DIGAS LO QUE DIGAS… Y TE PONGAS COMO TE PONGAS

I

Ella acababa de salir de la ducha, como llevaba sucediendo en los últimos treinta años de nuestra vida en común. Treinta pueden parecer muchos, pero no lo son. Te lo aseguro. Esa ducha nocturna era otra de las muchas diferencias que, paradójicamente, nos mantenían tan unidos. A ella siempre le gustó ducharse antes de dormir, y, sobre todo, meterse entre las sábanas con esa sensación de frescor que le regalaba la crema corporal recién echada sobre su majestuoso cuerpo. Yo, en cambio, era más de ducharme por las mañanas. Era mi manera de empezar bien un día.
Esa noche una toalla roja – otras veces era blanca, otras amarilla, o azul – cubría algo de su torso, y otra, roja también, permanecía, erguida y enroscada, en su cabeza, en forma de gracioso turbante. Tumbado sobre la cama la escuché abrir el armario donde la esperaba toda su ropa, que no era poca.
Al verla allí, iluminada por esa vibrante bombilla que habría que arreglar – eso llevaba diciendo ya casi un año – y perdida entre la nada de todo su “todo”, libre y sola, sin nada, ni nadie, que la molestara en su rutinario secado, me llevé la primera alegría de un día que había sido muy largo.
De nuevo mi atención se centró en ese cuerpo que ya llevaba mucho tiempo cohabitando con el mío, entreteniéndolo unas veces con el premio de su cercanía, y penitenciándolo otras tantas con el castigo de su ausencia. Perdido en esas sábanas que pronto compartiría con ella, observé, y, de paso disfruté, de la mujer con la que llevo una treintena casado, mientras se agachaba y se enderezaba, secando su cuerpo desnudo, iluminado por la luz que la hacía parecer más importante aún de lo que ya era para mi alma.
Sí, me fascinaban sus curvas. Su cuerpo me seguía fascinando de igual manera que esos libros ya leídos, pero que a veces me gusta releer. También me deleitaba en esa belleza pura de un cuerpo diferente, pero siempre igual, y que había sido, sin ninguna duda, el motor impulsor de mi deseo, ya no más masculino, o humano, sino más animal.
Mientras luchaba para no volver a dejar la página del libro que leía a medias, pensé en los cambios que su cuerpo habría experimentado durante todos estos años sin yo apenas percibirlos por el hecho de contemplarla – y disfrutarla – día a día.
Alguien había hablado de eso en la universidad esa misma mañana. Alguien hablaba de las alumnas, de la exquisita belleza de algunas, de su lozanía, y yo también las observé, corroborando lo que decían, pero para después compararlas con mi esposa. Su juego no habría dejado de ser divertido si no hubiera intentando hacerme partícipe del mismo.
¿Quieren que compare a mi Mariana con esa jovencita que se sienta en primera fila, con sus piernas cruzadas, y esos escotes casi acrobáticos? ¡Qué injustos somos a veces los hombres! ¿Cómo se puede comparar el brillo del sol con la tenue luminosidad que desprende la luna llena? ¿Acaso son comparables una estrella y la luna?
Cuando yo miro a Mariana es a Mariana a quien veo. A nadie más. Jamás podría compararla con nadie. Jamás nadie podría compararse con ella. En cambio, al resto de las mujeres no dejo de compararlas… unas con otras, y, al final, a todas con ella.
Al volver a mirarla comprendía que el tiempo y cuatro embarazos no habían logrado “desperfeccionarla”… ¡Al contrario!
Las zonas de ella que antes eran simplemente vigorosas, ahora eran eleganemente provocativas. Y otras, de las que ella lamentaba los “efectos de la gravedad”, en mi opinión, se habían vuelto mucho más interesantes. Me pregunté, mirándola embelesado otra vez, si había habido una época en la que su cuerpo fuera más hermoso. Hubiera respondido que sí, que cualquier otro tiempo, y sin estar mintiendo, pues siempre que la miré así me pareció la mujer más hermosa del mundo.
En cambio, ese día, me respondí con claridad:
¡Ahora!
Y se lo dije, Pero primero esperé a que terminara de vestirse. Con su gracia habitual se puso unos pantalones de pijama cortos y una camiseta que se quedó atascada por un momento en su cabeza, poniendo al relieve sus hermosos senos. Cuando por fin sacó la cara por el cuello de la camiseta, me sonrió como quien sabe que acaba de cometer una torpeza, me guiñó uno de sus ojos, en forma de beso, y se acostó a mi lado recordándome el agotador día que había llevado.Tu cuerpo es más hermoso ahora que cuando te conocí -le dije mientras se acurrucaba sobre mí, acariciando mi espalda, y pegando su pecho al mío mientras sus piernas se enroscaban sobre las mías, con intenciones evidentes.

