SUPERACETA (SUPER A-Z) CAPÍTULO 16: EL VIDEOJUEGO

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Ese era un día extraño en Motrilian City. Las plazas, los parques, y las calles estaban completamente vacías… ¡Vacías de niños! En cambio sí que había perros, gatos, coches, motos, papás, abuelos… Todo el mundo paseaba como de costumbre, menos los niños. Los únicos que se veían iban subidos en carros. ¿Dónde estaban los demás? Para bien, y mal, de sus padres todos estaban en casa.

Esa misma mañana, en la hora del recreo, una famosa empresa de yogures había mandado a miles de operarios a regalar un misterioso videojuego a las puertas de los colegios. Lo mejor de todo aquello era que se podía jugar tan solo con conectarlo a la televisión, sin necesidad de consola u ordenador.

Los padres, agradecidos por la gratuidad del juego, dejaron jugar a sus hijos sin más. Además, el juego no parecía muy peligroso… Y si lo repartía aquella marca especialista en alimentos infantiles, supusieron que no había nada que temer. ¿O sí?

La única condición para entrar en el juego era escribir el nombre del niño, el número de teléfono de casa, y una contraseña secreta que tenía que estar relacionada con la palabra favorita de cada uno de esos niños.

Al principio era muy fácil, pero, poco a poco, las fases se iban complicando.

Y el juego era tan divertido que una vez lo empezaban era imposible dejarlo hasta no llegar al final.

Las primeras fases eran fáciles, y disponían de tantas vidas extras como fueran necesarias. ¡Nadie podía quedar eliminado!  Era en la fase final donde el juego comenzaba a complicarse, pero a esas alturas todos estaban ya “enganchados” al juego. En esa fase los niños dejaban de sonreír, y empezaban a aparecer los nervios, el estrés, y el enfado generalizado. A todo esto acompañaban fríos sudores, extraños espasmos repentinos, y, finalmente, una especie de aletargamiento.

Y era ahí donde algo extraño les hacía perder el uso de su razón, el dominio de su mente, y el control de sus extremidades, tanto las superiores como las inferiores.

Los chavales se quedaban inmóviles, con la mirada perdida en un punto extraño, y no eran capaces de responder a ningún estímulo ofrecido.

Otro dato extraño que sorprendía al capitán Pacomares era que todos estaban, no junto al televisor en el que habían estado jugando, sino con el teléfono de casa en las manos, o tirado en el suelo junto a ellos.

Esa misma tarde los centros de atención primaria de la ciudad se colapsaron de padres con sus hijos en brazos, niños del Ducarribax, del Sevillanox, y del Hispalix, incapaces de moverse por sí mismos, y todos con los mismos síntomas. El caos en la ciudad fue absoluto, y el miedo de los progenitores se fue haciendo mayor al ver que los médicos del pequeño y amable centro de salud eran incapaces de ofrecer, no solo una alternativa, sino tampoco un diagnóstico válido.

– ¿Qué está pasando Superaceta? – preguntó el alcalde Asensiox, preocupado por lo acontecido a todos los niños del pueblo, incluidos sus dos hijos

– sin duda está relacionado con este juego que han repartido en el colegio

– ¿y cómo hacemos para vencerle y recuperar a los niños? – preguntó el Capitán Pacomares

– solo hay una manera. Y es esta – dijo Superaceta, señalando su brazo derecho, donde se empezaban a formar palabras bajo su piel

– ¿entrando en el juego? – leyó Superinfinito

– sí

– ¿cómo? – preguntó el alcalde

– así – repitió Superaceta, mostrando a su hermano toda su espalda para que leyera lo que allí se escribía, como si de una pizarra se tratara.

– Tenemos que cargar el juego y dirigir el rayo hacia nosotros. No hacia la televisión. Entonces entraremos en el juego. Pero sólo podrá hacerlo uno de nosotros

– tranquilos, yo entraré – dijo Superaceta

– ¿por qué tú? – preguntó Superinfinito

– porque tú juegas mejor que yo a los videojuegos. Te necesitaré en el exterior, con los mandos,  para ayudarme en la misión. Sabes que yo no soy muy bueno con las máquinas

– está bien – dijo Superinfinito, sacando el juego de su caja, y leyendo las instrucciones.

