Mientras beba seguirá siendo mía

DOS BESOS PARA VIVIRCarmen salía de trabajar a las ocho de la noche en invierno, pero nunca llegaba a casa antes de las nueve y media. Durante más de una hora paseaba en su coche, siempre en su misma ciudad, alrededor de su propia casa, buscando una respuesta que nunca encontraba pregunta… O buscando una pregunta que acabara con tantas respuestas equivocadas.
Y así era, día tras día. Todos los días hacía igual, todas las noches el mismo trayecto, las mismas canciones en el coche, los mismos pensamientos funestos,  la misma desidia, y los mismos miedos. Conducía por impulsos. Había veces que no sabía ni cómo había llegado hasta su casa, y antes de parar el motor del coche, se miraba al espejo, se arreglaba el pelo y recordaba aquellos días en que hacía lo mismo tan sólo para estar bonita para él. Después, encendiendo un cigarro, miraba las luces encendidas de la casa y sentía mucha tristeza. Antes, cuando llegaba, veía sombras moverse a través de las cortinas, e incluso podía oír música, pero esa casa ya no era su casa. Pensando en su hija pequeña, la única cosa que le mantenía unida a esa casa, y la única también que le separaba, metía la primera marcha, soltaba el embrague y  volvía a huir mientras el humo del cigarro se bañaba de lágrimas.
El coche volvía a conducirse solo. Ella no lo hacía, y vuelta atrás para realizar el mismo recorrido, siempre las mismas calles pero a la inversa… Un día con lluvia, otro con nieve, otro con solo oscuridad, y esas farolas semiapagadas que apenas si iluminaban el trozo de acera donde se elevaba su tronco metálico.
Carmen circulaba dormida, o, al menos, no despierta en esa vida de la que deseaba huir. Ella soñaba con los ojos abiertos, imaginando que ese coche se hacía avión y volaba, que se hacía barco y se sumergía, incluso que se hacía chatarra y fuego, con ella dentro.  Nunca se imaginaba a sí misma en un palacio elegante, ni en una playa paradisíaca, ni siquiera en compañía de alguien especial… Ella tan solo se imaginaba fuera de allí, lejos de esa casa a la que no quería regresar nunca más, y donde no pudiera oír esas palabras que entraban en sus oídos como cuchillos recién afilados.  Por eso huía, para no oírlos más, pero esos ruidos estaban ya tan dentro de ella que era imposible abrir ventana alguna que pudiera alejarlos. Un día paró el coche frente a un escaparate iluminado. No tenía tabaco y decidió entrar. Dentro había un hombre mayor tras una barra metálica, y había también dos hombres bebiendo. Los dos alejados, y los tres en silencio. Tan sólo el sonido de la televisión hacía menos triste el lugar. Carmen saludó, y sólo el hombre de la barra le devolvió el saludo, alegrándose ante tanta belleza entre tanto hastío.
Ella  notó en la mirada de ese hombre algo diferente: notó ilusión, alegría, incluso una pasión algo babosa, pero aun así lo agradeció. Se acercó a la máquina tabaco y se pidió una copa de vino porque le daba “no sé qué” entrar a un bar y no consumir. Ese licor dulce le alegró el espíritu, pero no supo disfrutar de su sabor adulzado y oscuro porque se la bebió de un solo trago. Al sentirse mejor se tomó otra copa más, y luego otra… YT otra más. Después, cogió el coche, y por un momento, el miedo a su casa desapareció.
Cuando llegó a casa abrió una de las muchas botellas que tenían guardadas y bebió. Esa noche los gritos de su marido le dolieron menos. En realidad, apenas si dolieron… Apenas si se oyeron…
Desde esa noche las siguientes noches hizo lo mismo. Siempre paraba en el mismo bar, y se tomaba unas copas de vino. Después, en casa, se tomaba otras más, mientras su marido la obsequiaba con su desprecio.
Una de esas noches, después de soportar el martirio del desprecio, le dijo a su marido que le quería dejar, que no soportaba su vida, y que había dejado de quererle. Discutieron, y él volvió a levantarle la mano, y a gritarle. Ella, tirada en el suelo, manchada de lágrimas y vino, se levantó y le gritó. Le dijo que si le aguantaba era por el vino que tomaba en la calle y por las copas que tomaba en la casa antes de dormir.
– Si no fuera por el vino te dejaría mañana mismo – le dijo corriendo por la escalera para encerrarse en su cuarto – pero el vino hace que pueda soportarte, pedazo de cabrón.
Después de esa noche todo cambió. Después de esa noche su marido hizo algo que nunca antes había hecho. Por fin se dio cuenta de que ella había tomado una decisión. Ella le dejaría tarde o temprano, y él lo entendió gracias a esos primeros gritos desesperados de autodefensa.
Desde ese día,  el cobarde de José – cobarde porque ahora era él quien temía a ella, quien temía que pudiera abandonarle – la esperaba  en la puerta de casa como nunca había hecho. Ella no podía creerlo, y pensó que realmente se habría dado cuenta de su error, y temiera perderla. Y así era. José, a partir de esa noche, la esperó siempre en la puerta, con la botella abierta en una mano y con una copa llena en la otra que le servía hasta arriba…
Mientras beba… – pensó el muy mezquino, urdiendo un nuevo plan.

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Publicado por

josamotril

mi blog solo de relatos: http://josaliteraria.wordpress.com

2 comentarios sobre “Mientras beba seguirá siendo mía”

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