¿Qué quieres decir con eso? – exclamó molesta, levantándose súbitamente – ¿estabas comparando mi cuerpo de antes con el de ahora?
Y fue en ese mismo momento cuando me di cuenta de que, sin duda, había pisado un terreno peligroso… Peligroso, y pantanoso.
Cuando se trata de belleza, las mujeres asumen que todo tiempo pasado siempre fue mejor. 0, para ser más concreto, las mujeres asumen en todos nosotros esa ecuación casi científica que dice que los hombres pensamos que mientras más joven, mejor.
Este es el punto crucial de la inseguridad femenina, que desde mi punto de vista es un terreno extraño… y me asusta.
Por eso quise huir de ahí, y, por primera vez, deseé volver al libro que ya había dejado en la mesita de noche. También el libro huyó, asustado.
Pude ver cómo tomaba vida y se alejaba, tapando su nariz con unas manecillas de papel, y saltando al vacío.

– Déjalo cariño – le dije, sin saber qué más decir

. ¿que deje, qué? – dijo, sentándose en la cama, frente a mí, demostrándome que ese asalto no iba a perderlo antes de jugarlo

– ¡Buenooooooooo!
Ese fue el inicio de una larga discusión, y Mariana fue la que más se extendió en todos los temas. Tengo que reconocer que no le faltaba razón en muchos de sus argumentos, pero es que yo no había hecho mención a ninguno de ellos, ni siquiera los había imaginado.
Yo sólo quería decirle que la amaba, que me encantaba, que seguía deseándola – más si cabe – que cuando éramos unos adolescentes, aunque la pasión y la vigorosidad no pareciera la misma por cuestiones evidentes relacionadas con el puto paso del tiempo.
Pero ella no oía más que lo ella misma decía. Es más, yo creo que ni eso. Ella no se escuchaba… Ella tan solo escuchaba lo que otras voces decían en su interior.
Yo creo que oía la suya propia, la de su hermana, la de su cuñado, la de nuestros amigos… y todas diciendo lo mismo con respecto a las mujeres jóvenes.
Ya digo que ella escuchó todo menos lo que yo quise decirle. Yo sólo quise decirle que, en ese momento en el que estaba, estaba disfrutando de ella como nunca lo había hecho. En ese momento era a esa ella a quien deseaba, y para nada pensé en ella veinte años atrás, o treinta, cuando hicimos el amor por primera vez en aquella playa de arenas suaves e idílicas, atestadas de cangrejos que no supimos ver a tiempo.
¿Que sus pechos no estaban igual de erguidos?… ¿Que su vientre estaba más encorvado y blando?… ¿Que su cuello no era igual de terso?… ¿Y a quién le importaba eso? ¿Cómo explicarle que yo era incapaz de ir más allá de esa Mariana que acababa de ver desnuda hacía cinco minutos? ¿Cómo decirle que a mí la que me gustaba era la que tenía allí, esa a la que allí mismo quería disfrutar?
Pues no. Ella no lo entendía, y se molestó. Ella interpretaba una vez más algo que yo había dicho – quizás desacertadamente – pero que no era lo que le había querido decir. Ni siquiera – y es lo que más me molestó siempre de ella – quiso considerar la posibilidad de que lo que dije fuera verdad…