A solas entraron en el salón de actos del ayuntamiento, sin compañía de ningún mayor, y encendieron el televisor. Conectando el juego Superinfinito dirigió el láser hacia su hermano, pero no pasaba nada. Durante varios minutos estuvo apuntándole, pero no daba resultado.

Encendiendo la televisión vieron una extraña pantalla. Era un paisaje oscuro, y en el centro una especie de nave.

-Sigue apuntándome – dijo Superaceta – empiezo a notar algo

– oye – dijo Superinfinito, algo alarmado – ¿qué está pasando?

– ¿qué pasa, hermano? – preguntó Superaceta al ver la cara de su hermano

– te estás desintegrando – le dijo mientras observaba la figura de su hermano esfumándose y desapareciendo como el humo.

– ¡Oye, oye… que  estoy aquí! – gritó Superaceta con todas sus fuerzas, pero su hermano no podía escucharle. Era extraño pero se encontraba en otro mundo diferente al suyo. Era increíble, pero su hermano estaba al otro lado del televisor. Y no podía verle.

Fue entonces cuando se decidió a golpear el cristal.

Al mirar hacia la pantalla no podía creer lo que estaba viendo. Superaceta estaba realmente dentro del juego, y le gritaba y hacía muecas extrañas.

Acercándose a la pantalla pudo leer en los brazos de su hermano (por cierto, era minúsculo) la frase: “dale más volumen a la televisión”.

Superinfinito escuchaba a su hermano, pero este era como un dibujo animado. Tenía la misma cara, el mismo cuerpo, pero parecía pintado, casi pixelado. Hasta su voz sonaba más mecánica.

-¡Venga, Superinfinito, empieza a jugar! – gritó Superaceta, comprobando que no podía moverse aunque lo intentara

– está bien – dijo, cogiendo el mando, y pulsando el botón A, como le indicaba la pantalla.

“PARA COMENZAR LA PARTIDA PULSA DOS VECES SOBRE A”. Así lo hizo.

PON TU NOMBRE… Álvaro

TU CONTRASEÑA (TU PALABRA FAVORITA)… infinito

FINALMENTE, INDICA TU NÚMERO DE TELÉFONO (IMPRESCINDIBLE PARA EMPEZAR A JUGAR)… 95666424.

-Ya está, Superaceta… empecemos – dijo Superinfinito agarrando con fuerza el mando y dirigiéndolo hacia la pantalla, comprobando que su hermano se movía a su antojo. Eso le hizo gracia.

El juego era muy fácil, y divertido también. Las primeras fases eran de lucha, de encontrar una pista, de carreras, e incluso de fútbol en la que tenías que marcar goles a un portero con la cara de la persona que peor te caía. En el caso de nuestros amigos el portero tenía la cara de Playaponientix. La primera fase del juego la pasaron sin notar nada extraño. Parecía un juego de lo más normal, hasta que pasaron a lo que el juego llamaba “la fase de la verdad”.

FASE DE LA VERDAD. LA CARRERA KAMIKAZE

¿ESTÁS SEGURO DE QUE QUIERES JUGAR?

NO HABRÁ MARCHA ATRÁS.

PULSA DOS VECES “A”

-¿Vamos? – preguntó Superinfinito

– ¡vamos! – contestó Superaceta.

Superaceta estaba subido a una extraña moto, suspendida en el aire, sin ruedas, y con una turbina escupe fuego en su parte posterior. Cada vez que giraba el puño salía una gigantesca llamarada. El ruido era ensordecedor.

A su lado competían otros dos pilotos con motos semejantes. Los nervios recorrían las venas de nuestro amigo. También tuvo miedo. Sus contrincantes eran una especie de monstruos cadavéricos.

