Tenemos hijos. A lo mejor podemos hacer que no crean – como creemos nosotros – que no se puede hacer nada por ayudar al mundo a no morir en una patera.

Imagen relacionada26 de Julio de 2008

La gente cubre cada metro cuadrado de la orilla para plantar su sombrilla, recostar su toalla, o hacer su castillo con ayuda de cubos y palas de colores. Son pequeñas parcelas particulares, por lo menos así lo serán durante ese caluroso día de Agosto en Calanda. Hay tanta gente, tantas toallas – unas extendidas, otras hechas una bola – tantas sombrillas, tanta chancla alejada de su par, y tantos objetos, que da la sensación de estar en un amplio dormitorio habitado por niños pequeños… ¡desorden!. La demás gente está en el agua. El mar no se mueve, y apenas si hay corriente… Ni siquiera rompen las olas en las rocas… ni en la orilla. Carmen acaba de cumplir cinco años y ya cree que puede nadar como el que más porque ha conseguido sentir la sensación de flotar sin miedos. Al lado de su madre se siente segura, y, juntas, se adentran en el Mediterráneo para llegar a la bolla que delimita el acceso para lanchas y motoras varias. El agua está templada, casi caliente, y se puede ver el fondo con claridad a pesar de la profundidad.
– ¿Es a esto a lo que llaman agua cristalina mamá? – pregunta confiada, bebiendo aire, y respirando agua salada… sin duda, cosas que no quería hacer. Al menos en ese orden.
-Ánimo Carmen – le anima su mamá, apoyando la mano en el bañador y empujándola, levantando una leve corriente que salpica sus ojos. Cubriendo el labio superior con ayuda del inferior, resoplando hacia arriba, sabedora de la gracia que hace a la niña, consigue quitarse el agua del ojo y sigue avanzando.
Como esperaba la niña ha sonreído. No han llegado aún a la bolla blanca y redonda cuando algo llama la atención de la niña.
-¿Eso qué es mamá? – grita asustada, llenando su boca de un agua tan traicionera como salada
– ¿dónde, dónde? – pregunta la madre, mirando hacia donde la niña le señala, observando una mancha negra que tienen frente a sí
– ahí mamá… ¿es una medusa?
-no hija, no es una medusa – dice la madre acercándose lentamente, interponiéndose entre el extraño objeto y la niña. La madre avanza asustada, tentada de volverse a la orilla y alejarse de allí a brazas forzadas. Nunca le ha gustado nadar hasta tan lejos… No se siente segura allí donde no ve el fondo y sólo se presiente oscuridad y frío… Pero esa tarde la niña casi lo exige porque ya se lo había prometido el verano anterior.
-Mamá, ¿y cuándo podré ir yo a la bolla? – preguntó hace justamente un año, observando a sus primas mayores que, elegantemente, viajaban por el líquido elemento
-el año que viene, cuando sepas nadar… Te lo prometo. Allí, en lo que la gente llama lo tenebroso del mar, vuelve a sentir tal miedo que a punto está de quedarse bloqueada. Y es que allí siempre llega hasta ella la imagen del tiburón de la película, avanzando, con la boca abierta y mostrando sus fauces, a la espera de alcanzar esas piernas que revolotean cerca de la superficie, ajenas a todo. Sólo con pensarlo su cuerpo se cubre de escalofríos capaces de mutar por completo el atlas de su anatomía.

