EL DÍA QUE CONOCÍ A SAMUEL (Y NO MANUEL)

HAN PASADO YA CASI DIEZ AÑOS DESDE QUE CONOCÍ A SAMU. EL PRIMER DÍA QUE LE VI HIZO QUE COMPRENDIERA QUE A LA GENTE NO SE LE VE CON LOS OJOS, SINO CON EL ALMA. Y ESO ME LO ENSEÑÓ, ENTRE OTRA MUCHA GENTE, EL GRAN TRIATLETA SEVILLANOVENSE, Y AMIGO, SAMUEL RODRÍGUEZ MASIÁN, QUE TIENE YA 16 AÑOS Y SUEÑA CON LLEGAR A UNA OLIMPIADA.

QUERIDO SAMU: TÚ GANASTE LA MEDALLA DE ORO HACE MUCHO TIEMPO.

La primera vez que vi a -Samuel me pareció un niño normal. ¡Un niño normal! Como si eso fuera posible… Ahora, en cambio… Ahora… No sabría qué decir, porque normal, te aseguro que no es.
Samuel era, y es, sin duda alguna, un niño normal, como todos, con sus mismos miedos, con sus mismos deseos, pero él tiene algo diferente que, aunque no le hace ser menos normal que los demás, sí que le hace ser especial. Y  me refiero a algo especial que sí que tiene, y no a ese algo que algunos creen que le falta.

Me explico:
Todo sucedió una tarde cualquiera en un pequeño pueblo de Madrid cubierto por u n cielo ceniciento, arrojado adrede sobre una gran plaza rodeada de árboles y bancos, y dominada por un columpio multicolor donde niños y niñas trepaban a su antojo. Sobre el suelo de pavimento claro algunos niños inquietos y abrigados jugaban con una pelota
desinflada…. Era la que había. Allí había niños y niñas de todas las edades, de todos los colores, y de todos sitios. Unos parecían africanos, uno oriental, alguno de la lejana América, y otros muchos europeos, aunque ninguno
fuera capaz de acertar de qué país era cada uno.