TRES… DOS… UNO… GO!

Soltando el puño la moto salió disparada a una velocidad endiablada.  Tal fue el acelerón que sus piernas se quedaron suspendidas en el aire, su cuerpo estirado completamente, y sus manos apretadas al manillar.

Al principio golpeaba la roca con su lateral, incapaz de controlar la máquina, y todos los golpes dolían más de lo que Superinfinito pensaba. Ver a su hermano en el video juego le hacía gracia puesto que no era más que eso… un juego.

El circuito era en un paisaje oscuro, casi de película de Tim Burton, lleno de cascadas y pasadizos entre rocas por los que tenían que entrar de uno en uno porque no había espacio para los tres pilotos… Ni siquiera para dos.

Sobre unas rocas situadas estratégicamente descansaban banderas de colores, y cada piloto tenía que recoger las de su color. Después tenían que intentar derribar las otras para que el oponente no se hiciera con ellas. Poco a poco el control de la moto se hacía más fácil, y no tardaron en situarse en primera posición, alejándose de sus adversarios.

META A TRES KILÓMETROS – se leía en el último cartel.

Fue ahí donde uno de sus rivales, utilizando una especie de turbo, corrió a una velocidad superior, perdiéndose de su campo de visión.

-Venga hermanito – dijo Superaceta – tienes que hacer algo

– ¡Agárrate, Superaceta! – gritó Superinfinito – antes de accionar el botón con el nombre “POWER A” y ver cómo la máquina recorría el camino a igual velocidad, dándole alcance.

La meta estaba a poca distancia. Ya podía verse la bandera arlequinada, y Superaceta giró la moto, evitando un bache gigante que Superinfinito no había visto desde fuera de la pantalla.

Su enemigo estaba a pocos metros de la meta. No había nada que hacer – pensó Superaceta – pero Superinfinito vio una especie de rampa natural y dirigió la moto hacia allí.

-¿Qué haces? – gritó Superaceta – te estás alejando de la meta

– ¡Agárrate fuerte! – gritó a su hermano mientras dirigía el mando hacia la izquierda

– pero… ¿dónde me llevas?

– a esa rampa – gritó mientras la moto se elevaba sobre un montículo de tierra y saltaba por los aires.

– ¡Estoy volandoooooooooooo! – gritó Superaceta, observando cómo la velocidad conseguida era tan grande como para adelantar a su adversario a escasos cien metros de la llegada. Cuando llegó al suelo pudo controlar la moto y traspasó la línea de meta.

Su oponente, de la impresión causada por semejante salto, se cayó de la moto y ni siquiera pudo terminar la carrera.

BIEN HECHO

¿QUIERES PASAR AL NIVEL DOS DE LA FASE FINAL?

ACEPTAR

BIENVENIDO A LA FASE FINAL. SI LO CONSIGUES SALVARÁS A TODOS. SI NO, CAERÁS AL SACO COMO ELLOS

Fue entonces cuando sonó el teléfono. Superaceta observaba a su hermano, y este se dirigió hasta el aparato descolgándolo.

-¿Dígame?

– Excelente jugada en el nivel uno – dijo una voz mecanizada – ¿quieres pasar al nivel dos?

– claro – dijo Superinfinito

– tienes que aceptar con tu propia voz, diciendo “acepto”

– ¡acepto!

– pues adelante…

BIENVENIDO AL NIVEL 2

PULSE DOS VECES EL BOTÓN “A”

-¡Pulsado. Vamos allá! – gritó Superinfinito mientras dirigía a Superaceta a la escalera por la que tendría que ir subiendo hasta llegar a un gigante anciano que le esperaba sujeto a un bastón. Subir hasta arriba resultó bastante fácil, pero una vez arriba la plataforma empezaba a vibrar haciéndole caer de nuevo hasta abajo del todo, teniendo que volver a subir la escalera. Cada vez que estaba arriba le pasaba igual, y siempre caía, sin ser capaz de dar dos pasos seguidos pues siempre, al primer intento, el suelo comenzaba a vibrar, y no tardaba en abrirse por completo, haciéndole caer al vacío mientras el anciano del bastón reía a mandíbula partida.

