LA ESPOSA ABANDONADA

María y Carlos acababan de despertar y hacían el amor con la delicadeza, y el mimo, que utilizaban todos los sábados… ¡El sábado, sabadete de siempre! Él jugaba con su cuerpo, con esa delicadeza de siempre, con esa monotonía de siempre, pero a ella le gustaba. Ya se había acostumbrado a aquello. Ella estaba disfrutando del viaje de su marido por su cuerpo puesto que ya estaba entre sus piernas. El placer empezaba a desbordarla, hasta que, de pronto, su marido se detuvo. Sin decir nada dejó de jugar, se levantó, cogió su ropa, y se fue del dormitorio. ¿Dónde iba su marido con tanta prisa si era sábado? – pensó, mirando el reloj, que marcaba las siete y nueve, y tapando su cuerpo desnudo.

– ¿Dónde vas Carlos? – le preguntó desde la escalera, mientras le observaba vistiéndose a toda prisa frente a la puerta

– me voy- dijo, sin más, mirándola fríamente antes de salir. María no entendía nada. Era la primera vez que Carlos actuaba así, pero su cansancio le hizo olvidar rápidamente. Lo más seguro – pensó – era que Carlos tuviera un caso urgente.

Intentando volver a su sueño recordó con miedo lo que allí había pasado unos minutos antes, intentando encontrar una explicación a esa repentina e inesperada fuga amatoria.
Como siempre sucedía en los últimos… ¿diez años? Carlos despertó abrazándose a ella, acariciando su cabello, besando su cuello bajo el pelo y dibujando flores con uno de sus dedos sobre toda la mano de ella.  De fondo, como siempre también, sus suaves susurros en forma de baladas. Después, suspirando y respirando sobre su espalda, bajó saltando de lunar en lunar hasta llegas a la cesta llena de frutas que eran sus caderas. Allí besó también, e incluso dejó que el más húmedo de los músculos jugara con su piel despierta, y disfrutó de su sueño, sin despertar sus ojos, como siempre hacía, mañana tras mañana, semana tras semana, mes tras mes… Año tras año.
Después de limpiar su espalda y caderas de la nada de la noche le dio la vuelta al paisaje lunar por donde su boca paseaba y besó su corvo vientre, sus caderas, y dibujó gaviotas alrededor de las islas de sus senos, donde no podía morar para así no detener su vuelo.
Ella, aún despiertamente dormida, sonreía en silencio mientras su amado sin rostro besaba sus muslos y sus rodillas, y acariciaba todo el contorno de su cuerpo disfrutando de su piel erizada.
Fue al llegar al calor de sus ingles dormidas cuando todo se detuvo, cuando él cambió su tono romántico y embelesado, rompiéndolo, y cuando, sin decir nada, se levantó y rompió ese ritual que no siempre le gustaba… Pero sí ese día. Ella, dispuesta a dejarse vencer, había separado sus muslos, arando el camino para la siembra y dejando su tierra abierta para que el agricultor dispusiera de las semillas e hiciera a su antojo el huerto del que luego se alimentaría, pero él se había detenido, apartado y marchado.

¿Por qué? – siguió preguntándose mientras despejaba los estertores de su cuerpo, convulso aún. No podía entender nada. Él no le había dicho que tuviera que marcharse, y era algo impropio de él… Marcharse así de la cama, sin decir nada, sin besarla, sin abrazarla… ¡Aquello era muy raro!

Fue en la ducha, minutos después, cuando comprendió todo. ¡Horror! – pensó, mirándose en el amplio espejo del baño, y viendo su cuerpo desnudo y mojado. El mundo se le cayó encima, y se sintió morir allí mismo. Su amante ya le había amenazado varias veces con que dejara a su marido, pero ella siempre le ponía excusas, prometiéndole que algún día lo haría, pero que no podía hacerlo por ahora. También le habían advertido que tuviera cuidado con él, que no era alguien en quien confiar, pero ella nunca le había creído capaz de llegar tan lejos.

Sobre sus dos ingles se dibujaron dos manchas moradas, provocadas por los dientes y los labios de su amante la tarde anterior, y para mayor dolor unas letras extrañas escritas con macabro bolígrafo de color rojo…

– ¡Menudo cabrón! – maldijo, mientras leía esas extrañas letras que al fin pudo descifrar: “ES MÍA”.

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