-¡Dios mío! – exclama, casi hundiéndose del susto al encontrar lo que, sin duda, parecía el cuerpo de una niña negra flotando sin vida. De repente llega a ella la imagen fotográfica del periódico de no hace ni diez días: “Se hunde una nueva patera en las costas de Granada. Han desaparecido quince ocupantes de la embarcación. Los cinco supervivientes cuentan cómo tuvieron que nadar y cómo fueron muriendo sus compañeros. Entre ellos, cinco niños pequeños.”
Armándose de un valor que jamás tuvo acerca su dedo a la niña y, más tranquila, aparta la espesa melena caoba comprobando, horrorizada, que a esa carita le falta un ojo, tiene rota la nariz, y por la boca sale un pequeño pez. Allí, solos, el miedo le hace perder de vista hasta la orilla. Por un momento se siente en los confines del océano, incluso más allá. Un gélido viento, aparecido de la nada, mece su cabello que se empieza a secar, y una nube se aposenta sobre ellas. Más asustada, cada momento, puede sentir cómo se congelan sus brazos antes de llegar hasta esa pequeña que descansa en las aguas.
El ojo la mira fijamente, casi parece tener vida, y esa mirada le recuerda a algo ya vivido antes, algo más ameno que todo ese miedo que estaba sintiendo en esos momentos. Pero ella se siente bien, e intenta tranquilizar a su hija. -¿qué es? – pregunta la niña, nerviosa ante las palabras que oculta su madre – ¿es una medusa?
– no cariño… no te preocupes. Es…
– ¿qué, qué… qué? – pregunta cada vez más impaciente – dímelo mami
– es una muñeca, mi vida. Tan solo es una muñeca negra, pero está rota. ¡Mira!. La madre levanta la muñeca con la suma de dificultades proporcionadas por el peso del agua, su gran tamaño, y el cansancio acumulado por una excursión más larga de lo que había imaginado .
A esta ecuación podríamos también añadir una equis más: el miedo de saberse tan lejos de la orilla. ¿Pero qué demonios hacía tan lejos? – se pregunta, sintiéndose mejor al ver la sonrisa de su pequeña que ya empezaba a jugar entrelazando sus dedos por entre el frondoso pelo de la muñeca. Es, sin duda, una muñeca extraña – piensa – nada convencional, de piel animal, muy oscura, y sus facciones son tan reales como estremecedoras. Con mayor dificultad, por el peso de la muñeca, y el propio cansancio, vuelven a la orilla.
La niña, agarrada con una mano al cuello de su mamá, y, con la otra, tirando del nuevo tesoro que le había regalado el mar, va relatando sus proyectos de futuro con su nueva muñeca.
-Se la llevaré a la abuela. Ella le pondrá un ojo nuevo, una nariz… ¿verdad mami?
– sí, ca…riño… – jadea mientras sigue avanzando lentamente ayudándose de brazos y piernas
– y le podemos de…cir que… … le ha… ga un vestidito nuevo – que gran idea mami… ¡venga, nada más rápido!.
La madre tiene que ir tomando descansos en su avanzar hasta la orilla, que , cada vez, parece más lejos. Soltando a su hija de vez en cuando hace “el muerto” y relaja músculos y mente mirando a ese cielo tan extraño. Allí, mirándolo con sus oídos bajo el agua, nota que no hay nada… ¡ni una sola nube!. Ese sí que es el Gran Azul.
Mientras, la niña se ayuda de su nueva muñeca para flotar mejor, y sigue fantaseando con ella, con todo lo que le hará, pero también empieza a interesarle cómo pudo haber llegado hasta allí. Seguramente – empieza a preguntarse – esa muñeca perteneció antes a otra niña.
-¿y por qué es negrita? – pregunta a su madre que ya parece haber tomado todo el aliento que necesita
– ¿y porqué no? – la madre devuelve, inocentemente, la pregunta
– ¿no sería de una niña negra y por eso la muñeca es negra también?
– pues puede ser… cariño, pero no lo sé. Seguramente sería de alguien que se cansó pronto de ella… de alguien a quien no le importa nada, y menos cuidar de algo tan bonito como una muñeca. La madre intentaba así convencerse a sí misma de que esa muñeca no era de una de las niñas que murieron en la patera de la que hablaba el periódico. No podía ser… o mejor, no quería que lo pudiera ser. – No lo entiendo mami
– yo tampoco, querida. Es tan difícil de entender…
– pues… ¿sabes una cosa mami?
– dime hija – la madre ya sigue nadando con avance cansino y lento
– yo no dejaré nunca a esta muñeca. Es un regalo del mar y pienso tenerla conmigo toda la vida
– me parece muy bien, querida. Además, piensa que seguramente la niña que la perdió estará muy triste
– pues así será. ¡JURO QUE SIEMPRE CUIDARÉ DE MI MUÑECA NEGRITA!. Además, a lo mejor algún día encontramos a su dueña y se la podemos devolver