Esa fase estaba sacando de quicio a Superinfinito, pero más aún a nuestro amigo Superaceta, que era quien se estaba llevando todos y cada uno de los golpes.

-Venga hermano – le animaba – no desesperes y piensa. Tú podrás conseguirlo.

No fueron menos de cincuenta las veces que cayó al vacío, hasta que Superinfinito vio cuál era su fallo y el motivo de la risa de ese ser que empezaba a odiar con todas sus fuerzas.

-Lo has intentado 50 veces – gritó el odioso anciano – y esta será tu última oportunidad. Si vuelves a intentarlo y fallas tus piernas me pertenecerán, y no podrás volver a usarlas nunca más. ¿Lo vas a intentar?

-pues claro que sí – dijo Superinfinito – no me vas a vencer

-Pero recuerda. Si no lo consigues me quedaré con tus piernas y no podrás salir de esta fase, ni de este juego. ¿Me entiendes?

-que sí, pesado, que te he entendido

– pues inténtalo, pero no te empeñes en usar esos pies que pronto me pertenecerán ja, ja, ja, ja.

-¿Te has fijado en lo que ha dicho, hermano? – preguntó Superaceta, mirando a la otra parte de la pantalla

-sí, tranquilo. Creo que me he dado cuenta de lo que hay que hacer.

Lo que pasaba es que se empeñaba en caminar por la plataforma, y cada una de sus pisadas hacía vibrar el suelo, lo que enviaba señales al anciano, que no tardaba en golpear con su bastón en el suelo haciéndolo desaparecer.

Superinfinito pulsó A y B al mismo tiempo y el personaje de Superaceta se tumbó en el suelo y empezó a arrastarse  mientras el anciano permanecía dormido con su cara apoyada en el bastón.

-Bien, hermano. Así, así.

Cuando Superaceta llegó hasta el anciano golpeó el bastón con un doble click en A y B, y el suelo se abrió haciendo que el viejo cayera al suelo mientras Superaceta planeaba tranquilamente. La música demostraba su victoria mientras volaba por unas pantallas repletas de nubes que le conducían a la fase final.

FASE FINAL: EL LABERINTO DE LOS PIES DE LOS NIÑOS

PULSA “A” PARA JUGAR.

El laberinto era desproporcionado, y ocupaba toda la pantalla. Él era un pequeño punto en medio de no menos de un millón de calles que se cortaban y unían, en horizontal y en vertical, de un lado a otro, y, además, para hacerlo más difícil aún, tenía curvas y formas circulares, y solo tenía una salida. En esa salida había una gran bolsa que se movía. Al hacer zoom sobre la pantalla pudo ver que esa bolsa estaba llena de pies que se movían en su interior como si de gatitos, o cualquier otro animal encerrado, se tratara.

De repente empezó una macabra cuenta atrás.

“Cinco, cuatro, tres, dos, uno… Tienes quince minutos para encontrar la salida, o tus pies me pertenecerán como los del resto de los jugadores que no lo han conseguido.”

El laberinto era tan grande, y las calles tan estrechas, que por más que avanzaba, sería imposible salir de allí en ese tiempo. Durante cinco minutos dieron vueltas una y otra vez, volviendo siempre al mismo sitio. Sin duda el que había inventado aquel laberinto sabía lo que había hecho.

Acercándose a las paredes que separaban una calle de otra Superaceta observó algo extraño.

-Hermano – le habló Superaceta – aquí hay algo extraño. He pasado ya varias veces por estas calles, y es como si fuera recorriendo el interior de palabras. Intenta hacer un zoom grande de la pantalla. Seguramente tiene que haber un truco en este laberinto

-está bien – dijo Superinfinito, haciendo el zoom más grande que la pantalla le permitía

-¿ves algo?

