LA IMPORTANCIA DE UN BUEN INSTITUTO

La imagen puede contener: 7 personas, personas sonriendo, personas de pie y exterior
alumnos del IES Sevilla la Nueva en convivencia con compañeros italianos

Todo centro de enseñanza tiene que luchar porque sus alumnos tengan esa sonrisa dibujada en su cara la mayor parte del tiempo posible.Todo centro de enseñanza se debe no solo a las mates, a la lengua, al inglés, etc, sino también a fortalecer la convivencia, la hermandad, y las ganas de vivir y aprender unos de todos, y de todo.

Todo centro de enseñanza debe fomentar las ilusiones de sus alumnos, encauzar su energía y hacerla más intensa, motivar sus ansias de aprender, canalizar sus deseos de amar, de convivir, y de ayudarse los unos a los otros.

Todo centro de enseñaza secundaria debe ser, en definitiva, un lugar donde todas las ilusiones de los jóvenes sumen, y se hagan más poderosas, donde el amor se haga por fin carne, donde la amistad no sea solo una palabra, y donde los valores – esos que no pertenecen a ninguna religión – ayuden a encontrar el camino.Todo centro de enseñanza secundaria debe ser – en definitiva – ese hogar donde los jóvenes puedan ser todo aquello que quieran ser hasta que la vida les diga: “venga, a otra cosa mariposa… A espabilar, a seguir viviendo, y a hacer que el mundo sea más mundo”

Gracias Carmen y Miguel Ángel, Raúl y demás.