– seguro, seguro – dice la madre con desgana, a punto de echarse a llorar. Sonriendo por el juramento que la pequeña realizó subida a su espalda, la madre sigue nadando, comprobando que las sombrillas y las figuras humanas ya tienen hasta cara. Aún no tienen gesto, ni facciones definidas pero ya puede decir si son gordos o delgaddos, altos o bajos, hombres o mujeres… Ya ha desaparecido incluso el oscuro color de la arena bajo el agua, y el manto de ahora es multicolor. Más bien es blanco y negro, salpicado por alguna que otra piedra de otro color, predominando sobre los demás el naranja y el rojizo. La niña, detrás de su madre, avanza feliz. La madre, incapaz de alejar la imagen de la muñeca y de la patera de la que hablaba el periódico, no puede evitar fabricar lágrimas de agua salada. -¿Qué es aquello mami? – pregunta la niña, agarrándose cada vez con menos fuerza, lo que alivia a la madre, permitiéndole nadar con mayor tranquilidad – no lo sé – contesta la madre, alargando su mirada hasta la orilla, donde no menos de cien personas forman un círculo alrededor de algo tumbado sobre la arena. Por fin sus pies dejan de nadar y tocan las piedras, y la niña, sin esperarlo la madre, sale corriendo por el rompeolas, acercándose a la muchedumbre. Sin duda es algo desagradable lo que están contemplando, pero todos están allí, mirando al suelo con un gesto compungido y destrozado, pero nadie da el primer paso para alejarse. Cuando la madre llega hasta la maraña de gente no puede ver nada. Tan solo llama a su hija, que, hábilmente, ha conseguido meterse por entre la gente mayor para llegar a un sitio privilegiado donde poder ver lo que todos miran tan atenta como tristemente.
Carmen se queda tan inmóvil como la muñeca a la que coge de la mano. Es la mano de su madre, posándose sobre su hombro, la que le hace volver al mundo del que la tremenda visión le había alejado.
-Cariño – la madre intenta tapar los ojos de su niñita – no mires…
– ¿quién es esa niña, mami? – pregunta Carmen, señalando, derramando dos lágrimas que su madre es incapaz de recoger, y, menos, de contener
– no lo sé, cariño, no lo sé – se limita a repetir no menos de diez veces mientras miraba ese cuerpecito castigado por el agua y por algún que otro pez
– es como mi muñeca… es negrita también. ¿Está muerta?
-sí, cariño, está muerta – sus palabras tienen menos vida que la niña que allí descansa para siempre
– ¿y por qué se ha muerto una niña tan pequeña y tan guapa?
– no lo sé cariño – dice la madre, incapaz de soltar lágrima alguna
– venga, será mejor que nos vayamos. La madre tira de la mano de Carmen, pero la niña no quiere marcharse. Algo allí la retiene, y no es siquiera una pizca de curiosidad. Lo que allí la retiene es un sentimiento que acaba de descubrir, a pesar de no conocer la palabra que lo identifica. Su madre lo llama miedo, angustia… para ella no era mas que su primer encuentro con la muerte. Son tantas las preguntas que invaden su alrededor vital que no sabe muy bien cuál elegir… De todos modos sabe muy bien que todos esos interrogantes pasarán a formar parte del archivo de preguntas sin respuesta. Al menos, por ahora. En la arena mojada de la playa, rodeado por un centenar de personas descansa el cuerpo de una niña de no más de cinco años, de largas trenzas negras como su piel, con vestido destrozado, con el vientre abierto, con un brazo comido por algún pez o arrancado por una élice, sin zapatos, sin calcetines… sin alguno de sus dedos. Aun así le pareció guapa… y dulce. Carmen bajó la cabeza y sobre ella cayó la pesadumbre con la misma fuerza con que sus lágrimas cayeron sobre la arena. Ante la atónita mirada de la multitud que rodeaba al cadáver se separa de su madre, anda unos pasos sobre la arena, arrastrando su muñeca, y, cuando llega junto a la niña, la coloca entre sus brazos.
– Toma, es tuya – le dice – espero que donde vayas ella te cuide mejor… Es ahí cuando todos, por fin, son capaces de dar el primer paso hacia atrás para alejarse. Como siempre, nadie es capaz de dar el primer paso para mirar adelante. Tiene que ser una niña de cinco años quien de el primero para mirar atrás y hacerlos ver sus propias miserias.
La madre, exhausta, mira a su hija emocionada, mira después a la niña abrazada a su muñeca y cree ver cómo la aprieta contra su pecho. Se emociona tanto que vuelve a descargar lágrimas mezcladas con sal. Si incluso parece estar sonriendo. Todos parecen verlo así. Unos lo llaman milagro, otros sugestión, otros angustia…
Un robusto policía que grita a todos para que se vayan lo ve de otra manera. -¡Señores, por favor, que esto no es un espectáculo, que es una injusticia! – vuelve a gritar, mirando a esa madre y esa hija que se alejan cogidas de la mano.
Inevitablemente, el policía piensa en su hija… y en su madre, a quien hace mucho que no visita.

