Queridos todos DOS PUNTOS

Queridos todos, lo diré en dos palabras convertidas en una sola, que, además, es maravillosa:

¡Finde!

Si alguien te lo estropea será más culpa tuya que de él. Son solo tres días… ¡Disfrútalos! Y recuerda: si el lunes dices que el finde ha sido horrible no le eches la culpa a otro que no seas tú mismo.

EL VIEJO COLISEO VIÑAS Y LA “ANME”

R”LUGARES DE MI INFANCIA: EL COLISEO VIÑAS, EN LA CALLE NUEVA”

Hoy cumple años mi hermana, y pensando en ella me he acordado de los grandes ratos pasados oyendo música, robándole cintas, etc. He querido pensar en algo de nuestra infancia, algo que nos gustara mucho, y, de pronto… Pensando en los lugares de mi infancia con ella vienen a mí varios: El pelaillo, las casetas y el Zulema, la parcela de mi padrino con todos los primos subiendo al “arbolillo”, la vieja biblioteca de Capuchinos, el San Antonio (y su Mejías) y – cómo no – el Coliseo Viñas. ¡Eran allí donde pasábamos los momentos más intensos y especiales! Ver una peli era… Ahí recuerdo yo grandes colas, grandes  películas, grandes ratos, y grandes tardes de nuestra infancia y de nuestra juventud.

En aquella época no había internet, ni medios especializados que nos pusieran al día de los grandes estrenos. Todo lo veíamos en las carteleras, y, sobre todo, en la cola que hubiera en el día del estreno. Si la cola llegaba al final del pasillo, era un exitazo total, y había que verla sí, o sí.

Recuerdo especialmente algunas películas, y, con ellas, recuerdo sus días y la gente que vivía a mi alrededor: Recuerdo Superman como una de las que más, también Grease, t aquella tan rara que se llamabaTron. ¿Cómo olvidar La guerra de las galaxias? Pero de todas, la que más recuerdo es la de Tiburón (qué miedo pasé. Me encantó) Recuerdo también La Historia Interminable (qué desilusión después de leer aquella maravillosa novela) y también recuerdo Duelo de Titanes (verla de niño con toda la familia) y recuerdo la primera película de dos rombos, recomendada para mayores de 18, y en la que nos colamos una tarde mi amigo Germán y yo: La mujer del juez.

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Recuerdo el hall de entrada, con sus puertas de acceso delante, con sus cortinas. Recuerdo su tienda-bar a la izquierda, pegada a la puerta de entrada. Recuerdo sus baños, con sus escaleras que nos recordaban a los vestuarios de fúbol – éramos muy críos – y esos urinarios de pared, con separaciones muy altar para alguien tan pequeño. Recuerdo las escaleras a ambos lados del hall para subir al palco, y a la derecha la puertecita por donde podías ver a la señora que vendía los tickets. Recuerdo los largos pasillos del patio de butacas, y aquellas butacas de madera, y sus sonidos al dejarlas caer. Recuerdo las puertas, con sus dos agujeros redondos por donde podías asomarte mientras esperabas que acabara la sesión anterior, y sus pesadas cortinas para que no entrara la luz. También recuerdo a los porteros con sus linternas (aquel hombre grande y vizco, y aquel otro delgado) Recuerdo también aquellas vidrieras en el exterior, con los trailers de las películas ( a la derecha el de la película proyectada, y a la izquierda el de los próximos estrenos) Y recuerdo aquel cartel, siempre pintado por Lirola, y el largo pasillo sombreado, y recuerdo la taquilla con aquella mujer morena siempre dentro. y también recuerdo a un viejo, con su gran cesto de mimbre, gritando aquello de: “Pipas, caramelos, gominolas, kikos, “argagüeis”…”

Felicidades, hermana mayor (Siempre fuiste mayor que yo, aunque no lo fueras, ni lo parecieras).

CARTA A UN TÍO QUE NUNCA FUE UN TÍO (ESO DICEN LOS PAPELES)

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Cecilio siempre fue nuestro tío. O así lo sentimos siempre en casa. Cecilio era una parte de nuestra vida, alguien que nuestro padre metió en ella, y alguien que queríamos en ella. ¡Siempre era divertido ver a Cecilio! Él era un hombre simpático como él solo, muy ocurrente, y siempre dándonos un ánimo a todos… ¿Cómo no quererlo? Y, para colmo, siempre fue el mejor amigo de mi padre, alguien que sabíamos que siempre estaría ahí si papá – o nosotros – lo necesitaba.

Para colmo, Cecilio nos regaló cuatro primos maravillosos con los que convivimos nuestra infancia y juventud, y a mí me regaló alguien que fue como un hermano.

Gracias Cecilio por todas tus anécdotas (los Johnny blue rojo, los curanderos, me gusta me gusta septiembre…), por aquel cuartito de la azotea de la casa de la Calle Ancha, por aquellos ratos en las casetas, en navidad, por tu cariño infinito y sincero, y por seguir ahí.