AQUELLA PROMESA DEL MEDITERRÁNEO

Una vez, siendo niño, el Mediterráneo me juró que nunca dejaría de susurrarme, y traer a mí, la felicidad de aquellos días tan felices y tan llenos de vida y de amigos y familia… Él mismo me juró – y lo hizo por sus olas y su espuma – que nunca se irían de mí aquellos “listos”, aquellos “guilicas”, aquellos “hueveros”, aquellos “Cecilios”, aquellos “Javis”, aquellos “brasileros”, aquellos “salmonetes”, y otros que también estuvieron por allí…
Al crecer me tuve que marchar de allí, y muchos de los que compartieron aquellos días conmigo también; Y aquel Mediterráneo se olvidó de su promesa. De ella nunca más se supo… ¡Nada de nada!

Un día inesperado, una buena amiga, con una simple fotografía, me devolvió su maravilloso y único sonido, me devolvió a aquel niño que tanto me gusta ser aún, y, sobre todo, me devolvió a todos aquellos personajes tan contagiadores de sonrisas y que aquí siguen, aunque ellos no lo sepan…  ¡Y ya para siempre! No hay cosa que más me guste cada noche, antes de dormir, que volver a aquel “pelaillo” con ellos.

Gracias Cristina por la foto,  y por recordarme que el mar no olvida sus promesas, sino que somos nosotros los que olvidamos volver a por ellas.

AUTÉNTICAS OBRAS DE ARTE, CASI DESCONOCIDAS: “La otra puerta”

La imagen puede contener: 1 persona, sentado

“La otra puerta” óleo de William McGregor Paxton (1869 – 1941)

Tú misma te lo dijiste, Diana… Recuerda. Ya sabías – y así te lo dijiste cuando aún no estabas del todo segura – que si le abrías la puerta a aquel peligroso hombre que había conseguido llegar, si no a tu corazón, sí al capricho de tus senos,no habría marcha atrás…
¡Y se la abriste! No dudaste mucho cuando sus nudillos golpearon la madera y susurró su nombre con tanta seguridad y tanto aplomo… ¿Recuerdas? Lo pensaste solo dos segundos, después cerraste los ojos, suspiraste, sentiste ese cosquilleo entre tus piernas, y la puerta se abrió… Al igual que hizo tu boca.
Ahora que se ha ido y que vas a cerrarla no te sientas arrepentida de haber yacido junto a ese hombre en esa cama que no le pertenece… No te arrepientas porque tu carne haya robado el miedo a tu pensamiento… ¡Ya está hecho!
¡Ciérrala bien fuerte! ¡Echa la llave! Y no dejes que ese hombre vuelva a entrar nunca más… ¡Esa alcoba no le pertenece!
No le vuelvas a dejar pasar… Aunque tu cabeza grite para que le abras, aunque tu deseo te empuje hasta la puerta, no permitas que tus dedos vuelvan a girar ese pomo…

¡Prométetelo a ti misma, Diana! Aunque ya te lo prometiste antes, como se lo prometiste a tu esposo en la iglesia, y al mismo Dios que tanto temes… Prométete que renunciarás durante el resto de tu vida al mismo cielo que has conocido – y vivido – junto a ese hombre por tal de no acabar en ese infierno que no sabes siquiera si existe.