LLEGAR A CASA Y PILLARLOS

Imagen relacionada

Él no era persona de grandes predicciones, ni de percepciones, ni de intuiciones, pero ya antes de abrir la puerta de su piso le dio un vuelco el corazón. Éste empezó a latir con mayor fuerza, a punto de la taquicardia, y hasta le costó introducir la llave en la cerradura, sin saber por qué. Era la primera vez en más de diez años que volvía a casa antes de la noche. Era la primera vez que volvía antes del medio día… Y todo por ese terrible dolor de muelas. Abrió en silencio, y, casi fantasmalmente, entró en la vivienda. Todo estaba en silencio… ¡Todo no!. Al entrar percibió, sobrecogido, un perfume masculino conocido, pero que no era el suyo. Se asustó. Aspirando repetidas veces intentaba reconocer esa colonia tan poco común pero que tantas veces había olido no sabía muy bien donde.
– Este perfume lo conozco muy bien – se dijo, notando como el miedo se iba haciendo cada vez más patente. En silencio, y con sigilo, dejó las llaves sobre la cajita, y caminó por el extraño pasillo. Y era extraño porque había ropa tirada por el suelo. Había un pantalón vaquero, una camisa de rayas que ya había visto antes, y que también olía a ese perfume. También había una falda conocida, un sujetador, otra camisa…
– ¡Joder! – exclamó completamente acobardado. Tanto que hasta dudó si seguir adelante. El miedo se apoderó de él. En silencio se adentró por el pasillo que se hacía más oscuro y más grande. ¿O era él quien se hacía más pequeño?. No sabía qué pensar. Eran tantas las imágenes que se dibujaron ante sus ojos que no sabía qué hacer.
Si había algo que su mujer no soportaba era el desorden. Entonces… ¿qué era lo que estaba pasando?. Sin duda, no le esperaban en casa. Había llegado antes de tiempo porque en la oficina no podía trabajar. Como todos los días había salido de casa a las cinco y media, pero a eso de las diez el dolor de aquella muela era ya insoportable. Por eso prefirió volver a casa y descansar antes de ir a la consulta.
Un ruido en la habitación le sobresaltó mientras caminaba de puntillas sobre la moqueta del suelo del pasillo. Los ruidos eran cada vez más fáciles de identificar, y el miedo ya se veía reflejado en sus manos, que no dejaban de temblar. El ruido provenía del interior de su dormitorio. Y allí se detuvo. En silencio escuchó tras la puerta. Eran jadeos, susurros, y ruidos de cuerpos frotándose sobre sábanas.
– ¡Será hija de puta! – pensó abatido, dejándose caer sobre la pared, reuniendo fuerzas para abrir y sorprenderles.
– Tranquilízate – se decía a sí mismo – todo tiene una explicación. No actúes por impulsos. Es lo peor en estos casos…
Más tranquilo, decidió asomarse tímidamente para comprobar quién era el que compartía la cama con ella. La oscuridad no le dejaba ver con claridad. Por suerte tampoco se descubrió a sí mismo. Era una situación violenta, sin duda. Deseaba entrar, gritarles, echarles de casa, pero no haría nada hasta averiguar quién era quien retozaba junto a esa bella mujer. Los gritos eran salvajes. Ella gritaba como una poseída, demostrando su deleite, sin ningún pudor, y él gritaba con la voz entrecortada por el esfuerzo al que estaba viéndose sometido.
– ¿Por qué me haces esto? – un nuevo grito de placer le interrumpió en sus propios pensamientos. Era imposible ponerlos en orden para buscar una solución que no fuera dramática.
– Esa voz la conozco yo… ¡Maldito hijo de puta! – se decía mientras escuchaba cómo hacían el amor sobre su cama. Hasta el dolor de muelas se había alejado ya, y solo deseaba averiguar quién era ese personaje inmundo que se había atrevido a mancillar su casa.
La oscuridad se hizo menor, y pudo ver sus dos cuerpos retozando sudorosos. Entre sombras y grises claroscuros pudo ver por fin la cara.
– ¡Javier! – gritó su pensamiento – ¿tú?. Fue en ese momento cuando peor se sintió. No podía creer que alguien como él, alguien a quien consideraba su amigo, fuera capaz de hacer algo así.
También pensó en su esposa… ¿Qué pasaría si ella se enterara?. – ¡Dios, le mataría…! Cada vez más fuera de sí pensó fríamente en alejarse y tranquilizar su ánimo antes de montar un espectáculo que no conllevaría a nada bueno. Ese tipo había entrado en su casa y estaba haciendo el amor en su casa, con su… – ¡menudo hijo de puta! – pensó alejándose de la puerta y acercándose a la principal de la vivienda – ¿Y qué hago yo ahora?
Pensándolo detenidamente prefirió no montar un escándalo en el vecindario. Lo mejor era tranquilizarse, meditar y actuar con sangre fría. Así, volvió a meter la llave en la cerradura y la giró varias veces para abrir la puerta. – ¡Hola! – gritó en el hall, intentando hacerles ver que acababa de llegar a casa y que no sabía nada de lo que allí estaba sucediendo
– ¿hay alguien en casa? ¿Querida?
El silencio le hizo comprender el miedo de los dos amantes. Saber que allí estaban le hizo escuchar hasta los susurros de sus ropas al contacto con sus pieles. Entonces caminó por el pasillo, y siguió gritando, llamándola.
Ella callaba y se vestía rápidamente mientras su amante se escondía bajo la cama. Él, que no quiso entrar en la habitación, siguió hasta la cocina, abrió la nevera y sacó uno de sus botellines de agua mineral sin gas. Lo abrió, lo vertió en un vaso y bebió tranquilamente mientras intentaba calmar su rabia.
– Hola, ¿estás aquí? – dijo ella desde el salón – no te había oído entrar – ¿dónde estabas? – preguntó mientras seguía bebiendo y golpeaba con sus nudillos en la encimera verde, intentando calmar así su rabia
– estaba en el baño… limpiándolo
– pero si he mirado en el baño y no te he visto – empezaba a disfrutar de su miedo, aunque empezaba también a no ser capaz de mirarle a los ojos
– es que estaba en el baño del dormitorio – contestó muy nerviosa, intentando peinar unos pelos imposibles de domesticar
– ¿Qué haces aquí tú tan pronto?
– me encontraba mal… he pasado mala noche… ¿Ya has terminado?
– ¿cómo? – ella estaba tan asustada que casi no puede ni articular palabra
– ¿que si has terminado ya lo que estabas haciendo?
– yo no estaba haciendo nada – contestó más nerviosa aún
– ¿no estabas limpiando el baño?
– ah, sí… Sí, he terminado ya
– bueno, pues entonces ya puedes irte ¿no?
– ¿dónde?- preguntó otra vez muy nerviosa – ¿Dónde voy a ir ahora?
– no sé…
– sí… bueno, no sé… quizás me quede algo por hacer – vale – dijo sonriendo, pero esa sonrisa ocultaba algo más de lo que quiso mostrar. Ella se dio cuenta rápidamente por ese extraño brillo en sus ojos que tan bien conocía
– ahora voy a salir a la farmacia a comprar unas pastillas para la fiebre. Cuando vuelva quiero que hayas recogido tus cosas y te vayas de esta casa, y no vuelvas nunca más
– ¿cómo dices? – preguntó algo contrariada, mientras él se detenía en mitad del pasillo, justo a la altura de la habitación donde había estado retozando con su amante
– que no te quiero ver más en esta casa
– ¿qué? – pregunta sin atreverse a mirarle a la cara
– que recojas tus cosas y te vayas… No quiero volverte a ver nunca más
– pero… Lo siento
– no digas nada más, por favor. Recoge tus cosas, dile a tu amante que se vaya, y no vuelvas por esta casa nunca más.
Cerró la puerta y salió. Respiró más tranquilo. Más bien suspiró. Aún estaba nervioso por el miedo que había pasado, pero, por fin, podía deshacerse de alguien que nada pintaba en su vida.
Fue al subir al ascensor cuando cogió el móvil, buscó su número, y le escribió un whasapp. Mientras lo hacía pensaba en su amante… ¿Javier?… Javier era su vecino de la planta superior. Fue precisamente él quien le recomendó el piso. Casado con una bellísima mujer, de mucho temperamento, que parecía tenerle completamente dominado.
– Vaya – pensó encendiendo un cigarro – parece que Javi no es tan tonto como parece…
Empezó a escribir, aún con las manos temblorosas mientras notaba cómo su cuerpo se tranquilizaba poco a poco. La idea de que hubieran estado follando en su propia cama le asqueó de tal manera que no tardó en pensar que, después del dentista, iría a comprar un colchón nuevo.
Sus dedos temblorosos terminaron de escribir el mensaje, y lo envió mientras volvía a guardar el teléfono en su chaqueta y el dolor de muelas volvía a aparecer:
“No te preocupes Marta. Te mandaremos a casa el dinero que te debemos del último mes de limpieza, pero estás despedida. Procura que Marga no se entere de lo que realmente ha pasado… ¡En su cama!”

