CITA CON ELLA EN EL HOTEL

Es verdad que no las tenía todas conmigo. Ella me había dicho que vendría, que acudiría a nuestra cita, pero ella era imprevisible a la hora de hacer algo fuera de lo establecido. Ella era una mujer muy responsable, y para acudir allí tendría que mentir a mucha gente. Releyendo el whasap de esa misma mañana, comprendí el gran esfuerzo que haría solo por aquella aventura. ¡Y ella no era así! Cuando me tumbé en esa cama aún estaba temblando. Allí mismo, donde ya me creía a salvo después del mal rato pasado en la recepción, donde creía que todo el mundo me miraba, fui incapaz de alejar el nerviosismo que me había acompañado hasta entrar en esa lujosa habitación del hotel más caro de la ciudad. No lo sabía a ciencia cierta pero estaba seguro de haber visto a un conocido en el hall, lo que hizo que todo mi miedo a ser descubierto ahondara aún más en mi propia inseguridad. A lo mejor a mí no me había visto nadie, pero ¿y si la veían a ella?

Era una tarde de lluvia, una de esas que, otrora, me invitaban a quedarme encerrado, recostado entre sábanas de piel y con el ameno aliento que no me pertenecía, y no ir a la oficina. Hacía tiempo que lo echaba de menos, y últimamente me acordaba – al despertar siempre solo – de aquellos días cuando mi vida entera se alimentaba entre insinuaciones, besos y caricias que no duraron todo aquello que yo mismo hubiera querido. Por eso me decidí de nuevo. La edad no era un impedimento para tener todo eso que tuve tan cerca en mi juventud. ¿Por qué iba a serlo? Y por eso di el paso, alejándome de  miedos absurdos, de fantasmas que siempre supe que no existieron, y de extraños complejos antinaturales ante los que nunca me creí capaz de sucumbir.

Con la habitación totalmente a oscuras  esperé a que ella llegara. No sabía siquiera si ella se atrevería a acudir, pero aun así albergaba una pequeña esperanza. En el fondo, ella también parecía víctima de un matrimonio del que se había estado alejando sin pretenderlo. ¿La culpa de eso? ¡vete a saber! Puede que el trabajo, los hijos, la edad… y todo eso salpicado por la inevitable rutina. Pensando en ella, y en el momento elegido para amarnos, volví a excitarme y a emocionarme como cuando aún no era padre y mi vida me pertenecía Mis manos, presas de mi estado de ansiedad y de excitación sin precedentes cercanos, se posaron sin querer en mi entrepierna que empezaba a impacientarse solo de pensar en ella bailando solo para mí. Cerré los ojos, me apoyé sobre la almohada doblada, y la imaginé desnudándose para mí, jugando con el conjunto de lencería que le había regalado hacía ya muchas semanas… quizás demasiadas. Tantas que seguramente hasta lo habría olvidado. ¿Cómo fui de hacerle aquel regalo? ¡Qué valor!

También pensaba en el gesto que me regaló al ver el modelito. Era su cumpleaños, y no supe qué regalarle. En la oficina todos hicimos un fondo para su reloj, pero yo quería diferenciarme del resto, y que ella lo viera. Necesitaba que esa mujer que tanto deseaba lo supiera. Recordando las palabras de un viejo amigo lo tuve claro. “Si quieres algo con una mujer tienes que desconcertarla”. Y vaya si lo hice. En su cara había incredulidad, miedo, y, sobre todo, mucho nerviosismo por lo inesperado. Aún hoy me tiemblan las piernas cuando recuerdo cómo reuní todo el valor que entonces no tenía. Alejado de ella vi cómo abría el paquete a escondidas, cuidándose de que nadie viera lo que allí había. Ella sabía que era mío nada más verlo, y, aunque sus compañeras querían que lo abriera delante de todas, ella se negó. Me miró sonrojada y supe que lo sabía. Rodeado de gente vi como leía la tarjeta donde me citaba con ella en este lugar en el que ahora estoy esperándola. Me miró y se ruborizó. No me sonrió. Después guardó la tarjeta en la caja y no volvimos a hablar del tema.

