MIS REYES PASION SIEMPRE POR LA CALLE ECUADOR

Mañana son los Reyes, un día que siempre me lleva hasta mi infancia, y, de paso, a una casa de la Calle Ecuador, donde iba por la mañana a llevar el regalo a mi padrino.

¿A qué huele mi vida?…
pues no lo sé bien. Son muchos los aromas que me acompañaron. Hay olor a mar y a tortilla de patatas, a carrizo, a lumbre, a leche recién ordeñada, a campo, a mata de patata arrancada con el rocío de la mañana, a migas, a Nocilla, a Pranzo, a bolsos de Montreal y “economato”, a “papas” de Callandico… pero hay ocasiones especiales que recuerdo que olían a Ducados y a Varon Dandy.
Recuerdo ir yo mismo – ¿qué tendría, siete… ocho años? – al viejo estanco de la calle Nueva, debajo del Coliseo, y enfrente de Bustos.
El estanco era viejo, oscuro, y allí olía a papel, tabaco (sin encender) y a sellos. Recuerdo que me encantaba ese penetrante olor a casa vieja.
Allí, yo solo, tras recorrer el pasillo del Coliseo Viñas con mi billete, pedía mi cartón de Ducados, y ese hombre con gafas me lo entregaba.
– No te lo fumes entero – me decía siempre, mientras otro hombre que estaba siempre allí sentado, como parte del mobiliario, se reía.
– Yo no fumo – le contestaba, siempre molesto, incapaz de entender la broma.
Después, en casa, envolvíamos el cartón azul, con grandes letras blancas.
Al Ducados siempre le acompañaba otro paquete. Más pequeño, marrón y beige, con un sello redondo dorado, donde se podía leer: “VARÓN DANDY”.
Al abrir la tapa encontrabas dos botellitas de colonia y after shave, redondeadas, y con un líquido claroscuro de tonos marrones.
Este ritual se repetía dos veces al año. Una era el día de San Juan. El otro era el día de Reyes. Calle arriba, con mi bolsa con los dos paquetes, iba pensando en el regalo que yo recibiría a cambio de ese cartón de Ducados y de Varón Dandy.
Cuando llegaba a la Calle Ecuador paraba primero en la librería, otro sitio del que saldría un libro.
Después iba a llevarle su regalo. Él no estaba casi nunca – a esas horas solía estar en la parcela – pero allí me daban mi regalo y yo dejaba el suyo sobre la mesa.
Siempre salía contento de esa casa, siempre con un regalazo. El mejor regalo de todos, sin duda.
Y es que yo, siempre supe que ese hombre – mi padrino – era rico… y no lo digo por el dinero

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Autor: josamotril

mi blog solo de relatos: http://josaliteraria.wordpress.com

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