Milacro

Juan y Leonor estaban en el rebalaje como todos los días de aquel verano que, desde ese día, sería ya inolvidable. Podía ser un día más. De hecho era miércoles, no festivo, pero como ya no tenían clase ellos estaban en la playa mientras sus padres trabajaban. Aunque pudiera parecer un día más de ese verano de instituto, ese día había algo diferente. Por lo pronto no estaban con el resto de la gente de la pandilla, jugando a las cartas, o a fútbol sobre la arena, sino que se habían quedado a solas, sentados sobre unas piedras, es y compartiendo la misma toalla.

– ¿Sabes lo que me gustaría?
– no, dime
– me gustaría que, un día, alguien especial me besara bajo la lluvia
– jo
– ¿no tienes más que decir? ¿Sólo jo?
– Que llueva que llueva, la virgen de la cueva, los pajarillos cantan…

Ella sonrió, y sucedió el milagro.

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