DE VUELTA “AL SALÓN”

Esta historia es una historia post-pandemias. ¿Quién iba a decir que después de aquella terrible pandemia, vendrían otras, haciendo que las vidas de los humanos se hiciera tan diferente? Por suerte ya todo ha pasado, y por eso María, que tiene ya muchos años, ha decidido volver a “su Graná”.

Ese día María paseaba del brazo de su nieto mayor. Ir con él le gustaba mucho porque le recordaba a aquellos días en los que llevaba a “su Fernan” a su “Graná”. Por un momento, y a pesar de sus muchas arrugas, se sintió niña otra vez… Esa era la magia que tenía aquel lugar para ella. Hacía mucho tiempo que no regresaba por culpa de esa nueva pandemia que les había tenido varios años sin poder moverse entre comunidades. ¡Y ella era tan, tan “granaína”!

La tarde era fría, y ambos iban bien abrigados, como se deber ir en esa época de Marzo. Era la primera vez en muchos años que volvía a su Granada, y, aprovechando ese puente de San José le pidió al hijo de su hija – su nieto – que le llevara a ese sitio donde había nacido y donde había pasado los mejores años de su vida, hacía ya demasiado tiempo.
Las segundas lágrimas empezaron a sortear el camino que marcaban sus arrugas aún mojadas por las primeras. ¡Qué recuerdos!
¡Qué diferente le pareció todo! En aquella plaza ya no había niños, como cuando ella lo era. En realidad no había nadie, salvo varios ancianos sentados en uno de los pocos bancos que aún seguían allí.
– Abuela – le dijo su nieto –. No hay nadie.
– Espera, cariño, vayamos a la otra plaza. Allí siempre había gente.
– Pero ¿no querías ver la casa de los bisas?
– Vale cariño. Es por allí – dijo señalando a ese pasillo de tierra y árboles, y recordando a su madre, caminando con ella, en dirección a casa de su Wolfy o de su Sole, sus amigas del alma y a las que no había vuelto a ver hacía casi cuarenta años.
¡Cuarenta años ya! – dijo, dejando asomar el tercer torrente de lágrimas del día.
Caminando por El Salón, justo a la altura de la vieja biblioteca, observó los viejos árboles, las viejas farolas negras, y se relajó mirando al fondo, observando esa montaña verde repleta de casas. Al bajar la mirada vio que otra mujer, que caminaba sola, venía en su dirección, con la cabeza baja. Iba vestida de negro, con un pantalón estrecho que la hacía parecer más joven, pero esa mujer podría ser perfectamente de su misma edad.
Recordando a sus grandes amigas de la infancia, volvió a clavar la mirada en aquella extraña y familiar mujer mayor. La mujer caminaba hacia ella y María recordó ese caminar como algo muy familiar… como algo muy suyo. Tanto es así que casi notó que le faltó la respiración, sin saber por qué.
Esa mujer caminaba en su dirección, apenas sin mirarla aún, porque aún estaba lejos, y María se apretó a su nieto para no caerse. No sabía el motivo, y pensó que, quizás, el estar acercándose a su casa era el motivo de tal emoción.
Fue cuando esa mujer y ella estuvieron a escasos dos metros cuando sus ojos se clavaron, los de una en los de otra, y algo pasó. Sin saber por qué María sintió una punzada en su corazón, como si un ángel le hubiera acariciado, y en aquella mirada escuchó todos esos sonidos que antes le habían acompañado.

No supo reaccionar, y tan solo devolvió esa extraña sonrisa de aquella mujer, que hizo lo propio, sin saber tampoco el motivo.
Quiso María decir algo, pero no se atrevió, ni supo muy bien qué decir, pero la mirada cómplice de esa mujer despertó en ella muchas cosas. Tantas que, por un momento, se olvidó de su nieto, y se vio vestida con aquel chándal azul y ese polo blanco que tantas veces se puso, soltó la mano del joven y comenzó a correr hasta llegar al kiosko de la música.
Su nieto corrió hasta ella, sorprendido, y ella le devolvió la mirada manchada por las cuartas lágrimas del día, y después la lanzó en lontananza, en la dirección de aquella extraña mujer que, en ese momento, se volvió también mientras caminaba, mirándola desde lo lejos y sonriendo mientras desaparecía.
– ¿Qué te ha pasado abuela? parece que hubieras visto un fantasma.
– Más bien un ángel… No sé lo que me ha pasado pero esa mujer me ha recordado a alguien.
– ¿A quién?
– No lo sé. Más que recordarme a alguien me ha traído algo muy especial… Un olor inolvidable pero que no recuerdo nunca, una risa que contagia la mía, una voz amena en forma de canción… Es algo que ha entrado en mí, que me ha arrasado por dentro, como si me hubiera lavado el alma… Por un momento he sentido que esa mujer era yo. No sé qué es lo que me ha pasado realmente
– ¡Qué cosas dices, abuela!

Las quintas lágrimas limpiaron sus ojos y recordó a su padre y a su madre, y también a sus hermanos…
– Mira, aquí vivía Wolfy… Mi Wolfy . Al decirlo algo extraño volvió a brotar en su interior. Fue en el momento en el que iba a doblar la esquina cuando volvió a encontrarse con esa extraña mujer de antes. Casi chocaron, y ambas se disculparon.
Hubo un momento de silencio. Las dos se miraron, y se sonrieron.
– Tú eres Wolfy … Mi Wolfy ¿verdad? – dijo, con las siguientes lágrimas en sus ojos
– Sí, y tú María… mi María. ¿A que sí?
– ¡Lo sabía! Lo supe cuando te vi antes.
– Yo lo supe cuando te vi al otro lado de la calle. No, miento, lo supe en cuanto te vi subida en el coche con este, que seguro es tu nieto
– Sí, es mi nieto.
– Pero no me has dicho nada al verme.
– No. Han pasado casi cuarenta años, y no sabía si me recordarías.
– Sí, pero sigues igual…. Además, nunca te he olvidado.
-¿Igual? – preguntó riendo a mandíbula abierta -. Sigues siendo una exagerada.
– Sí, sigues igual. Yo siempre te veo igual que antes, ¿sabes? Siempre has estado conmigo. Sigues aquí – dijo señalando a su corazón -. Siempre has estado aquí, como Sole.

-¿Te puedo dar un abrazo?

-Podemos hacer algo mejor que ese abrazo… ¿Quieres?

– ¿Mejor? No te entiendo. No se me ocurre nada mejor que abrazar a mi mejor amiga.

-Podemos ir a casa de Sole, que vive aquí al lado. Seguro que le hace mucha ilusión verte. Siempre que nos vemos hablamos de ti.

– ¿Sole? ¿Mi Sole? ¡Sí, por favor!
El resto del día lo pasaron las tres juntas… ¿Que cómo lo pasaron? No voy a hablar de eso porque las tres lo podéis imaginar. El resto del día en realidad no existió, ni el día siguiente, ni el anterior, ni siquiera los cincuenta años anteriores…

Todo su mundo – el de las tres – se detuvo ahí, en ese abrazo tan deseado, volviendo al maravilloso momento de la foto que tanto miraron en las últimas décadas… En ese momento tantas veces imaginado por las tres y del que ya, por suerte, nunca más salieron.

Y las tres volvieron a reír juntas, como hicieron durante cuarenta años, cada vez que estaban tristes y cogían esa fotografía que siempre las mantuvo más unidas de lo que ellas mismas imaginaron.

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