Allí, todos persiguen el mismo objetivo, que no es otro que hacerse dueño del esférico y demostrar que nadie es tan bueno como él. Varias cigüeñas vigilan sobre un campanario situado sobre un tejado de pizarra negra, y
no más de cinco o seis madres permanecen sentadas estratégicamente alrededor de la plaza con los
ojos avizores sobre sus pequeños. Todas miran al cielo también.
Son los últimos días de un invierno que se va marchando lentamente, cuando el cielo empieza a alegrarse sin ninguna razón aparente, y cuando el olor de la primavera empieza a avanzar, luchando contra los últimos coletazos de un otoño que no se quiere terminar de ir del todo.
Esa tarde hacía frío en la Plaza de Sevilla. En realidad no hacía tanto, pero ese viento que escapaba de la sierra, y se metía por entre las callejuelas, hacía que lo pareciera. El cielo grisáceo y ceniciento amenazaba con descargar su ira de un momento a otro, lo que me hacía mirar hacia arriba constantemente con uno de mis ojos mientras con el
otro vigilaba a mis pequeñas, que jugaban sobre el columpio de la plaza, rodeadas de otros de su especie, esa a la que ya dejé de pertenecer, pero a la que nada me importaría volver alguna vez.
– ¿Nos vamos a casa? – les pregunté por enésima vez, temeroso ante los truenos que se oían aún lejanos
-¡nooooooooooooooooooooo! – respondieron todos, aunque no fueran mis hijos. Así son los niños. No tienen miedo a las amenazas hasta que no se hacen reales, y esa lluvia aún parecía lejana para ellos.
Con mis ojos perdidos en ese pequeño grupo de niños y niñas – casi atravesándolos, como también atravesaba los edificios que había tras ellos, los campos de después, y  hasta el mismo cielo – pensaba en no sé qué… En realidad no pensaba nada, y eso me hacía sentir bien porque era en esos momentos cuando más consciente era de lo feliz
que me sentía. En realidad yo tampoco quería irme, así que miré de nuevo al cielo, comprobando que aún podríamos aprovechar unos últimos minutos antes del diluvio que se acercaba.
Devolviendo mi mirada a los infantes descubrí a una de mis gacelas, subiendo y bajando del columpio con esa agilidad innata suya. Una vez más me hizo sonreír mientras su hermana mayor la miraba desde el suelo.
Las niñas jugaban con sus amigos, y entre todos había varios que yo no había visto nunca. No sé por qué pero me fijé en uno de ellos, un chaval que llamó poderosamente mi atención. No parecía tener nada especial, pero había algo en su cara, y, sobre todo, en su forma de sonreír que le hacía especial.
Me gustaba su sonrisa. Era de esas contagiosas y ante las que no puedes permanecer impasible: o te unes a ella o… ¡Te unes a ella! Además, siempre me gustaron las sonrisas tímidas, esas que no te atreves a convertir en carcajada por ese estúpido miedo del “qué dirán”.
Fue una voz adulta, de esas que suelen romper siempre la magia de los niños, la que me hizo fijarme en el detalle que había obviado.
-Mira ese niño. Pobre… Le falta una mano.
¿Le falta una mano? – me pregunté algo contrariado, como si no hubiera escuchado bien, alejando la dirección de mi mirada de su boca sonriente, y redirigiéndola hasta su extremidad que, efectivamente, no se veía por entre el abrigo.
¿Cómo no me había dado cuenta antes? – pensé extrañado, diciéndome por quincuagésima vez que tenía que ser más observador, y fijarme mejor en las cosas, como tantas veces me decía mi madre con ese tono de sermón.
Sí, lo reconozco, en ese momento sentí pena por el chaval. No creí justo que un niño tuviera que vivir con un miembro amputado, y toda mi alegría se desvaneció por un momento.
Ese estado de ánimo mío, que se disfrazó del color del cielo que nos acompañaba, no tardó en iluminarse de nuevo, y en recuperar su color. Y fue así al dejar de mirar esa mano, y volver a mirar esa cara risueña y esos ojos que demostraban que Samuel era un niño inmensamente dichoso.
Es aquí lo que quería explicar de la grandeza del gran Samuel, esa cualidad que aunque lo hacía diferente a los demás niños de la plaza, en el fondo, lo convertía en un niño más.
No, no era por su mano por lo que Samuel era diferente al resto de niños. Ni siquiera por que tuviera el pelo
de otro color, o fuera más alto que unos, o más bajo que otros… Lo que le hacía realmente diferente era ese espíritu alegre y contagioso, esas enormes ganas de jugar y  de ayudar a los otros niños, y, sobre todo, los deseos de superar obstáculos, aunque en eso no era diferente al resto de los niños ¿verdad?
Samuel corría y saltaba, reía y gritaba, y se asustaba como los demás ante los truenos amenazantes que ya se acercaban, y ante las gotas que empezaban a caer.
Durante varios minutos lo observé detenidamente, y él siempre escuchaba atentamente a Carmen, la mayor de las chicas de ese grupo, haciendo todo lo que ella decía, y sonriendo en todo momento. Cruz, en cambio, siempre iba detrás de él.
Por desgracia el tiempo ganó a las ganas.

-¡Chicas, nos vamos! – grité, levantándome del banco de madera donde ya se podían ver las primeras gotas posándose
-¡noooooooooooooooooooo! – gritaron todos, incluido Samuel, mirándome suplicantes
-lo siento chicos. Está lloviendo.
Mis chicas siguieron luchando contra mis palabras, y Manuel corrió hacia su mamá, que lo esperaba sentada también en otro banco mientras hablaba con una amiga suya – y mía también.
Ya nos íbamos cuando Samuel, de pronto, se acercó a nosotros, tímido, mirando a las chicas, pero sin decir nada.
-Ya nos vamos Samuel, lo siento – le dije.
– Ya – dijo él, muy serio – solo venía a despedirme de ellas. Adiós.
Manuel salió corriendo hacia su mamá, que también se despedía de nosotros amable y tímidamente. Ella, mientras le abrochaba los botones del abrigo, no dejaba de besarlo y de mirarlo con exquisita ternura, y ahí comprendí que ese chaval tenía más suerte que muchos otros de allí, que, aunque tenían las dos manos, seguían solos en la plaza, sin una madre que los protegiera como hacía la suya.
Fue cuando ya me marchaba cuando volví a escuchar de nuevo aquel extraño discurso…
– Mira ese niño… Le falta una mano… ¡Pobre!
Sí – pensé mientras me iba a casa, cogiendo a mis hijas de sus manos – todos se daban cuenta de que a Samuel LE FALTABA una mano… De lo no parecía haberse dado cuenta, casi nadie, era de que a Samuel – nuestro Samuel ya – le SOBRABA corazón.

Un comentario

  1. La verdad es que no es la primera vez que hablas de este muchacho. La primera vez que escribiste sobre él fue con el texto que has puesto. Me conmovió la historia y no sería de extrañar que comentaría sin lugar a dudas.
    Me ha dado alegría de volver a saber de él. Madre mía aquel niño de risa contagiosa hoy es todo un mozuelo y
    miralo deportista.
    Me ha alegrado volver a saber de él.

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