II

 
Nuestra discusión mutó al monólogo en escasos minutos. Según decía ella, y por su seguridad parecía imposible poder rebatir dicha argumentación, era científicamente imposible que en ese momento de su vida pudiera ser más sexy que treinta años atrás. Es más – me dijo – ni siquiera puedo ser más sexy que diez años atrás.
Dijo, o más bien gritó, que aceptaba lo que había sucedido con su cuerpo, que los embarazos y el mismo paso del tiempo habían descompensado su figura, pero que de ningún modo quería que yo sintiera lástima por ella.
¿Lástima?… ¿pero de qué “coño” estaba hablando esa mujer que empezaba a transmutar no sólo su alma, sino también su precioso y apetitoso aspecto? ¿No sería mejor darle la razón, decirle que era verdad que no tenía el mismo aspecto que hacía treinta años, y acabar con todo aquello?
En su enroscado, iracundo, y airado discurso llegó incluso a reprocharme – con cierto zaherimiento – el hecho de que, si la encontraba más hermosa que a ninguna otra de las mujeres que me rodeaban, no era por ella, sino porque SIMPLEMENTE la amaba.¿Y eso también te va a parecer algo malo? – hubiera querido gritarle, pero a esas alturas de mi vida había aprendido a no seguir embarrando jardines si seguía lloviendo… Mejor esperar en casa, y salir después, cuando escampara.
Aparentemente, algo que debería halagarla, como el hecho de amarla y de desearla, la hirió, y eso fue algo imperdonable, y que tuve que pagar por medio de su ira.
¿Acaso me dejó nunca admirar o alabar la belleza de otra mujer? Cuando lo hice, siempre me tachó de viejo verde, de mirón, incluso de pervertido… ¿Cuántas veces no había oído eso de “sois todos iguales. Solo pensáis con la polla”? ¿Cómo puedes mirar a todas?… ¿cómo os pueden gustar todas?… ¡todos los hombres sois iguales!”
¿Y vosotras?… ¿hay quién os entienda a vosotras, querida? – quise decirle, pero… ¿para qué afilarle las garras?
¿Acaso no era capaz de comprender que tan solo estaba resaltando la enorme virtud que poseía su cuerpo? ¿Tampoco era capaz de agradecer la loa que le hacía?.
Siempre pensé – y de ahí mi primer miedo al matrimonio – que de todo se termina cansando uno, como así sucedió con la mayoría de las cosas terrenales de mi vida.
Antes de casarnos, cuando nuestra relación sexual se hizo más completa, intensa, y, casi, diaria, siempre temí ese maldito momento del hastío, el caer en las redes de la rutina y de lo cotidiano, y ese fatídico momento en el que nos diéramos la espalda en la cama, como si nuestros alientos empezaran a ser un incordio para conciliar el sueño. Siempre pensé que no siempre podría amarla y desearla como sucedía en aquellos principios, temiendo la llegada del aburrimiento por culpa de lo correspondiente a todos los días de mi vida. Y siempre supuse que a ella le pasaría igual. Es más, siempre temí que a ella le sucediera antes… ¡Mucho antes!
Y fue precisamente su cuerpo, ese sobre el que no es capaz de escucharme hablar, y, sobre todo, sus múltiples cambios – inapreciables hasta hoy – los que me hacían verla siempre diferente, siempre igual de hermosa – o un poquito más – y haciendo que volviera a enamorarme de ella como si siempre fuera una mujer diferente.

– Diciendo eso me estás diciendo que te parezco guapa por lástima, o peor aún, por cariño – me dijo, arrastrándome de nuevo hasta un muro invisible que no podía atravesar. Estábamos en la edad de piedra, y era yo el arrastrado del pelo, y era ella quien me asía con desdén, arrastrándome, mientras cargaba sobre el hombro la estaca de madera con la que cazaría cualquier mamut.