Ya habían pasado muchas horas desde nuestro último whasap, y no quería agobiarla más de lo que ya estaría. Para acudir a esa cita tend´ria que salir antes del trabajo, dejar a sus hijas atendidas, y, como dije antes, mentir a mucha gente querida. En verdad comencé a perder todas esas esperanzas con las que había salido de mi puesto de trabajo. ¿Se acordaría? Y, lo más importante: ¿sería capaz de ir a su cita olvidando el trabajo y las responsabilidades del hogar y de sus dos hijas pequeñas? No lo creí. Tanto miedo tuve al encuentro que tentado estuve de abortar la misión. Te juro que estuve a punto de largarme.. Pero ¿Cómo hacerlo ya? Y ¿por qué?  Aquella mujer me volvía loco casi desde el día que la conocí… incluso antes. Ni ella misma lo supo pero yo ya soñaba con ella sin haberla llegado a saludarla. Aún recuerdo la primera vez que la vi, en la puesta de aquel colegio… ¡Fue como ver a la venus del cuadro de Botticelli!

Dos suaves golpes en la puerta me alertaron. Todo el miedo desapareció al verla entrar por la puerta. La oscuridad no le dejaba ver con claridad, y, con voz temblorosa, me llamó casi entre susurros.

– Jose, ¿estás ahí? 

–  Sí – fue lo único que le dije -. Cierra la puerta, por favor.

Ella entró en silencio. La oscuridad se hizo menos intensa, y, al fin, pudimos mirarnos. Los dos sonreímos. Ninguno estaba nervioso. Ninguno tenía miedo. Ambos estábamos emocionados… ¡Dichosos! Los dos necesitábamos aquel bálsamo de juventud en nuestras pieles y en nuestras bocas.

-Has venido.

-¿Lo dudabas?

-No… Sí… Bueno, no sé.

-Aquí estoy. Hacía años que no me sentía así. Sé que es una locura, pero ¿sabes? tenía que hacerlo. Me encanta. Llevo todo el día nerviosa como una colegiala, con esa sensación de estar haciendo algo malo… ¿Me entiendes?

No dijo más, y dejó el bolso en la silla. Me volvió a sonreír. Para mi sorpresa no se anduvo por las ramas y empezó a desnudarse en silencio, inmersa en la oscuridad, sonriendo nerviosamente.  Yo no pude dejar de pensar en los años que hacia que la deseaba…que la amaba… y en el momento que me tocaba vivir. ¡Por fin era solo mía! De nadie más. Emocionado vi caer su falda al suelo por entre sus piernas. Se desabrochó la camisa. ¡Dios, llevaba la ropa interior que yo le había regalado para la ocasión! Emocionado como si volviera a tener treinta años menos recibí su silueta desnuda, tan solo vestida con aquella ropa interior negra. Ella me sonrió, intentó tapar los senos con sus brazos cruzados, y se acercó a la cama. Se deslizó por ella, abrió la manta, y oí el suave ruido de las sábanas mezclándose con su cuerpo. Finalmente me invitó a entrar con ella. No dudé en desnudarme. Lo hice de manera torpe, como siempre, lo que le hizo reír. Me adentré sobre aquellas sábanas y la sentí junto a mí. Todo allí olía a ella.

-¿Tú sabes el tiempo que llevo deseando esto? – le pregunté.

-Creo que sí – contestó ella, posando su dedo en mis labios -. No digas más

Nos besamos apasionadamente. Ella olvidó sus miedos, sus quehaceres, sus obligaciones, y volvió a sentirse joven otra vez. Su cuerpo seguía oliendo como cuando era una jovencita, y su tacto me deshizo el ánimo, arrebatándome la cordura. No pude contenerme. Ella tampoco. Hicimos el amor como dos jóvenes inexpertos, cerrando los ojos, saboreando los olores, disfrutando de los sonidos, y despertando memorias aletargadas.

Ella parecía una mujer puesta en la tierra para embaucar a cualquier hombre y hacerle sentir inferior durante el resto de sus días. Esa mujer era como una venganza de todas las demás para hacer pagar todo el dolor recibido por los hombres, una mujer que podía enloquecerles y mediar a su antojo para convertirles en víctimas de su desamor. Ese pensamiento me sumió en el más absoluto terror. Ella, al sentirse de nuevo tan fuertemente deseada y amada, había abandonado todo su miedo y pudor para convertirse en una fiera salvaje dispuesta a saciar toda su sed. Sus movimientos lentos y estudiados de acercamiento me hacían enloquecer y, por primera vez, abandoné el ideal que tenía concebido de ella, pensando que sin duda la palabra desinhibida fue inventada en su honor.