CAPERUCITA Y AQUEL RABO

No hay descripción de la foto disponible.

Al lobo le gustaba aquel rol que le habían puesto en aquel cuento. A la niña no. Si ella era la protagonista ¿por qué tenía que correr siempre? ¿Por qué tanto miedo?
Aquel lobo la esperaba a diario escondido entre los árboles, y le rugía y amedrentaba, y ella corría asustada por el camino del bosque hasta llegar a salvo a casa de la abuela. Así un día, y otro, y otro… Hasta que Caperucita se hizo mayor y decidió no seguir viviendo asustada por más tiempo. ¡Aquello no tenía sentido alguno!
Así, un día que el lobo la perseguía, aullando y jadeando como siempre, ella se detuvo en seco, sin pensarlo, se volvió, y, muy decidida, le plantó cara.
La cara del pobre lobo fue un poema, sus orejas se agacharon, y el rabo se metió entre sus piernas antes de darse la vuelta para marcharse acobardado ante la potente mirada de aquella que ya no era una niña asustadiza.
Ella, antes de que se alejara, le dio un fuerte tirón de aquel rabo que tenía entre las piernas para dejarlo entre sus manos, apretándolo con todas sus fuerzas mientras le miraba cargada de valor… Y el lobo, entre jadeos y aullidos de dolor, desapareció por entre los árboles.

Y del lobo, en aquel bosque, nunca más se supo… Tampoco se supo más del tradicional miedo de aquella niña.

EL FEMINISMO ES POLÍTICA


Feminismo, según la RAE: «principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre.»

No hay descripción de la foto disponible.

Algunos intentan tachar el feminismo como política. ¡Claro que es política! De la de verdad. Por fin algo es política, que para eso se inventó… El feminismo está aquí para quedarse, para cambiar aquello que hombres y mujeres (sobre todo hombres) hemos hecho mal. Y estará hasta que ya no sea necesario… Como todo. Y es por eso por lo que hay que apoyarlo, y defenderlo cuando hace las cosas bien, y criticarlo cuando haga algo mal… 
Es la única manera de que todos lo siguamos, apoyemos y defendamos: Haciéndolo bien y con sentido común.

Dejemos la izquierda o la derecha. Todos podemos – o debemos – ser feministas en un tiempo tan necesario de cambio.

El feminismo es política… ¡A dios gracias!