– ¿Qué estás diciendo, cariño? – pregunté, de nuevo derrotado por una lanza que no sabía de donde venía. Ella y su manía persecutoria…

– sí, dices que mi belleza nace de tu lástima, o de un cariño que puede que ya no exista

– Para mí, la belleza no existe hasta que la percibo a través de mis ojos, y viaja después a mi alma… y yo la percibo a diario.
Y cuando se lo dije, me lanzó una de las zapatillas que no sé bien de dónde sacó.

– Cariño – le dije, enojado por no dejarme decirle que si la percibía a diario era precisamente por culpa de ella y de su cuerpo, no de ninguna lástima – estás perdiendo los papeles, en serio

– déjame en paz – dijo, apagando la luz de su mesita, y ofreciéndome su espalda

– de verdad que no te entiendo

– ni yo a ti. Déjame dormir, por favor. Estoy cansada.
Definitivamente, llegué a la conclusión de que, efectivamente, hablábamos idiomas distintos. Ella hablaba el idioma del todo absoluto, ese en el que ella hablaba y pensaba, escuchaba y guardaba, y, finalmente, se quedaba en ese terrible momento en el que siempre comparaba todo con otro todo totalmente distinto. Así son ellas – me dijo una vez O´sabio Palomares.
Yo, en cambio, hablaba el idioma de la nada. Yo decía lo que quería decir… sin más, sin intentar llegar a otro lugar, o a otro tiempo, que no fuera ese en el que me encontraba en ese momento… Te he mirado, me has parecido hermosa, y te lo he dicho. Sin más. ¡No había ningún plan tras esas palabras!
Definitivamente no me comprendía… y no la culpaba. Después de todo, ¿qué sabía ella sobre su figura? Estaba demasiado cerca como para poder verla con claridad.
¿Acaso podría un bailarín ver su propia danza?
Definitivamente, por mucho que se mirara en el espejo todos los días, no era ella la especialista indicada para hablar de su cuerpo. Ese, sin duda, era yo, que era el experto absoluto en la anatomía perfecta de su cuerpo.
¿Por qué? Porque desde que comenzó la función fui yo el que siempre estuvo sentado en la primera fila… O eso era, al menos, lo que quería creer.

