezcla”
Al salir al pasillo vio la puerta de la habitación de sus amigos abierta. Estaba oscuro, y le sorprendió ver a los enanitos aún dormidos en sus camas. Las siluetas se dibujaban en la oscuridad.
¡Menuda fiesta nos pegamos! – pensó, bajando las escaleras y acercándose a la cocina para beber agua.
Todo estaba desordenado. Había vasos por todos lados, restos de comida sobre el suelo, pero lo que más le sorprendió fue ver que los animalitos del bosque, esos que dormían en su casa todas las noches desde que ella estaba allí, parecían asustados, todos escondidos sobre las esquinas, mirándola aterrorizados.
Eso le hizo pensar en su madrastra… ¿Estaría por allí?
De pronto, viendo ese cuchillo enorme sobre el fregadero, aún con restos de sangre, comprendió todo…
Corriendo, subió las escaleras y abrió la ventana del dormitorio de sus siete amiguitos, y… ¡Horror!
Los cuerpecitos estaban manchados de sangre, con violentas puñaladas, y en sus gestos aún podía ver los gestos de miedo y dolor.
Blancanieves miró a Mudito, a Sabio, a Gruñón… Sus gestos eran todos iguales, y salió corriendo, vomitando sobre el suelo de madera del pequeño pasillo en el que tenía que agacharse para no golpear su cabeza.
¿Qué podría hacer ahora? – se preguntó asustada – tenía que huir de allí cuanto antes. Otra vez más tenía que marcharse antes de que su malvada madrastra la encontrara. Esa mujer, con la que nunca había hecho buenas migas, no pararía hasta encontrarla para acabar con ella, y por eso puso toda la guardia real en su búsqueda para encerrarla, como hizo con su propio padre. Por suerte había conseguido encontrar a esos amiguitos en el bosque, pero ahora… Ahora tenía que huir de allí. No tardarían en encontrarla.
¡había vuelto a hacerlo! Había vuelto a matar a gente inocente. Y todo por culpa de esa madición familiar que les hacía convertirse en asesinos violentos cuando bebían alcohol en las noches de luna llena.
¡Blancanieves, o Negraflor, como la llamaba su pobre madrastra, tendría que huir de nuevo antes de que la encontraran y la encerraran de por vida! Y eso sí que no. Ella era la princesa, y podía hacer lo que quisiera… No lo que le dijera esa maldita bruja engreída que había usurpado el puesto de su pobre mamá.

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Autor: josamotril

mi blog solo de relatos: http://josaliteraria.wordpress.com

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