El mejor regalo… Ese que nunca me hiciste

La imagen puede contener: exterior, agua y naturaleza
Henri FANTIN-LATOUR (1836-1904)

Querida Mariquilla:

Recuerdo ahora aquel día en el que todo cambió en nuestra vida… Ojalá pudieras recordarlo conmigo, pero ya no estás. ¡Cuántas esperanzas perdidas aquel fatídico miércoles! ¿recuerdas? ¡Y cuánto miedo los días posteriores! Qué horror de lunes, de martes, de miércoles, de jueves…
Fue allí, en aquella fría consulta de aquel mismo hospital donde nacieron nuestros hijos, y en aquel día nublado – como fueron ya todos desde entonces – cuando por primera vez vi llegar el otoño a mi vida, y cuando, por primera vez, desde que nos conocimos, vimos acabar aquel sempiterno verano.
Aquel día tú aún no tenías veintitrés, y yo acababa de superar los veinticinco… No teníamos más que esos, pero a alguien le parecieron demasiados. Recuerdo las palabras de aquel médico diciéndonos que tu amable y querido padre tenía esa desconocida enfermedad terminal, tan maligna, tan cruel, y tan… ¡hereditaria!
Al principio no lo entendimos bien ¿Recuerdas? ¿O acaso no quisimos hacerlo?
– Lo siento mucho, no sé cómo decírselo – dijo el doctor, visiblemente nervioso. Eso nos puso nerviosos también a ti y a mí, que pensamos en la misma palabra
– ¿tiene mi padre cáncer? – preguntaste, sin pensar
– ¿cáncer? – dijo el galeno, esbozando una macabra medio sonrisa que nos asesinó allí mimo – no, no tiene cáncer
– eso es bueno ¿no? – pregunté yo
– no, en este caso no es nada bueno – dijo muy serio, releyendo entre sus papeles, como si fuera incapaz de mirarte a los ojos
– dígame lo que tiene mi padre, por favor
– Verás… Es una enfermedad muy rara en el mundo, apenas diagnosticada, pero al examinar a tu padre no nos queda la menor duda…
– ¿la tiene él?
– sí. Hemos estado viendo todos los síntomas, analizando la situación, y comparando con otros casos, y la tiene. Sin duda
– ¿y tiene cura? – preguntamos los dos, sabiendo la negativa a la respuesta
– no, no tiene cura, y su final es muy rápido
– no puede ser – dijiste apretando tu mano a la mía con violencia – ¿Rápido? ¿Qué quiere decir rápido? ¿Quiere decir que morirá pronto?
– sí, muy pronto.
Tú lloraste y te abrazaste a mí. Yo no pude consolarte porque también quería a ese hombre que tan bien se había portado con nosotros, casi tanto como lo querías tú, y lloré contigo. Después saliste de la habitación. Corriste a la sala de espera para abrazar a tu padre. Yo me quedé allí, frente al doctor. Su mirada me asustó más aún.
– ¿Hay algo más, doctor?
– sí, hay algo más… Mucho más
– dígame, por favor
– verás… El final de esta enfermedad es muy duro, muy doloroso, pero no sólo es eso…
– ¿me quiere decir ya qué pasa? ¡Me está asustando, doctor!
– verás, resulta que en el cien por cien de los casos estudiados en el mundo – con el de su suegro son ya más de doscientos – siempre se ha repetido el mismo patrón
– ¿qué patrón? ¿puede haber más que la muerte?
– en este caso sí. Verá – su silencio se hacía peor que esa muerte de la que hablaba – esta es una enfermedad en la que todos los miembros directos de la familia la padecen, heredándola de sus progenitores – dijo el galeno
– ¿todos? – pregunté yo, pensando en mi Mariquilla
– todos…
Cuando dijo ese todos yo no quise pensar en ti. Pensé en tu pobre padre, en tus tíos, en tus hermanos menores… Pero tú no podías tenerla. ¡Tú no!
Cuando salí de aquella consulta quise morir con vosotros. Recuerdo que salí a la sala de espera y tú estabas abrazada a tu padre. Los dos llorabais. Tú me miraste, y me pediste con la mirada que le dijera algo a tu padre. Le abracé, pero mis ojos estaban clavados en ti… ¡Yo sufría por ti! ¡Aquello dolía por ti, y no por él!
Durante mucho tiempo te lo oculté. No podía decírtelo. ¿Y si ese médico estaba equivocado? Aquella enfermedad era aún desconocida, pero todas las informaciones que recibí al respecto eran inequívocas: ¡Nadie se salvaba!
Fue entonces, investigando, cuando comprendí tantas cosas de tu familia, y cuando tú te enteraste. Tus abuelos murieron jóvenes, y no de infarto ni de cáncer. Tu tía Rosario tampoco… ¡Nadie nos había hablado de aquello! Ni siquiera tu padre, que también parecía saberlo.
Tu padre, el mayor de los hermanos vivos, murió a los dos meses de aquella noticia, cuando apenas si había cumplido cincuenta. Tu tío Ramón, el menor de todos, murió un año después, sin pasar de los cuarenta… ¡Esa fue la muerte que me mató a mí también!
Tú eras la siguiente… Apenas me duraste seis años desde entonces. Y en plena forma – como tú eras – apenas unos tres. Si con todos fue rápida, a ti parecía tenerte especialmente apego.

Esa enfermedad fue lo peor que nos ha pasado jamás. Te vi morir durante muchos años. Te vi yéndote poco a poco, y aún recuerdo ese final tan… ¿tan interminable?
Eso sí, nos amamos con locura, disfrutamos de nosotros dos, y de lo que nos rodeaba, pero decidiste romper nuestra promesa más sagrada: esa de tener no menos de dos hijos. No pude entenderlo, aunque lo respetara, y reconozco que incluso llegué a enfadarme contigo en secreto. Si al menos me hubieras dejado algo más de ti que no fuera solo este terrible dolor…
Durante muchos de los años de mi terrible soledad no supe perdonártelo. Te fuiste y me habías dejado sólo en este mundo gris, sin siquiera uno de esos hijos deseados… ¡No lo pude entender!

Ahora que vengo del entierro de nuestro sobrino Juan, el hijo mayor del tío Ramón, al que hemos enterrado con apenas treinta años, me alegro de tu decisión, y es por eso por lo que escribo esta carta, para pedirte perdón, y, sobre todo, para darte las gracias. Ahora sé que lo hiciste por mí.

Gracias María, mi Mariquilla.

pdta: no hay un solo día que no te recuerde, pero es hoy cuando me doy cuenta de que el mejor regalo que me diste en tu vida fue precisamente ese que nunca me hiciste. Gracias, cariño: Solo una madre como tú, aunque nunca haya llegado a serlo, podría hacer algo así de generoso… Por eso sé que eres la mejor madre del mundo.

7 comentarios

  1. Que manera de meterme en el texto.
    Está tan bien descrito que parece que lo has vivido muy de cerca.
    A mí me ha llegado a lo más hondo.
    Me hago mayor y todo lo leo de otra manera diferente que a la edad de la adolescencia..

    Me gusta

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