CADA UNO TIENE UNA VENUS EN SU VIDA (o más de una)

Aún recuerdo la primera vez, nuestra primera vez, aquella vez en la que tú dejaste de ser aquella tú, aquella vez en la que yo dejé de ser aquel asustado yo… y ambos fuimos, al fin, eso que ahora todos llaman nosotros.
Aún recuerdo aquella vez, aquella en la que ambos nos hicimos agua y saltamos aquella cascada del miedo que tantos vértigos ofrecía pero que también dibujaba anhelos, nervios y pasión.
Aún recuerdo el salto vacío de aquella abrupta cascada que nos llevaría hasta esa calma que descansaba esperándonos allá abajo, bajo las rocas, donde los peces dormían esperando nuestro chapoteo.
Aún recuerdo aquella vez, y el sabor de su agua dulce y fría, y aquel violento salto al vacío, y el dulzor del vuelo del ángel, y cómo me sentí pájaro al fin
y cómo caí en esa agua cálida en la que aún sigo nadando en las calurosas noches de este constante verano que eres tú.
Aún recuerdo aquella vez en la que tus ojos apartaron al fin esas lágrimas emocionadas y pulcras, sin dobleces, sin pretensiones extrañas, y sonrieron por primera vez mostrándome el claro significado de la palabra mujer.
Aún recuerdo aquella vez en la que esa niña que eras salió del campo de mantos floreados donde vivía inocente y limpia, y se disfrazó al fin de mujer… y de diosa, y de canción y de poema, y de cuadro… y se vistió de ti… De esta tú
Aún recuerdo aquella vez -¿cómo olvidarla? – en la que tus besos y caricias se hicieron pecado, y en los que disfruté del arte del pecarte sin pensar en otra cosa que en los colores que me mostraste a través de tu cuerpo, en el azul de aquel cielo que pintaste para envolverme, en el verde de aquella hierba que cortaste para que durmiéramos, y en el rojo de aquel infierno del que no quería salir.
Aún recuerdo aquel día que la Cola dejó de refrescar, que el caramelo dejó de endulzar, que el fútbol dejó de apasionar, y que los libros dejaron de mostrar
la cara de otros personajes que no fueras  tú…
Aún recuerdo aquella vez en la que tú te hiciste todo: sabor, olor, pasión…
Aún recuerdo aquella vez que bebí de los senos rosados de tu fuente de piedra joven, de esos senos aún dormidos que escanciaban leches con miles de sabores distintos, que solo a mí saciaban.
Aún recuerdo aquella vez en la que reuní todo el valor para enfrentarme a aquel oso que se creía dueño de tu cueva.
Aún recuerdo aquel duelo, con mordiscos, gritos, calores, sudor, sangre y frío y como ese oso fue vencido y pude hacerme dueño al fin de su madriguera vigilada para dormir en su interior.
Aún recuerdo aquella vez que conseguí recorrer sin ayuda el desierto que era tu cuerpo hasta llegar a aquel oasis donde el agua daba color a una tierra manchada de hierba.
Aún recuerdo el aroma de aquella hierba que no arranqué, y donde dormí, abrazado a ella, recibiendo el aroma de la primavera que tanto deseaba.
Aún recuerdo aquella vez en la que hacer el amor dejó de ser una frase hecha para hacerse tan real como tú eras cuando aparecías a mi lado.
Aún recuerdo aquella nuestra primera vez, y la recuerdo real, como si fuera reciente, como si acabara de ocurrir… como si nunca hubiera terminado… como si hubiéramos sido capaces de vencer a la noche en la que aún habitamos.

Aún la recuerdo, amor mío,
aún recuerdo aquella primera vez,
y la recuerdo perfectamente
porque ha vuelto a ser esta noche,
veinte años después.
Aún recuerdo aquella vez,
nuestra primera vez…
Es lo bueno de estar a tu lado…

Contigo…
Siempre es la primera vez

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