EL REGALO QUE NUNCA ME HICISTE (finalista en concurso de cartas de dolor y amor)

fb_img_1462634433122Querida Mariquilla:

Recuerdo ahora aquel día en el que todo cambió en nuestra vida… Ojalá pudieras recordarlo conmigo, pero ya no estás.
¡Cuántas esperanzas perdidas aquel fatídico miércoles! ¿recuerdas? ¡Y cuánto miedo los días posteriores lunes, martes, miércoles, jueves…!
Fue allí, en aquella fría consulta de aquel mismo hospital donde nacieron nuestros hijos, y en aquel día nublado – como fueron ya todos desde entonces – cuando por primera vez en mi vida vi llegar el otoño, y cuando, por primera vez, desde que nos conocimos, vimos acabar el sempiterno verano.
Aquel día tú tenías 23, y yo 25… Nada más, pero a alguien le parecieron demasiados.
Recuerdo las palabras de aquel médico diciéndonos que tu amable y querido padre tenía esa desconocida enfermedad terminal, tan maligna, tan cruel, y tan… ¡hereditaria!
Al principio no lo entendimos bien ¿Recuerdas? ¿O acaso no quisimos hacerlo?
– Lo siento mucho, no sé cómo decírselo – dijo el doctor, visiblemente nervioso. Eso nos puso nerviosos también a ti y a mí, que pensamos en la misma palabra
– ¿tiene mi padre cáncer? – preguntaste, sin pensar
– ¿cáncer? – dijo el galeno, esbozando una macabra medio sonrisa que nos asesinó allí mimo – no, no tiene cáncer
– eso es bueno ¿no? – pregunté yo
– no, en este caso no es nada bueno – dijo muy serio, releyendo entre sus papeles, como si fuera incapaz de mirarte a los ojos
– dígame lo que tiene mi padre, por favor
– Verás… Es una enfermedad muy rara en el mundo, apenas diagnosticada, pero al examinar a tu padre…
– ¿la tiene él?
– sí. He estado viendo todos los síntomas y la tiene. Sin duda
– ¿y tiene cura? – preguntamos los dos, sabiendo la negativa a la respuesta
– no, no tiene cura, y su final es muy rápido
– no puede ser. ¿Rápido? ¿Quiere decir que morirá pronto?
– sí, muy pronto.
Tú lloraste y te abrazaste a mí. Yo no pude consolarte porque quería a ese hombre que tan bien se había portado con nosotros casi tanto como tú, y lloré contigo. Después saliste de la habitación. Corriste a la sala de espera para abrazar a tu padre. Yo me quedé allí, frente al doctor. Su mirada me asustó más aún.
– ¿Hay algo más, doctor?
– sí, hay algo más… Mucho más
– dígame, por favor
– verás… El final de esta enfermedad es muy duro, muy doloroso, pero no sólo es eso…
– ¿me quiere decir ya qué pasa?
– verás, resulta que en el cien por cien de los casos estudiados en el mundo – con el de su suegro son ya más de doscientos – siempre se ha repetido el mismo patrón
– ¿qué patrón? ¿puede haber más que la muerte?
– en este caso sí. Verá – su silencio se hacía peor que esa muerte de la que hablaba – esta es una enfermedad en la que todos los miembros directos de la familia la padecen, heredándola de sus progenitores – dijo el galeno
– ¿todos? – pregunté yo, pensando en mi Mariquilla
– todos…
Cuando dijo ese todos yo no quise pensar en ti. Pensé en tu pobre padre, en tus tíos, en tus hermanos menores… Pero tú no podías tenerla. ¡Tú no!
Cuando salí de aquella consulta quise morir con vosotros. Recuerdo que salí a la sala de espera y tú estabas abrazada a tu padre. Los dos llorabais. Tú me miraste, y me pediste con la mirada que le dijera algo a tu padre. Le abracé, pero mis ojos estaban clavados en ti… ¡Yo sufría por ti! ¡Aquello dolía por ti!
Durante mucho tiempo te lo oculté. No podía decírtelo. ¿Y si ese médico estaba equivocado? Aquella enfermedad era aún desconocida, pero todas las informaciones que recibí al respecto eran inequívocas: ¡Nadie se salvaba!
Fue entonces, investigando, cuando comprendí tantas cosas de tu familia, y cuando tú te enteraste. Tus abuelos murieron jóvenes, y no de infarto ni de cáncer. Tu tía Rosario tampoco.
Tu padre, el mayor de los hermanos vivos, murió a los dos años de aquella noticia, cuando apenas si había cumplido cincuenta. Tu tío Ramón murió seis años después, a los cincuenta también. El tío Juan duró siete años más, muriendo con cuarenta y seis…
Y tú… Tú apenas me duraste nueve años desde entonces. Y, en plena forma – como tú eras – apenas unos cinco. Esa enfermedad fue lo peor que nos ha pasado jamás. Te vi morir durante muchos años. Te vi yéndote poco a poco, y aún recuerdo ese final tan… ¿tan?
Eso sí, nos amamos con locura, disfrutamos de nosotros dos, y de lo que nos rodeaba, pero decidiste romper nuestra promesa más sagrada: esa de tener no menos de dos hijos.
No pude entenderlo, aunque lo respetara, y reconozco que incluso llegué a enfadarme contigo en secreto.
Durante muchos de los años de mi terrible soledad no supe perdonártelo. Te fuiste y me habías dejado sólo en este mundo gris, sin siquiera uno de esos hijos deseados… ¡No lo pude entender!

Ahora que vengo del entierro de nuestro sobrino Juan, el hijo mayor del tío Ramón, al que hemos enterrado con apenas treinta años, me alegro de tu decisión, y es por eso por lo que escribo esta carta, para pedirte perdón, y, sobre todo, para darte las gracias. Ahora sé que lo hiciste por mí.

Gracias María, mi Mariquilla.

pdta: no hay un solo día que no te recuerde, pero es hoy cuando me doy cuenta de que el mejor regalo que me diste en tu vida fue precisamente ese que nunca me hiciste. Gracias.

3 comentarios en “EL REGALO QUE NUNCA ME HICISTE (finalista en concurso de cartas de dolor y amor)

  1. Que triste vivir dia tras dia sabiendo que a la persona que amas se va a marchar para siempre muy, muy pronto.
    Que sensación más mala vivir siempre con ese malestar de mirarla y solo ver detrás de ella a la muerte, saber que hay que saborear todos los momentos sin desperdiciar ninguno pero con la tristeza de que se va a ir para no volver jamas.
    Triste es la soledad y el vacio que dejo Mariquilla sin hijos para luchar por ellos, pero que bendición el no haberlos tenido con Mariquilla pues volveria a sufrir y a mirar a sus hijos con la muerte al lado y volveria a repetirse la triste y amarga historia otra vez.
    Un texto muy triste pero tan real, cuantas familias hay ahora mismo sufriendo viendo a un ser querido luchando contra la enfermedad del cáncer y algunos sabiendo que ya tienen cerca a la figura de la muerte pues su cuerpo está lleno de metástasis.
    Ofú que triste.

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