LA CANCIÓN QUE SIEMPRE SUENA

Me la sé de memoria. Me sé cada movimiento del dedo sobre la tecla, cada golpe de dedo sobre la pesada cuerda del contrabajo, y hasta cada roce del palillo con el platillo de la batería… Pero no me canso de oírla.
¿Sabes por qué? Porque esta canción ha logrado lo que nada, ni nadie, ha hecho antes. Esta canción ha sido capaz de borrarte de mi mente, hacer que no existas, y, lo que es mejor, hacer que ni siquiera yo exista… Ni el mundo, ni nada, aunque solo sean los 18 minutos que dura, o los 36, si la repito… Durante ese tiempo el universo se hace oscuro – a veces es blanco – y como si fueran satélites, o estrellas, veo un piano, un contrabajo y una batería, pero nadie los toca. A veces sí que veo un hombre calvo, moviendo su cabeza, sudando sobre las teclas, y agachado con su chepa y con camiseta de rayas blancas y negras… No tiene rostro.
Es esta la canción que solo es ella, sin nada más, sin una imagen asociada a cada nota, sin un sentimiento – cada día es diferente – sin un nombre tatuado o gritado entre el compás, sin un lugar determinado, sin mar ni cielo, sin olores ni colores… Una canción que es solo ella y yo. Es más, ni yo… Es solo ella… Solo contrabajo, batería y piano… torrentes y cascadas de agua de piano donde nadie puede entrar y donde me baño libremente, desnudo, sin miedo, sin prisa, sin ¡nada! Y donde me convierto, al son de la música, en uno más de los vagos recuerdos de mi deseo, ese que siempre está despierto a tu lado… Ese que solo venzo mientras las febriles notas acompasadas por ese pianista se adentran por mis oídos para llevarme al sueño deseado, ese que solo consigo cuando soy capaz de alejarme del halo que desprenden tu aliento y tu piel.
Inmerso en ese vaivén de caderas musicales que escapan de un piano que llora, consigo disfrazarme con el nuevo traje del olvido, aquel que me permite lo no permitido, y me alejo de mí, y me alejo de ti, y me alejo de todos… Y me alejo de todo, y se dibujan curvas luminosas que quiero seguir mientras olvido el descaro de tu cuerpo desnudo y dormido junto al mío, y me baño entre cielos de felicidad pintada porque, por fin, me siento libre hasta de mí, y vuelo y me alejo, y vuelo más alto, y más… En realidad no soy capaz de ver la altura a la que lo hago porque el suelo dejó de existir tiempo atrás.
Allí, con el sueño casi vencedor por fin, el universo de la canción se hace eterno, pero cerrado, y donde a nadie puedo meter… Ni siquiera a ti.
El otro día lo intenté. Intenté meterte en la canción. Sonó el piano, lento, triste, melancohólico, y aprovechando el momento en el que el contrabajo se adentraba, intenté colarte por una puerta inventada. Quise que entraras en ese universo, y que flotaras entre los instrumentos, y recorrer tu cuerpo como si fuera el piano, pero no me dejó. ¡Fue imposible! La puerta se cerró, después desapareció, y tú volviste a tu lado de la cama, y yo, a mi canción, donde después también desaparecí.
Y volví a disfrutarla… Por eso me gusta tanto oírla.

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Autor: josamotril

mi blog solo de relatos: http://josaliteraria.wordpress.com

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