20 de Julio de 2008

Ni en Ruanda había soportado tanto calor. Con sus cinco años recién cumplidos Fátima llevaba ya tres días viajando en ese pequeño bote, acompañada por otros treinta ciudadanos del mundo invisible. El motor se había roto la primera noche. Aún podían ver la costa cuando dejó de funcionar, pero alguien dijo que España estaba muy cerca. Tres días sin agua, y sin comer… y de España, ni sus gaviotas. Ella, ajena a su cansancio, pensaba en el padre que había visto morir en el camino. Allí murió y allí fue enterrado, rodeado de buitres. También los había que volaban. Pero, sobre todo, pensaba en esa madre a quien habían detenido en una de las cárceles más peligrosas de toda África. -Ánimo Fátima – le dice su hermana mayor, embarazada de ocho meses por uno de los buitres que viajaban con ellas – en España podremos comprar comida, trabajar, una casa nueva… -¿y ropa para mi muñeca? – preguntó olvidando el hambre y la sed – toda la que quieras, te lo prometo – ¿has oído Carmen? – preguntaba a su muñeca, a la que se le había caído un ojo esa misma noche. El nombre de Carmen lo escogió de un libro que le leía su abuela antes de que la mataran… Siempre le gustó ese nombre. En el barco de cáscara de nuez fueron muriendo lentamente. Primero fue el más anciano de todos, ese hombre que les contaba historias de España como si la conociera de verdad. Después murieron dos hermanas, otras dos mujeres, dos niñas, un niño y, finalmente, el capitán de la embarcación. Iban a la deriva cuando el barco se hundió. Era el cumpleaños de su hermana. Todos gritaban como locos, asustados por una muerte inminente, pero su hermana consiguió alejarla de allí. Nadaron horas y horas. Se hizo de noche… otra vez de día… volvió la luna a manchar el tapete negro que les cubría, y Yazmine, su hermana mayor, fue perdiendo fuerzas. Tantas que pronto dejó de flotar. Fátima la vio alejarse por las cristalinas aguas hasta el fondo. Desapareció. Y empezaron a aparecer unos peces grandes con funestas intenciones. Por suerte no la atacaron. Ella, apoyando la cabeza sobre su muñeca negra, notó cómo las fuerzas se iban alejando, dejándola sola… y en paz. Las fuerzas la abandonaron y se hundió. Aún con los ojos abiertos pudo ver el brillo del sol sobre la superficie y miró por última vez a Carmen, a la que la corriente iba alejando.

Este relato ficticio pudo ser verídico. Este verano desaparecieron 15 personas en una patera (cinco eran niños). El Domingo 8 de Agosto apareció el cuerpo de una niña en la playa de Calahonda. La historia nació al leer en el periódico las palabras del policía: “¡Señores, por favor, que esto no es un espectáculo, que es una injusticia!” .

Así somos… así fuimos… y ¿así seremos?. Tenemos hijos. A lo mejor podemos cambiarles, y que no crean – como creemos nosotros – que no podemos hacer nada por ayudar al mundo a no morir en una patera.

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Autor: josamotril

mi blog solo de relatos: http://josaliteraria.wordpress.com

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