III

Tumbado de espaldas a ella luchaba para no encender la luz, echarme sobre ella, y gritarle que estaba equivocada… una vez más. Es verdad que no era la primera vez que discutíamos por algo así, y siempre era por lo mismo: por su maldito trabajo.
Por culpa de un arrebato sin sentido, o por una mala explicación – ya empezaba a dudar cuál era el verdadero motivo – íbamos a quedarnos sin ese duelo en el que ambos salíamos siempre, no solo ilesos, sino también fortalecidos.
Cansado de empezar otro duelo dialéctico en el que nada tenía que hacer, preferí dejarlo estar, y, de paso, dormir. Estaba enfadado con ella, pero mis enfados no duraban mucho más de un par de minutos. Suspirando, moviendo los pies bajo las mantas, y volviendo a suspirar, cerré los ojos intentando evadirme de aquel aquelarre de ideas disparatadas.
A mi mente volvió su cuerpo desnudo que acababa de disfrutar hacía un momento.
Haciéndole caso la dejé en paz y me retrotraje en el tiempo, y viajé a esa isla donde nos conocimos, y donde, seguramente, volveremos algún día.
La primera vez que la vi fue en Mallorca, nuestra Mallorca. Apenas tendría 17 años y llevaba una minifalda más que corta, mostrando unas piernas tan morenas como contorneadas, descansando sobre una chancla de graciosos dibujos de color rosa.
Llevaba el cabello liso, largo y con raya hacia la derecha si mal no recuerdo. Lo que sí que recuerdo es que no fue precisamente su peinado lo que me hizo llamar su atención. A mis amigos sí – sobre todo a mis amigas – que no tardaron en reírse de él.
Y fue en ese momento en el que me fijé en ella. Mientras ellas reían de su pelo y de esas horquillas tan cursis yo grabé sus piernas, el vientre que escapaba de esa camisa cortita, y esos senos que se dibujaban tan pletóricos como dulces.
Parecía una mis en vez de una estudiante de secundaria. Aunque ahora creo que sólo me lo pareció a mí. ¡Era la Venus de Botticelli! Por fin había salido del cuadro.
En ese momento mi único deseo fue acercarme a ella, y tocarla. Pero no por placer, o por deseo, sino para estar seguro que toda ella era de verdad, y no un sueño. Pero había un problema: aquel era yo, tímido como siempre… y cobarde a no poder más. Así que no me atreví a acercarme.
Al principio su cuerpo fue sólo un objeto de deseo… el que me enseñó a soñar, y desde ese momento comenzó lo que sería para mí, si no la única historia de amor de mi vida, sí la más importante y digna de ser mencionada.
Ella estaba allí con un chico – su chico. Era guapo a rabiar. Tanto como antipático. ¡Dios, qué tío más lacio! A ella le gustaba jugar en la playa, y bailar, y beber. Él no se movía de la sombrilla, y tampoco salía por la noche. Estaba estudiando – decía.
Aproveché esa semana para acercarme a ella. A pesar de mi timidez ella notó cómo la miraba. No podía evitarlo. Ella me descubría espiándola… Y parecía hacerle gracia.
Cuando me dijeron que su novio había vuelto a la península me decidí. Tenía que hacer algo. Faltaban solo dos días para irnos de allí, y no podía arriesgarme a no volver a ver a la mujer más hermosa del mundo.
Esa noche bebimos más de la cuenta y estuvimos toda la noche tonteando. Mi amigo Javi estaba liado con su amiga Lina, y cuando se fueron a la playa “a surfear” nos quedamos los dos solos. Era ya casi de día. La noche había sido muy larga.
Fue esa noche la primera vez que nos hicimos recíprocos al fin. Fue en su habitación. La acompañé y me invitó a pasar. No dudé.
Cuando entramos me besó. Nos desnudamos rápidamente. Ambos sabíamos que no había tiempo que perder. Su cuerpo se mostró ante mí como algo duro, enérgico, y tan lleno de perfecciones que me hizo perder parte de las defensas de mi autoestima. Sus labios estaban perfilados en calores amenos que me adentraron en el refugio en el que se convirtió toda ella. No podía creerlo. Estaba besando a la auténtica mujer de aquel cuadro…
Entre las sábanas de la arena de aquella habitación a oscuras quedó suspendido el deseo de nuestros cuerpos asustados, y nuestros pensamientos quebradizos. Abracé todo su cuerpo, lo hice mío una y otra vez mientras mis manos se llenaban de ella, quedando luego en la nada más absoluta. Al lado de una auténtica mujer dejé de ser niño. Ella – o eso me pareció – ya lo había dejado de ser tiempo ha.
La siguiente noche repetimos, y le pedí que dejara a su novio por mí. No lo dudó, y empezamos a salir. Fueron años muy divertidos, y llenos de pasión.
El día de nuestra boda, tan solo cinco años después, su estilo había madurado de mujer bañada de adolescente a mujer con imprimación total… ¡Era un cañón!
