HACE VERANO

El día estaba tranquilo. O eso creía él a esas tempranas horas del día. Estaban en un lujoso restaurante, uno de esos a los que él nunca podría llevarla. Todo era luz, todo era blanco, todo era perfecto porque ella estaba allí, frente a él, nerviosa, emocionada, y algo distinta. De repente ella apartó la servilleta de su muslo, la llevó a su boca, le miró y limpió sus labios con una exquisitez supina. Él se asustó. Había algo en ella que le hacía parecer otra mujer completamente distinta. Quiso preguntarle qué le pasaba, pero prefirió soñar un poco más. Ella, entonces, miró en derredor. El restaurante de pronto estaba vacío – ¿dónde estaba la gente? ¿acaso no había nadie más? Ella se levantó, le miró sin decir nada, se subió sobre la mesa, y caminó incitadora hacia él, clavando sus rodillas en el mantel y los ojos en su boca… Ella le miraba como sólo ella sabía “no mirar”. Él hacía viajar sus ojos hacia sus labios incitadores, imaginando su mordida; después hacia su mirada felina, que parecía tener dedos que fueran deshaciendo el nudo de su corbata – ¿qué hacía él con corbata? – y hacia ese escote que parecía esconder el secreto de la felicidad, y que se dibujaba como dunas en una playa soleada. Era, sin duda alguna, la mujer más hermosa que sus ojos le habían mostrado jamás. Cuando estaba a punto de llegar a su boca él cerró los ojos. Ella hizo lo mismo, y pasó lo que tuvo que pasar… Pasó lo que pasa siempre que eso pasa: Que él terminó despertándose y ella ya no estaba allí.

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