marcharse

#fotografia en #blancoynegro. Crisis, lucha, inspiración, encuentro, extasis


¿Sabes? Mancharse no siempre tiene que ser algo malo

¡Ya me hubiera gustado a mí mancharte entera de mí!

una espalda en común

#fotografia en #blancoynegro. Crisis, lucha, inspiración, encuentro, extasis

Algunos – incluida tú misma – decían que tú y yo no teníamos nada en común. Y todos – incluida tú – se equivocaban.

Tú y yo teníamos algo en común: tu espalda y mis ojos… Tu espalda y mis ganas de mirarla.

GOTAS DE BESOS SOBRE TU ESPALDA

#fotografia en #blancoynegro. Crisis, lucha, inspiración, encuentro, extasis

A pesar de no haberlo probado nunca siempre supe a qué podrían saber mis besos sobre tu espalda… Al menos siempre imaginé que sabrían a lo mismo que huele la tierra cuando caen sobre ella las primeras gotas de lluvia…

LA GRADUACIÓN DE LA NIÑA DE PAPÁ

Ella estaba nerviosa. Muy nerviosa. No era la primera vez que hablaba en aquel estrado de aquella elegante sala de aquella majestuosa universidad, pero sí era la primera vez que iba a decir algo personal, algo que nada tenía que ver con una asignatura, algo, en definitiva, que nunca había dicho.
– Venga, Margarita, relájate… ¡Ya lo has conseguido! – se decía a sí misma, mirando a ese audiotorio lleno de gente conocida, y de la que pronto tendría que despedirse. El murmullo de todos sus compañeros no la ayudaba, ni sus miradas cómplices.
Puiiiiiiiiiiiiiii – sonó el desagradable pitido del acople del micrófono.
Toc, toc – dos golpecitos, silencio, respiración fuerte, cerrar los ojos, volver a abrirlos, y comenzar a leer…
“Buenos días a todos, compañeros, profesores, decano… Papá” – dijo buscando la figura de ese hombre calvo y bajito, de traje barato, de corbata mal anudada por la poca costumbre, y al que todos habían mirado sorprendidos cuando entró en el campus. Él no era uno de ellos – pensaron todos. Él también lo pensó, pero solo un instante. Él era otro padre de los muchos que había allí. Pero no era un padre más… Él era el padre de la alumna que haría el discurso de graduación porque, además de su hija, era también el mejor expediente de la promoción. Aun así era la primera vez que iba a aquel sitio. Nunca quiso ir para no molestar a su hija, para no entorpecer sus relaciones, y, sobre todo, para que, por fin, su hija pudiera sentirse como una más entre todos esos jóvenes privilegiados.
“Hoy nos graduamos. Hoy empieza una nueva vida para nosotros… La vida de verdad, y quisiera agradecer a mis compañeros y a mis profesores toda la ayuda prestada, que no ha sido poca. Gracias Paloma, gracias Rocío, gracias Gabriel, gracias Mireia, y gracias a ti, Roberto. Eres el mejor novio del mundo… Gracias por tantas noches a mi lado, apoyándome durante estos cinco largos años que nos han convertido en familia.
Gracias Don Carlos, el mejor profesor que he tenido en mi vida. Siempre te llevaré en mi corazón. Y gracias a esta maravillosa universidad, donde me he sentido – quizás por primera vez en mi vida – como una más entre el resto. Gracias por todo lo aprendido. Gracias por todo lo vivido. Gracias por todo lo sentido… ¿Cómo poder olvidarlo ya?
También tengo que agradecer al Ministerio de Educación, por haber hecho posible este sueño, con su beca, sin la cual no podría haber estado con vosotros, y, sobre todo, sin la que no podría estar aquí con el mejor expediente de toda la promoción. Sí, queridos amigos. No todos lo sabéis, pero ha sido gracias a esa beca por la que he podido compartir estas paredes con vosotros porque en casa no había dinero para poder pagarlo. Y es justo que de las gracias a vosotros también por eso, a los padres de mis compañeros, porque esa beca existe gracias a vuestros impuestos, a esos que a veces creéis que van a saco roto. Yo soy la prueba de que no es así. Gracias, de verdad.
Pero me gustaría dar las gracias a quien más mérito que yo ha tenido en todo esto. Ahora deja de hablar la Guiña que todos conocéis. Ahora va a hablar Margarita… Su Margariña, con vuestro permiso.”
La joven guarda su papel, busca la figura emocionada de su padre, y se dirige a él con lágrimas en los ojos, y en la garganta:

“Gracias a ti, papá. Gracias por haber sido mi padre y mi madre. Gracias por ayudarme a hacer los deberes cuando apenas si sabías leer y escribir. Gracias por esa fruta batida que aún sigo haciéndome para merendar porque tanto me recuerda a nuestra casita del puerto. Gracias por todos tus madrugones y tus insomnios para ir a ese barco que no te pertenecía, y donde tan poco te pagaban. Gracias por las palizas que te has dado, y no siempre remuneradas. Gracias por el hambre que sé que has pasado en más de una ocasión por tal de mandarme dinero para algún libro, o alguna clase particular, e incluso para alguna fiesta. Gacias por las ropas que he vestido, y que tú no te has podido comprar. Gracias por los chatos que no te has podido beber en la cantina con tus estibadores mientras jugábais a las cartas, que era tu única distracción desde que mami se fue. Y, sobre todo, gracias por ese esfuerzo que has hecho para que tu hija pueda codearse hoy con sus compañeros como lo que realmente es: una persona más. Gracias por tu esfuerzo, gracias por tu cariño, gracias por tu comprensión, gracias por nuestra lucha, y gracias por tu terrible esfuerzo…
¿Lo ves papá? Tenías razón… Tú me convenciste desde pequeña de que no era menos que nadie por no tener tanto dinero, por no tener un coche caro, o por no tener una casa grande. Tú me convenciste que lo importante lo llevaba dentro… ¡Tú lo has sacado!
¡Papá, lo hemos conseguido! Tú y yo, juntos, como seguiremos viviendo lo que nos quede de vida. Así que, baja de ese barco que ha consumido tu vida, y sube a bordo del mío, que tenemos un bonito crucero que realizar. Ahora me toca a mí cuidar de ti.


Gracias, y felicidades a todos mis compañeros. Nunca os olvidaré.