No podía creer que esa mujer que ahora jugaba así fuera verdaderamente ella, y es que la pasión y el deseo que aquello le había hecho despertar y que ahora reinaba en la sala se había ocupado de acallar todos esos aspectos sucios que aún había en la mente de ella. Esa mujer que descansaba sobre mí parecía una auténtica fiera a punto de devorarme, una fiera imposible de domar. Ella, encima de mí, jugaba y se sentía liberada. Estaba intentando, sin duda, seducirme de nuevo, conquistarme, pero no por mí, ni por mi placer… Era como si lo hiciera sólo por acrecentar su propia vanidad. Para ella, lo que allí estaba sucediendo no era un encuentro sexual, o una simple aventura… Para ella era algo más. Era demostrarse a sí misma que aún era una auténtica mujer y que el desamor de su esposo no debería hacerle olvidar los instintos escondidos. De nuevo se sentía viva, y de qué forma. Sus ojos brillaban y parecían hablar, su boca era un manantial de agua fresca y salvaje, y cada parte de su piel pareció recobrar toda la humedad y la frescura que siempre le había acompañado y que últimamente había desaparecido para convertirle en un seco desierto al que su esposo, o ella misma, no querían acceder.

Conturbados y dichosos, como si estuviéramos flotando sobre las cálidas aguas del mar de las delicias, nos dejamos llevar por el entusiasmo de volver a sentirnos amados otra vez. Notando cómo se unían nuestros dos vientres, sentí que irrumpían a través de mi piel, hasta llegar al alma, los sonidos dulces y musicales de tan bella y encantadora voz. Sus besos parecían de fuego, y su cuerpo el mejor de los manjares para un hambriento como yo, que era como se sentía en esos momentos. Cada beso era un latigazo de placer, cada caricia la más dulce de las condenas, una condena a la que estaría sometido durante el resto de mis días si así lo quería mi nueva y encantadora juez.

Ella jugó con su cuerpo hasta hacerme sentir invulnerable y sobrenatural. Todo el miedo contenido desapareció de mi mente y, abrazándola con todas mis fuerzas, la tumbé sobre las blancas sábanas para hacerla disfrutar con cada uno de sus roces y de sus besos. Finalmente, dejándome llevar por algo que no conocía pero que creía recordar, la cogí por sus carnosas caderas mientras ella le miraba con una extraña y feroz ternura, y penetré en su cuerpo sintiéndome morir y deseando al mismo tiempo vivir por siempre, hasta llegar a la puerta de todas las victorias.

Nuestros cuerpos, dos cuerpos perfectos, relucientes y sincronizados, volaban rítmica y artísticamente al compás de una extraña música compuesta por nuestros propios suspiros. Yo no podía cerrar los ojos como ella. Yo la miraba mientras bailaba sobre su vientre. Ella, con los ojos cerrados y agarrando violentamente la almohada que compartíamos, parecía una esfinge con vida, una sirena en el agua, y allí me pregunté si realmente había sido tan bueno como para que Dios me hubiera agraciado con la compañía de semejante hermosura. Los dos gritábamos mientras bailabámos sobre las sábanas un baile prohibido. En los ojos de esa mujer podía ver deseo, anhelo, pasión, pero sobre todo, y era lo que más me alegraba el alma, veía desahogo e incontinencia. Para mí era igual de importante saber que ella se sentía bien como ser consciente de lo que realmente estaba haciendo y con quién lo estaba haciendo. Los dos, sintiéndonos dentro del otro, estábamos persiguiendo con vehemencia el conocimiento y dominación del otro y no pararíamos hasta lograrlo de nuevo… hasta volver a encontrarnos.

Y allí, dentro de ella, mirándola, saboreándola, me di cuenta de la suerte que tenía en ese momento, y de lo afortunado que había sido toda mi vda… ¡Toda mi vida! Y es que mi mujer, esa con la que me casé hacía treinta años, seguía siendo todo para mí… aunque ya nunca se lo dijera.

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