la vida perra (desvarío mental)

Ancianos en un banco Gregorio Luelmo Serra - Artelista.com

Ayer, mientras mi hija pequeña jugaba en el parque, me senté en uno de los bancos más alejados de los columpios. La plaza estaba siempre atestada de gente a esas horas, y a mí me gustaba estar solo, con mi libreta, tomando apuntes, o copiando cualquier idea que cualquier rostro me mostrara. ¡Me encantaba mirar a la gente e imaginar sus historias! Mi hija jugaba subiendo al tobogán detrás de una amiga de su clase, y deslizándose por él mientras yo le observaba emocionado, dichoso, y algo asustado.

En medio de mi espectáculo visual aparecieron dos hombres mayores, saludándome con toda su educación, mientras les observaba sentarse en el banco contiguo, no sin dificultad, y ayudándose con sus bastones, ya gastados tanto en el mango como en la parte final. Los dos se sentaron y hablaban ajenos a mí. Me llamó la atención lo que uno – que parecía ser el jefe de “la banda” – decía al otro, que siempre escuchaba y asentía; y, sobre todo, me llamó la atención el tono en el que lo hacía. A pesar de su edad, y del temblor de sus manos, se veía bien fuerte para elevar su ruda voz. Con sus dos manos apoyadas en el bastón, y la vista fija en su amigo, no dejaba de hablar mientras un gracioso palillo se movía entre sus labios, al ritmo de su discurso. El otro amigo sólo escuchaba. Asentía, pero no decía nada.  ¿Qué podía decir si su amigo acaparaba toda la conversación, llevándola hasta el monólogo? No dejaba de decir que esta era una vida perra, que ya estaba cansado, y que no soportaba a la gente de ese, nuestro pueblo. Además, lo decía así, sin andarse por las ramas.

– ¡Esta es una vida perra, Felipe! – y el pobre Felipe oía y callaba. Sin duda estaba enfadado, muy enfadado. Y yo no digo que no le faltara razón en mucho de lo que allí exponía con tanta vehemencia. El venerable anciano, cada vez más ofuscado, se estaba metiendo con todo y con todos. No pensaba dejar títere con cabeza ese día. Empezó con los políticos, con su falta de escrúpulos a la hora de robar, con lo poco que hacían por los demás, y que – según él – solo entraban en política para hacerse ricos. Hablaba de la pandemia, y de lo mal que lo estaba haciendo el gobierno, que solo quería que murieran sus congéneres para ahorrar en pensiones.

– ¿Tú has visto a alguno honrado, Felipe?… ¿a que no, Felipe?… ¿qué vas a ver tú, Felipe? ¡Si no existen…!

– pues claro que no, amigo Felipe. ¡Son todos unos sinvergüenzas! – el pobre Felipe no se atrevía a llevarle la contraria. O no quería. Vete a saber.

Después se metió con la juventud, con su falta de valores, con su poca educación, y con lo que él llamaba un único deseo de drogarse, beber y hacer el holgazán.

– Si es que no piensan más que en los porros y en los cubatas, Felipe… Y en el “yutún” ese, o como se llame… ¡Parecen tontos! Tontos y vagos, Felipe ¿qué dices Felipe? ¿que no? ¿tengo razón o no tengo razón, Felipe?

El pobre Felipe seguía mudo, asintiendo sin convencimiento, y con los ojos dirigidos hacia alguna mamá de la plaza. Al seguir yo su mirada comprendí que el bueno de Felipe estaba por otra cosa… Él escuchaba a su amigo, pero prefería perder su tiempo mirando a esas mujeres hermosas que por allí había. Al seguir su mirada con la mía, pude ver cuál era la presa de sus ojos. Era una joven morena, de larga melena, alta, delgada, elegantemente vestida con un fino vestido corto negro y con estampados de flores amarillas, y botas marrones hasta casi la rodilla, que jugaba con una niña rubia cerca del columpio mientras hablaba con una amiga que tenía otros dos niños un poco más mayores y algo revoltosos… ¡El bueno de Felipe tenía buen gusto!

Mientras Felipe y yo seguíamos observando a aquel ángel de larga melena, él seguía con sus críticas. Ahora le tocaba el turno a los médicos, a los que llegaba a culpar de todo lo que estaba pasando con la temida pandemia.

– Estos están aprovechando todo esto para ganar más dinero trabajando menos… Si son todos iguales, Felipe.

Finalmente se metió con las mujeres, con su repentina libertad, y en su manera de dominar a los hombres de hoy en día. Más concretamente se metió con su propia mujer, que fue, sin duda, quien peor parada quedó en su discurso, aparte de sus nueras y sus hijos, a quienes llamaba despectiva, pero graciosamente, “meaos”.

– Ya estoy harto de que las mujeres tengan que “mangonearlo” todo. Que si no bebas, que si no fumes, que si no veas tanto fútbol, que si te has tomado la pastilla, que si eso tiene demasiada sal para ti… ¡pues a mí  no me “torea” mi mujer. ¿Sabes Felipe?. En cambio a mis hijos… ¡Ay Felipe, mis hijos! ¡Qué hostia les daba a los dos! Sus mujeres mandan en ellos. ¿Tú sabes que uno de mis hijos hace la comida, y que plancha? ¡Menuda hostia tiene! ¿Y ella, su mujer…? ¡No la soporto! Todo el día jugando al padel ese, de cafés con sus amigas… ¡Seguro que está por ahí sentada! – dijo señalando a las mesas de las terrazas de las cafeterías – pero la culpa de todo la tiene mi mujer, que les deja hacer todo eso. Eso sí, Felipe, conmigo no lo va a conseguir. A mí mi mujer no me dice lo que tengo que hacer…

Y Felipe le miró, volvió a asentir, y alejó de nuevo su mirada hacia otra joven de la plaza. Yo seguí la dirección de su mirada… ¡qué belleza de mujer! Parecía salida de un cuadro. Mirándola estaba cuando me llamó la atención que el monologuista se había callado. Al mirar hacia el banco vi que acababan de llegar dos mujeres. Una era la de Felipe. La otra de su enojado amigo. Su conversación, y su demostración de poder, terminó ahí. No volví a escucharle. Su anterior gesto altivo y de poder había pasado a ser el de un viejito indefenso. Sus hombros habían caído sobre el banco, el bastón lo dejó apoyado sobre sus piernas, y su mirada parecía caída al suelo. Su mujer se acercó a él y le puso bien la chaqueta mientras le regañaba con aires de superioridad

– ¿no ves qué desastre eres? – después le quitó el cigarro de la boca, y lo tiró al suelo – ¿Cuántas veces te voy a tener que decir que el tabaco no es bueno para ti? ¡Dios mío Carmen, no sé qué voy a hcer con este marido mío!

El hombre, cabizbajo, e incluso sonrojado, miró la colilla mientras su mujer la apagaba con ayuda de su zapato, mientras era ella quien tomaba el mando en la conversación. No volvió a hablar, y, como Felipe, dirigió su mirada a las madres de la plaza.

– Da gusto ver a los chavales con sus mamás en la plaza, ¿verdad amigo Felipe?

– verdad, amigo Juan – dijo al fin Felipe mientras sus mujeres hablaban de sus cosas, sentadas a su lado.

Al final tenía razón el venerable anciano cuando decía que esta era una vida perra… Al menos para él. Esta vida, como perra que era – sólo le había enseñado a ladrar… y, por lo que pude ver cuando llegó su esposa, también a esconder el rabo.

3 comentarios

DEJA TU COMENTARIO (bueno o malo)

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .