EL CRIMEN PERFECTO SÍ QUE EXISTE

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No puedo evitarlo. Cada dos por tres me acerco a la tele para ver las noticias. Reconozco que no está bien, pero no puedo evitarlo. Hoy vuelven a hablar de lo mismo de siempre. La prensa es algo pesada cuando un tema Interés, y este del asesinato de ese médico de Córdoba del que aún no han conseguido averiguar nada lo están haciendo viral… Se nota que ya no hay coronavirus, ni elecciones, ni siquiera enl manido tema del independentismo. Este tema les apasiona y lo están convirtiendo en el posible caso de un asesino en serie. Y todo porque no consiguen encontrar una sola pista.

Un mes después del extraño crimen la policía sigue sin encontrar prueba alguna, algún testigo, o alguien que sospeche algo de ese suceso tan extraño. Durante todo este tiempo no se habla de otra cosa en los medios de comunicación por la extrañeza del caso. Ni siquiera los grandes especialistas de la brigada de investigación criminal han sido capaces de encontrar una lógica al crimen… y los contertulios de los programas de televisión no entienden nada. ¡Están descolocados! Y no hay cosa que guste más a la gente que ver a los “entendíos” fuera de lugar.
El galeno era un hombre tranquilo, sin vicios, sin secretos, sin familia… No tenía una amante despechada que pudiera ser sospechosa, ni enemigos, ni deuda alguna, o relación alguna con otra cosa que no fuera su trabajo. Su pasado era tan claro como oscuro su desparecido futuro.

Esa noche salió del hospital a las cuatro de la madrugada después de haber estado trabajando todo el día. Un día más había vuelto a hacer un enésimo favor a un enésimo compañero. Y no es que fuera un hombre excesivamente amable, ni siquiera un buen compañero, pero su avaricia, y el no tener nadie que le esperara en casa, hacía que cambiara turnos, que los supliera, e incluso que los doblará. Tenía mucho más dinero del que podía imaginarse, y esa era otra de las extrañas no pruebas de aquel caso, ya que el asesino, después de matarlo, no fue a su casa, donde encontraron escondidos más de seiscientos mil euros.

Él era un excelente profesional, serio, cordial sin rozar lo cariñoso, muy trabajador y estudioso, taimado y subversivo, lo que le impedía hacer amigos con facilidad. Nadie le recordaba tomando algo con los demás galenos después de un largo turno. Esa noche salía muy cansado. Su idea era parar en el “Seven-Eleven” y tomarse unos churros con un chocolate calentito en compañía de los cuatro borrachos que allí hubiera y de su asiático dueño, tan desagradable casi como él mismo… Por eso le gustaba

Al salir del hospital se fue caminando hasta casa. Hacía varios días que estaba sin coche, por culpa de la junta de culata, y sin él tendría que estar un buen tiempo. Hacía buena noche, y a esas horas nadie le molestaría. Además, los borrachos y los drogadictos de aquellos parques le conocían y respetaban porque ya había asistido a más de uno allí mismo, aquejados de cualquier dolencia. Una noche llegó a salvar a uno de un infarto.

Esa noche decidió adentrarse en el oscuro parque que llevaba a su casa. Era un parque solitario, peligroso, pero a esas horas no solía haber nadie. Los yonquis solían dormir en esa época en los túneles de la salida a la autovía hacia la capital. Para su desgracia alguien le estaba esperando por aquel parque. Todo fue muy rápido y silencioso. Él apenas se enteró de nada, y su vida acabó de repente. Murió de un certero disparo por la espalda, a escasos centímetros, sin siquiera tuvo tiempo a darse la vuelta para ver la cara de su asesino. A pesar de los minuciosos intentos no encontraron pruebas, ni rastro del arma utilizada, y, lo que es peor, aún no habían encontrado el móvil que hubiera llevado a alguien a cometer aquel crimen. Nadie querría ver muerto a ese hombre.

Reconozco que este tema me da placer. Me gusta verles haciendo hipótesis absurdas, me divierte ver que no tienen idea alguna de lo sucedido, y me fascinan los silencios de esos contertulios que no suelen dejarse hablar en otros casos, pisando sus turnos de palabra, y dejando siempre en evidencia al compañero… Simplemente no saben qué decir. Y eso me encanta.

Enciendo un cigarro y me siento en el sofá mientras miro la tele otra vez. La luz de la lámpara sigue temblorosa. Algún día la arreglaré. O no. Mi mirada se centra en el hombre que más simpatías me causa, que ni es otro que el ya famoso Comisario Pacomares. Arrastrado a una veintena de preguntas sin orden, pisándose unas a otras, el comisario contesta abatido. Se le ve enojado, y preocupado, evitando la mirada directa de la cámara. Intentando atravesar la pantalla de la televisión, con su mirada cansada, contesta casi en susurros las preguntas de los curiosos reporteros.
– Estamos en un callejón sin salida – dice, en medio del ruido de los flashes de las cámaras -. Aún no ha aparecido el culpable. Ni siquiera encontramos un móvil que nos lleve hasta él.
– ¿Qué quiere decir con eso? – pregunta el periodista más incisivo, y al que, sin duda, menos quiere contestar. Se le nota en la mirada.
– Pues quiero decir lo que estoy diciendo… que sin móvil es prácticamente imposible encontrar al culpable. Sin móvil no hay asesino… ni asesinato.
Medio dormido aún, tumbado en el sofá, apago la colilla del cigarro sobre el plato aún con restos de comida. ¡Si me viera mi madre hacer algo así! Observando la llama anaranjada del cilíndrico objeto mi mente viaja veinte años atrás, a uno de esos recreos en el instituto donde con Cata, Charlie, Manolo, Toni y Jesús hablábamos, como casi todos los días, sobre la existencia del crimen perfecto. Tantas novelas de Agatha Cristie tenían que salir por algún lado, y comiéndonos el bocata que comprábamos en el Bloody, dábamos vueltas a nuestra imaginación intentando encontrarlo.
Durante más de un mes ese fue nuestro entretenimiento preferido. Ni Juanito, ni Santillana, ni siquiera el joven Butragueño, que acababa de debutar con dos golazos en Cádiz, eran capaces de luchar contra esa fiebre que teníamos por ver quién daba con el mejor de los asesinatos, con el crimen perfecto. Tampoco “La Dulce Mirada”, esa chica de ojos morados que nos tenía enamorados, podía competir con aquel tema tan recurrente entre nosotros.

Uno propone un asesinato pasional. No recuerdo quién. Otro propone otro distinto, pero todos llevan al mismo final. No existe el crimen perfecto. Para asesinar a alguien tiene que existir un móvil. Nadie mata así porque sí. De eso todos estamos convencidos. Hay uno de ellos, el más macabro, que hasta propone perseguir a alguien, matarlo y después descuartizarlo y destrozarlo con una batidora potente.
– ¿Y qué haces con los restos? – preguntamos el resto, sonriendo con algo de asco.
– Pues lo tiras por el w.c. – dice riendo mientras imita el sonido de la batidora, alejando las ganas de comer de los demás.
– Eso no valdría. Nadie mata por matar, a no ser que seas un psicópata. Y si así fuera volverías a repetir y terminarían atrapándote. Tendrías que tener un móvil para matarle,  y es ahí donde te pillarían
– Eso es verdad. Nadie mata por matar. Es imposible.
Después de más de una semana de tertulias uno de ellos – qué envidia me daba su imaginación – propone otro asesinato perfecto. Al menos para él:
– Chicos, lo tengo – dice con sonrisa macabra.
– ¿El crimen perfecto? – preguntamos los demás, sabedores de que su mirada esconde algo muy estudiado.
– Sí, tengo el crimen perfecto. Veréis, te levantas una noche de madrugada sin que nadie te vea– dice mientras los demás le escuchan sentados en esos bancos de madera con demasiadas capas de pintura marrón –. Coges el coche, que lo has dejado lejos de casa para que no te oigan los vecinos salir por la madrugada. Entonces viajas a una ciudad alejada unos doscientos o unos trescientos kilómetros. Tiene que ser un lugar donde no hayas estado nunca, y donde no tengas nada allí. Una vez allí esperas al primero que pase y lo matas. Luego te vas y ¡a dormir!.
Por la mañana despertarás como otro día más y nadie sabrá que has salido. Nadie podrá relacionarte con el asesinato.
– Eso no vale – dicen – no habría móvil. Y para asesinar tiene que haber un móvil.
– O sea – dijeron todos juntos –. No existe el crimen perfecto.
Levantándome del sofá, apagando el cigarro en el sucio cenicero, me sirvo un café caliente. Removiendo el azúcar cambio de canal. Otro telediario hablando de lo mismo. No encuentran al asesino del médico.
– No había móvil – dice el comisario de policía, muy serio otra vez.
Yo sonrío de nuevo porque sé que si que hubo un móvil, aunque nunca lo encontraran. Lo que no sabe nadie – pienso acercándome al armario donde guardo la vieja pistola – es que el móvil nació una mañana de instituto casi treinta años antes, cuando mi mejor amigo me lo puso en bandeja. Es verdad que he tenido que esperar casi treinta años, pero es que… tampoco tenía prisa.

Hace unos meses que mi mujer me dejó por mi mejor amigo. Desde entonces ando descolocado, aburrido, cansado de todo, y nada me motiva. Observando viejas fotos de mi época de instituto me acordé de aquella conversaciones, y quise poner a prueba aquella teoría de mi gran amigo… y quise saber si podría funcionar. La pena es no poder decirle a Antonio que tenía razón, que su crimen era perfecto… Al menos hasta ahora.

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