“CUANDO NO HAY OPCIÓN”

Cuando apenas tienes quince años duele  – y mucho – el tener que hacerse ciertas preguntas que uno no debiera hacerse jamás. A esa edad duele mucho preguntarse si quieres más a mamá o a papá. Pero más doloroso es aún el tener tan clara la respuesta.
Yo, a partir de aquel trágico día, nunca tuve esa opción A o B, esa de ser incapaz de elegir entre mamá o papá. Esa duda desapareció. Así, sin más, y siempre me volqué en mi única opción posible: la A. La B tuve que desecharla, alejarla de mi vida, y separarme de ella… Así, de golpe, como cuando te quedas dormido mientras ves tus dibujos favoritos, y te despiertas enfadado porque no recuerdas el final.
Es verdad que ya estaba acostumbrado a vivir noches como aquella. De hecho ya había vivido cientos así, pero,no sé si sería por la edad, o yo qué sé, que aquella noche cambió todo en mi vida… Fue como si yo mismo me quitara la máscara que siempre había llevado puesta sobre mis ojos.  Hacerlo fue tan horrible como necesario.
Estaba casi dormido cuando, desde mi cama, escuché gritos y lamentos acuciantes de aquella garganta dolorida, acostumbrada, pero que no se cansaba de pedir un socorro que nunca le llegaba. Mamá lloraba, y gritaba en silencio, para que yo no la escuchara, pero era la terrible voz de él la que me atemorizaba. ¡Qué cosas más desagradables decía a aquel ángel! ¿Por qué le hablaba así? ¿Y por qué esos ruidos extraños y casi tétricos que empezaban a sonar en mí de otra manera diferente, a pesar de ser los mismos de siempre?

Asustado, preferí hacer como siempre: quedarme en la cama en silencio, intentando pensar en otra cosa, pero esa vez la almohada se quedó bajo mi cara, y no sobre ella, como sucedía tantas otras veces… Era como si necesitara oír por fin lo que allí llevaba pasando tanto tiempo.

Fue por la mañana, cuando me crucé con mamá en la cocina, cuando comprendí su dolor. Ella se escondía frente al “pollo” de la cocina, haciendo girar la cuchara sobre el colacao de mi vaso de leche, y no atendía a mi saludo. Al acercarme a ella, cogerla del hombro, y darle la vuelta, vi la tristeza y el miedo de sus ojos. No tardó en llorar, mientras intentaba ocultar su mirada, pero yo se la retuve frente a la mía… No era miedo, ni tristeza lo que encontré entre sus ojos. Mamá sufría ante la idea de que yo me sintiera defraudado por lo que estaba pasando. ¡Eso es lo que había en sus preciosos ojos!

Fue allí, al llorar con ella, cuando comprendí que esos moratones, esas heridas y esas lágrimas que ella llevaba ocultando desde que yo era un niño tenían tatuada la firma del desprecio de ese hombre al que, desde ese momento, dejé de llamar papá. También pude ver su nombre en aquellos horribles gritos que me habían acompañado durante toda la noche. “Puta. Zorra. ¿Me engañas con él? ¿te viestes así para ese cabrón?” eran los gritos con sonido a alcohol que siempre había oído salir de aquella boca que siempre olía a amargo dulzor, y que yo, por fin, empezaba a traducir con claridad.
– mamá, no llores, por favor. Te voy a ayudar. No te voy a dejar sola

-no, cariño, por favor… Papá no es malo, pero está pasando una mala racha

-¿una mala racha? Mamá, desde que recuerdo, te hace eso todas las noches… Y yo siempre callado, como un cobarde

-no digas eso, cariño. No pasa nada, de verdad – dijo sonriendo, limpiando sus lágrimas, e intentando desviar la atención – venga, que llegas tarde al insti.

La noche siguiente volvió a suceder. Papá le gritaba, insultaba, y asustaba, y ella se defendía con su silencio, y con esa frase que me mataba un poco más: “no hagas ruido, por favor, que nos va a oír el niño”. A él le daba igual. Él seguía.

No podía soportarlo más. Esa noche me quedé en la cama, llorando, golpeando el colchón con rabia, pero tomé una decisión: “La próxima vez que le pegue acabaré con él.”

Y así lo hice. Sé que no estuvo bien lo que hice – ¿quién quiere matar a su propio padre? – pero ya he dicho que yo ya no tenía opción A u opción B. Él mismo se encargó de sacarme de dudas… Mi opción era la A: mamá.
Juro que no quise salir de la habitación, pero él le estaba pegando con un palo que había arrancado de la silla. Yo podía oírlo todo, incluso los golpes de la madera contra la pared, y contra ella misma. Ella lloraba en silencio para no despertarme. Sólo se defendía con esas palabras: “vas a despertar al niño. Te va a oír” Ese era su único miedo.

Cuando me acerqué a su dormitorio, mi opción A empezaba a desaparecer. Ella estaba sobre la cama tumbada, casi inconsciente. Él – la maldita opción B – estaba sobre ella, ahogándola con sus propias manos, insultándola, y apretando sus manos sobre el cuello de ella, que empezaba a ponerse morada. Entonces vi aquella silla rota en el suelo, la cogí, y…

¡Adiós opción B!

8 comentarios

  1. ¿sabes? yo conocí una historia parecida. El hijo de 20 años mató al padre y la madre lo enterró y ella sigue en la cárcel por eso. Me ha recordado a aquello

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  2. me ha mandado esto una amiga en común de tu blog. No te conozco ni sabía de esto pero ella me lo ha mandado porque a mí me pasó algo parecido a esto cuando era joven. No maté a mi padre, pero desde aquel día que me enfrenté a él es como si lo estuviera. Me ha gustado lo de “adios a la opción b” Mi madre nunca ha superado aquellos malos tratos. Pobre. Gracias josamotril. Estas cosas pasan en muchas casas y tiene que parar ya

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