QUERIDAS hijas dos PUNTOS

Queridas hijas:

Cuando os digan que las jóvenes no podéis volar porque no tenéis alas, recordad esto:

para volar no hacen falta alas, sino ganas de volar.

Y el que no quiera volar contigo, que se quede en tierra. Ya volverás… ¡O no!

SIN TÍTULO

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Solo ella, sin duda debido al inevitable arrastre del tiempo del que no podía disfrutar por culpa de su interminable quehacer diario, se veía más vieja cada día que pasaba, como si su eterna juventud estuviera empezando a abandonarla.

Lo que parecía no entender era que ella vivía en el museo que yo había creado a su alrededor, y que, como arte que era por sí misma, no pasaba un solo día en el que dejara de revalorizar su belleza y su incalculable valor.

Y, además, debía saber que en cada uno de los besos, y en cada una de las caricias que yo dejaba en su piel por las noches compartidas, dejaba allí a los mejores restauradores de arte, provenientes de los mejores museos del mundo, para hacer que su obra maestra – que no era otra sino ella – no perdiera un solo ápice de su enorme y eterno valor.

Aquel lugar que era yo, aun teniendo muchas obras en su interior, no tenía una sola del valor de aquella que me otorgaba el nombre de MUSEO: ¡Tú!