– no, el zoom no es tan grande. No me permite mucho más aumento

-¿y no puedes hacer nada tú?

-¿yo?

-recuerda quién eres, y cuál es tu poder… Tú dominas los números. Juega con ellos

– ¡Qué buena idea! ¿Cómo no se me había ocurrido?

Superinfinito puso su dedo sobre el juego y sus números comenzaron a adentrarse en la pantalla creando códigos extraños que solo él sería capaz de descifrar… No obstante era él quien los creaba a su antojo mentalmente.

-¡Qué pasada, Superaceta! ¡Lo tenemos!

-¿qué es? ¿Puedes ver algo?

-sí, para salir de ahí tienes que seguir el nombre de la fase, pero tendrás que hacerlo desde el punto de partida.

Al hacer un zoom gigantesco sobre la pantalla pudo ver el código desde una altura inimaginable. Desde allí arriba podía ver perfectamente el laberinto.

-¡Tenías razón, Superaceta! – gritó Superinfinito emocionado – el laberinto es una gigantesca sopa de letras

-lo sabía. Ahora tienes que buscar algo relacionado con el nombre de esta fase. Busca como si fuera una sopa de letras y dibuja cada una de las palabras en el siguiente orden: ESTA ES LA SALIDA DEL LABERINTO DE LOS PIES DE LOS NIÑOS

– ¡Ahí está hermano. Lo tenemos! – gritó Superinfinito al ver, además en mayúscula, la frase que su hermano le había dicho. Desde allí arriba podía verlo con claridad.

– JA, JA, JA, JA – sonó una macabra sonrisa con la voz del anciano – TENÉIS TRES MINUTOS PARA SALIR, O, DE LO CONTRARIO, ME QUEDARÉ CON VUESTROS PIES PARA SIEMPRE

-Guíame, hermano – gritó Superaceta.

– recto, derecha, haz la curva, ahora al otro lado, sigue avanzando, otra curva a la derecha, en perpendicular hacia adelante, corta por ahí, sube otro poco, a la derecha, a la izquierda, sigue recto, sube, sube, a la izquierda, otra curva, gira en sentido contrario…

– ¡UN MINUTO SOLO Y SERÉIS MÍOS, COMO LOS DEMÁS. PODÉIS DESPEDIROS DE VUESTROS PIES. SON MÍOS JA, JA, JA, JA!

– corre Superaceta, queda ya poco. Derecha… ¡nooooo! Vuelve atrás, no vayas tan rápido

-solo tenemos medio minuto

-ya lo sé. A la derecha, izquierda, recto, gira a la derecha, sigue girando, corta a la izquierda, sigue recto… ¡Ya casi lo tienes!

– DIEZ, NUEVE, OCHO, SIETE…

– derecha, sigue recto, izquierda, haz la curva… Solo quedan dos curvas

-TRES, DOS, UNO…

Superaceta lo había conseguido. Antes de que sonara el CERO su mano ya estaba desatando el nudo del saco gigante, y, de repente, miles de pies descalzos salieron del saco, entrando en el laberinto, y recorriendo las calles en dirección contraria a la que había recorrido nuestro amigo Superaceta.

¡NIVEL CONSEGUIDO!

¡HAS GANADO LA PARTIDA!

PULSA “C” PARA SALIR DE LA PANTALLA.

Superinfinito pulsó C y su hermano ya estaba junto a él, al otro lado de la pantalla.

-Lo has conseguido, Superinfinito. ¡Bien jugado!

-lo hemos conseguido, hermano. ¡Los dos!

-¡Milagro, milagro! – oyeron la voz del alcalde al otro lado de la sala – ¡lo habéis conseguido Superaceta!

Cuando salieron el alcalde estaba asomado a la ventana, y les invitaba a hacer lo mismo con gran cara de satisfacción.

En la plaza de España había cientos de niños corriendo y saltando, mientras sus padres vitoreaban y daban gracias porque sus hijos pudieran volver a andar.

Una vez más, nuestros amigos salían victoriosos.

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