LA NIÑA PANDÉMICA

la sonrisa de una niñaLaura era una niña… ¿Cómo te diría?… ¿normal?… Al menos ella se empeñaba en serlo, a pesar de no saber muy bien cómo conseguirlo.
– Lo mejor para ser normal es dejarse llevar – le dijo un día su papá – No forzar… ser uno mismo y, sobre todo, hacer lo que te apetezca pero sin molestar ni dañar a los demás.
Esa le pareció una buena máxima. Máxime cuando no conocía otro tipo de indicación para serlo, ni siquiera poseía un simple libro de instrucciones…
Ella, como le dijo un día su añorado papá, se dejaba llevar por lo que había en el interior de su mente, que, para suerte de ella, era todo bonito, limpio y brillante.
-Sonríe siempre – le decía su papá continuamente – tienes una sonrisa muy bonita, y muy contagiosa
-¿sí? – preguntaba ella, mirándose en cualquier cristal que hiciera de espejo, siempre emocionada, esperando ver si era verdad lo que le decía. Al sonreír, y ver la sonrisa de su papá, siempre llegaba a creerle.
-¡Eso haré! – pensó en voz alta, aunque nadie le oyera.
Mamá miraba por la ventana, pegada a su pañuelo mojado, observando una lluvia que siempre le entristecía y le hacía pensar en cosas que un día – pasado ya  – le hicieron sufrir. La yaya, siempre comedida, deambulaba por la habitación de su hermano menor, repitiendo una extraña canción que no podía distinguir, mientras iba girando un extraño collar de cuentas redondas que sobresalía del bolsillo de su viejo delantal. Laura no recordaba a su abuela sin ese delantal. Ninguna de las dos mustias mujeres hacía caso a una niña que no entendía… nada. Y es que, a veces, la vida, esa cosa maravillosa que nos regala todo, tiende también  a manchar de negro el horizonte de los que menos lo merecen.
Por suerte ese horizonte, tarde o temprano, se vuelve luminoso y cálido, y la lluvia termina desapareciendo.
Hacía muy poco que todos estaban tristes en esa casa, y también en ese pequeño barrio de calles embarradas y con olor a cajas de pescado. Nuestra Laura vivía en una humilde casa, en un pequeño pueblo portuario cuyo olor a mar, sal y pescado siempre acompañaban a sus habitantes  donde quisiera que fueran. Era, sin duda, un barrio triste, oscuro, pero últimamente lo era aún más por culpa de un maldito barco y de una asesina tormenta que había robado unas vidas de gente muy querida.
La tristeza, una vez más, les había devuelto la visita… como todos esperaban, y temían… 
A pesar de esos oscuros días nuestra amiga Laura nunca perdió la esperanza de volver a pintar sonrisas en la cara de esa gente que tanto quería. Ella añoraba a su papá más que nadie, más incluso que su mamá o su yaya, pero también sabía que era ella la que tenía que hacer que todos volvieran a sonreír… TENÍA QUE HACERLO POR PAPÁ.
Además, a Laura le gustaba ser como era, como siempre le había dicho su papá que fuera, y no podía luchar contra eso – ni quería.
Un buen día,  viendo a escondidas la televisión, oyó una extraña noticia que llamó su atención: “Una nueva pandemia se expande por el mundo. La población vive aterrada porque su grado de contagio es altísimo y no se puede detener”.
Toda la noche estuvo sin dormir, pensando en la noticia que había escuchado y que, al parecer, estaba causando pavor en la población mundial… Una pandemia… ¿Qué sería eso? Pensando en ello obvió por primera noche los llantos de mamá, mordidos sobre la almohada para evitar que la escucharan. TAmbién desaparecieron los paseos sin vida de la yaya, que caminaba casi dormida, llorando y repitiendo el nombre de papá.
Cansada de esperar y no hacer nada para evitar esa tristeza, se acordó de su papá, y de lo que siempre le decía.  Laura había tomado una decisión. Nadie podría detenerla. Laura estaba decidida.
A pesar de su corta edad, y de no saber bien cómo haría, estaba decidida a infectar a todos, y crear una nueva pandemia… como esa de la que hablaban en la tele. Así, cogió su ropa de los domingos, sus zapatos nuevos, se peinó, se miró en el espejo, y cuando estuvo preparada decidió salir de casa.
– ¿Dónde vas, Laura? – le preguntó mamá al verle abrir la puerta tan decidida
– voy a contagiar al mundo 
– ¿cómo dices? 
– que voy a contagiar a todo el mundo, empezando por nuestro barrio
– ¿ y con qué vas a contagiarlo? – volvió a preguntar, intentando esbozar una sonrisa que apenas podía dibujar
– con esto – y señaló su boca
– ¿y eso qué es? – preguntó mamá, emocionada
– mi sonrisa…  Papá siempre me decía que mi sonrisa es contagiosa… ¿A que sí?
Mamá sonrió por primera vez en muchos días, y su abuela detuvo su eterno caminar, sonriendo también. Laura, al ver las sonrisas de sus seres queridos, se emocionó…
Lo que decía su padre era verdad… La pandemia empezaba a extenderse.
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Autor: josamotril

mi blog solo de relatos: http://josaliteraria.wordpress.com

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