De ese extraño día recuerdo dos cosas relacionadas con su cuerpo: La primera es la manera en que su vestido, claro con un estampado rosado y corte al estilo de los años treinta, susurraba sedoso y prometedor, alrededor del hemisferio de su belleza única. Y la segunda es cuando ella se volvía para besar y conversar con los miembros de nuestra tribu, y entonces toda la energía de su robusto cuerpo se escondía tras su rostro tímido y angelical… ¡Jamás la había visto tan feliz!
Mientras bailábamos, ella sonreía amablemente a su público, poniendo a funcionar todos los músculos de su cuerpo amenazante, y haciendo quebrar toda mi entereza. Moría de ganas por poseerla allí mismo, delante de todos. Abrazado a ella, bailando, observándola de lejos, o a su lado, sólo tenía ojos para ese cuerpo hermoso, dibujado a través de ese traje que deseaba hacer historia.
Fueron dos años después cuando mi esposa quedó embarazada, y, aunque mi acceso a su cuerpo estaba limitado por el hecho de que casi siempre estaba a punto de vomitar, me dejaba disfrutarla de una manera nueva y dulce. El embarazo también la hizo más sensible a mi ternura. Tanto que hasta llegó a odiarme. Me encantó la redondez de sus formas cuando se agrandaron. Mis ojos sólo tenían “ojos”, y todos ellos eran para su vientre y sus senos, multiplicados por la infinita cifra. Si ella misma supiera la de noches que pasé a su lado, despierto, observando esas redondeces imposibles de conseguir y de hacer mías…
Estuve a su lado durante el parto “detrás de la puerta” evitando por todos los medios la sangre… solo esperaba que se encendiera una luz para decirme si era hembra o varón, pero allí entendí el todo de la maternidad. Siempre temí al dolor, pero nunca hasta ese momento había conseguido sentirlo a través de los ojos… a través de otro cuerpo: el suyo.
Desde entonces su cuerpo que, antes de tener cuatro niñas,  había sido mi terreno de juego, donde siempre me sentí como local, con la hinchada de mi lado, y donde pude hacer y deshacer, a mi antojo, se convirtió en mi gran fascinación. Era como si detrás de todos sus encantos hubiera escondido un secreto invencible pero que estaba a punto de descifrar.
Yo sabía lo que su cuerpo había tenido que soportar, y cómo había conseguido domarlo y devolverlo a su estado natural. Y era por eso por lo que lo amaba como un soldado ama a un amigo que muere por salvarle la vida.
Y el tiempo siguió pasando. Y ella también siguió pasando… siempre a mi lado, siempre igual de hermosa… o puede que más.
Un verano – creo que fue en el que nuestra hija mayor cumplió los doce años, y la menor los seis – en ese óleo surrealista que es la playa, observé a otras mujeres de todos los tipos y formas, de todas las edades, colores y… ¿porqué no? también de todos los gustos. ¡Qué hermosura la de la mujer, que, a pesar de estar compitiendo siempre con todo, nunca se siente del todo vencida por nada!
Uno de esos días, de regreso a la playa, vi a una mujer que salía de entre las pequeñas olas, rizadas por el Mediterráneo. Echó la cabeza hacia atrás, alisando su cabello con las manos, y mostrando sus axilas al sol, y sus senos cubiertos por un bañador negro.
No pude evitar frenar mi carrera para admirarla, y ese cuerpo, acariciado por los leves vientos de poniente, caminó bañado por la espuma sollozante aún pegada a su piel.
Sólo cuando se acercó a nuestra sombrilla, cogida de la mano de mi hija menor, reconocí el inconfundible paso de mi esposa. Y allí, cargado con la merienda, la barca, y una silla de playa, volví a amar su cuerpo como un objeto, pero de la manera más tierna que un hombre puede admirar un misterio… un tesoro.
Y aquí estoy, de madrugada, olvidando todo lo que ha pasado. Ella duerme plácidamente, y está tan bella como siempre. ¡Qué placer el poder mirarla así, desde la primera fila del teatro!
Y ahora ella, impregnada de sábanas blancas, sueña con esos arcos del amor que son los sueños. Y mañana, cuando despierte, me regalará el perfume y el aroma de su cuerpo, de ese cuerpo que cada día es más hermoso e invitador… Y yo seguiré amándola, y admirándola igual, como hace treinta años en aquella playa cuando vi a la Venus salir del cuadro.

– Y lo haré querida…¡Digas lo que digas… te pongas como te pongas!

Y te pongas lo que te pongas

9 comentarios

  1. qué gracioso. Pobre hombre porque yo soy mujer y sé que somos así y que aún no hemos aprendido a ver vuestra simpleza. Sois tan simples que no deberíamos pensar mal de vosotros, pero es que somos muy complicadas

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